22
Agosto, 1981
En la vida existen decisiones que te marcan. Decisiones que deben ser tomadas luego de pensar los pro y los contra. Decisiones que definen tu mañana, que se deben tomar con responsabilidad. Elecciones que se toman conociendo los riesgos y sobre todo atreviéndose a enfrentarlos.
En la vida se toman decisiones con miedo. Se toman decisiones valientes y cobardes. Porque se toman decisiones como si decides hacerlo o si decides quedarte sin hacerlo. Ambas son decisiones, pero solo una de ellas te lleva al camino que deseas.
Lily entendía demasiado bien que la decisión que estaba por tomar lo haría con miedo. No mentía, ella sentía el miedo en sus venas y brillaba en su mirada. Cada día la elección estaba más cerca y sabía que ya no podía ser atrasada.
Agosto estaba en su semana final. Lo que significaba que para el día de mañana ella debía mandar por correo la papelería necesaria para solicitar fecha de examen de admisión. Había pasado tres semanas y seis días repitiendo: «mañana tomaré la decisión» y nunca lo hacía. Solo veía los boletines y decía que lo haría después.
Estaba negándose a tomar esa decisión. Tenía miedo de hacer elecciones demasiado apresuradas y que luego, cuando las cosas no funcionaran, tuviera que confesar a sus padres lo que había hecho, sabiendo desde ya que, lo primero que le diría su madre era un: «te lo dije, Lilian Marce» y pasaría el resto de los años sabiendo que su error sería sacado a la luz cada vez que existiera una oportunidad.
Ella sabía con certeza que eso sucedería si se equivocaba. Sin embargo, tenía la idea de que si quizá alguien la alentaba a hacerlo a lo mejor, ella se atrevería a mandar sus papeles.
Pensaba que tomar decisiones con dos cabezas tenía mayor probabilidad de certeza. Por eso, esa tarde había salido con la excusa de ir a buscar algunos libros de enfermería a la biblioteca, y aunque ir a buscar libros de enfermería era una mentira, no mintió sobre ir a la librería.
La idea de buscar a Martín y decirle todo lo que en ese instante sucedía dentro de su cabeza para que la ayudara no sonaba tan descabellado. Se sentía nerviosa de ir a pedirle ayuda a él después de todo, pero se autoconvenció que era el único que podía ayudarla.
El autobús donde iba Lily se detuvo en la parada de la cuadra de la pastelería que quedaba a tres cuadras de distancia de la biblioteca. Comenzó a caminar en dirección a ese lugar y entró.
—Buenas tardes — dijo.
Vio a la mesera ponerse de pie para atenderla y saludarla de la misma forma que ella.
—¿Qué te puedo ofrecer?
—Quiero dos porciones de tarte tatin, un café glacé y un café viennois, por favor.
La chica anotó la orden de Lily mientras le decía a su compañera de al lado que iniciara preparando la tarta.
—¿Lo quieres para llevar o para comer aquí? — le preguntó.
—Para llevar, por favor y si se puede ponerlos por separado, me serviría.
—De acuerdo, por separado y para llevar — confirmó. Lily asintió con un sonido afirmativo desde su boca.
La chica guardó silencio algunos minutos. Lily alistó su billetera y esperó.
—Serían tres euros — dijo.
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Calcomanie (Décalcomanie 1)
Roman d'amour¿Me creerías si te dijera que el hilo rojo no es lo único que destina a dos personas? En una localidad al sur de Francia. En la década de los ochenta, vive Lily Diallo una joven con el sueño frustrado de ser escritora. Todos los meses compra un nuev...
