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Julio, 1982
Dicen que existe cierta belleza en la mente que presta atención, que no es la misma que la que escucha. Existe una diferencia entre estas. Lily creía que había una belleza extraordinaria y una magnificencia en la mente que aun en silencio sabía prestarte atención. Para ella no había la misma belleza en la mente que escucha a la que presta atención.
¿Dónde está la diferencia? Si en pocas palabras y a simple vista, ambas cosas eran las mismas, pero no. La diferencia es que muchas veces cualquier persona puede escuchar. Todos escuchan, pero pocos prestan atención. Todos están presentes, pero pocos conscientes.
Para Lily ese momento le decía que Martín había prestado atención. Él no le había escuchado nunca decir sobre desear ir a los campos de lavanda al norte de Francia, pero lo había escrito en uno de los capítulos de su libro. Después de todo, lo que se escribía era un pequeño trozo de alma, de la esencia que realmente era el autor.
En algún momento de su vida ella deseaba visitarlos. Escuchaba a sus compañeras decir lo hermoso que era ese lugar. Lo mantenía en su imaginación, porque nunca se le había dado por ir. Para cuando lo preguntaba, la excusa siempre había sido que estaba demasiado lejos o el presupuesto era poco para un viaje como ese.
Incluso ella llegó a un punto en que fue a la hemeroteca para encontrar noticias o fotos de ese lugar y sí, había encontrado las fotos, pero nunca sería lo mismo. Y en ese instante lo estaba confirmado.
Nada de lo que vivía en ese momento se comparaba a verlo en una fotografía. En definitiva, Martín había prestado atención a lo que había escrito. Para Lily ese era su segundo mayor regalo de ese día. No había nada más valioso para un autor que ser leído, no importaba quien, saber que sus palabras estaban siendo vistas por más personas era algo que no contaba con la posibilidad de ser descrito.
Sin embargo, el ser leído por la persona que más se quiere y que prestará atención a cada cosa que había puesto ahí, significaba algo inefable. Significaba algo tan fundamental, al punto que Lily comenzó a derramar lágrimas sobre el pecho de Martín. Hacía mucho que una emoción como la de ese momento no le visitaba.
—Gracias por hacerme feliz, Nicolás — susurró.
Es que para Martín hacer feliz a Lily le hacía sentir orgulloso. Para él, ella se merecía tener todo lo bueno de ese mundo, pero esperaba en realidad poderlo hacer siempre que la vida se lo permitiera.
Un día, en un pasado, Lily creyó que nunca se podría llorar de felicidad. El llanto para ella siempre significaba tristeza. Llorar era para las cosas malas, para descargar el peso que te da la vida sobre los hombros y llega al punto de ser suficiente.
Ella igualaba el llanto a un sentimiento de tristeza, pero ese día había llorado de felicidad. No había ni una pizca de tristeza o algo. Lloraba de felicidad porque, entre tantos mundos alternativos, agradecía por estar en ese mundo en donde estaba siendo amada por Martín. Se sentía una dicha.
Qué bonito sentía ser amada por Martín.
Se separó de Martín minutos más tarde y dejó un casto beso sobre los labios de él, fue suave, pero tan cargado de emociones y palabras.
—Yo también tengo algo para ti — dijo.
Martín notó a Lily dar pequeños saltos de emoción mientras limpiaba las lágrimas de sus mejillas. Caminó en dirección al coche y de su mochila sacó una caja. Aproximada del tamaño de una caja de zapatos. Estaba forrada de papel y encima le decoraba un collage de palabras de amor escritas por ella.
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Calcomanie (Décalcomanie 1)
Romansa¿Me creerías si te dijera que el hilo rojo no es lo único que destina a dos personas? En una localidad al sur de Francia. En la década de los ochenta, vive Lily Diallo una joven con el sueño frustrado de ser escritora. Todos los meses compra un nuev...
