el peso del verano

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Nadie habría podido precisar la tarde exacta en que Park Jimin decidió habitar su propia ruina. El sol de julio, denso y amarillo, caía sobre los mármoles de la mansión con la pesadez de un cuerpo enfermo, desgastando los ángulos perfectos de las cornisas. Adentro, el aire acondicionado sostenía una primavera artificial y gélida, pero en la alcoba principal el ambiente se sentía espeso, cargado con el olor almizclado del jabón de tocador y el vaho dulce de un perfume recién atomizado que se instalaba en el fondo de la garganta como un sabor amargo.

Jimin permanecía inmóvil frente al tocador de tres espejos. Sus ojos seguían el reflejo de las manos de Taehyung, que se movían con una lentitud de cirujano. El crujido rítmico de la plancha de calor contra las hebras doradas de su cabello era el único sonido que quebraba la quietud. De tanto en tanto, un leve olor a ozono y pelo tostado subía por el aire.

Taehyung tenía las yemas de los dedos frías; Jimin lo notaba cada vez que la quijada del aparato rozaba la línea de su oreja. Esa rigidez en las manos de su asistente no era común. Había un titubeo invisible en el peine, una pausa milimétrica antes de cada pasada.

-¿Estás seguro de esto? -la voz de Taehyung sonó rasposa, casi apagada por el zumbido eléctrico de la plancha.

Jimin no pestañeó. Miró su propio rostro duplicado en los paneles laterales del espejo, un laberinto de sí mismo donde ninguna versión parecía real. Sintió el peso de sus propios párpados, cansados de la misma luz simétrica que iluminaba la habitación día tras día.

-No seas trágico, Kim. Nada va a pasar -Jimin humedeció sus labios secos, estirando la comisura en una mueca que pretendía ser ligera, pero que murió antes de llegar a sus ojos-. Nunca pasa nada en esta casa, ¿no lo has notado?

Taehyung dejó el instrumento sobre la madera con un golpe seco. El silencio regresó de golpe, denso. En el pecho del asistente, la respiración se había vuelto corta. Al cerrar los ojos por un segundo, la vibración de una voz ajena pareció asentarse en el espacio entre ambos. «Asegúrate de que Jimin no haga ninguna tontería». Las palabras de Jeon Jungkook, pronunciadas esa mañana con la monotonía de quien dicta un inventario pero con los ojos fijos en la alfombra, se le habían quedado clavadas a Taehyung debajo de las uñas. Jungkook no había gritado; los hombres que lo controlaban todo rara vez necesitaban subir la voz. Solo había dejado un rastro de ceniza y sospecha en el aire de la oficina antes de marchar.

Jimin se puso de pie. Sus pies descalzos presionaron el suelo de madera noble, buscando la textura fría que lo devolviera a la realidad. Caminó hacia la cómoda, donde dos prendas descansaban como dos animales pequeños a la espera de ser elegidos. Sus dedos, delgados y pálidos, rozaron primero la seda roja -cálida, casi rugosa de tan viva- y luego el encaje negro, una sombra calada que prometía ocultar los espasmos de la culpa.

-No sabes quién es -insistió Taehyung desde la penumbra de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, conteniendo un temblor imperceptible en los hombros.

Jimin sostuvo ambas prendas contra su pecho desnudo. El contraste de las telas contra su piel le produjo un escalofrío que le erizó los vellos de los brazos.

-Precisamente -murmuró Jimin, clavando la mirada en el reflejo del otro-. Eso es lo mejor. ¿Dime? ¿Rojo o negro?

Taehyung tragó saliva; el sonido de su garganta se sintió nítido, casi obsceno en la intimidad del cuarto. Desvió la vista hacia las cortinas pesadas, incapaz de sostener el escrutinio de esos ojos que buscaban una complicidad que él no podía darle.

-Jimin...

-No me mires así. Solo contesta.

El asistente se pasó una mano por la nuca, buscando aire. El perfume de Jimin ya le resultaba insoportable; olía a despedida, a un fuego que se enciende en una habitación cerrada.

-Negro -dijo al fin, con la voz plana-. A todos les gusta el negro.

Jimin sonrió de lado, una línea fría.
-Lo sabía. Nunca falla.

La seda roja cayó al suelo como un pétalo marchito. El encaje negro se ciñó a su cuerpo con una presión familiar, la armadura de cuero negro que eligió después se sintió pesada, rígida sobre sus hombros. Al abrocharse la chaqueta, el metal de la cremallera le rozó la barbilla con un frío punzante.

El descenso por la escalera principal fue un desfile sin público. Cada peldaño devolvía el eco seco de sus botas. A los lados, los candelabros de plata relucían bajo la luz filtrada, limpios, inútiles, resguardando un orden que Jimin sentía como un nudo en la boca del estómago. El olor a cera de abejas de los pisos flotaba en el vestíbulo, un aroma a iglesia o a sepulcro que le cortaba el aliento.

Al empujar la pesada puerta de roble, el verano de julio lo golpeó en el rostro como una bofetada húmeda. El aire de afuera estaba estancado, vibrante de calor.

El Lamborghini rojo descansaba en la entrada, la pintura encendida bajo el sol poniente de una manera casi violenta. Jimin se acercó con las piernas ligeramente trémulas por la descarga de adrenalina que empezaba a correrle por las venas. Apoyó la palma de la mano sobre el capó ardiente; el metal quemó su piel a través de la fina capa de sudor, un dolor sordo y necesario que le recordó que aún estaba vivo. Ese coche era el monumento a su obediencia: el regalo del último aniversario, entregado por Jungkook con un beso tibio en la frente y una mirada vacía que cruzaba el infinito.

Entró en el habitáculo. El olor a cuero nuevo y a encierro lo envolvió. Giró la llave y el motor rugió, una vibración violenta que trepó por sus muslos y se instaló en su columna vertebral. El ruido espantó a las aves del jardín, que rompieron la simetría del cielo en un vuelo desordenado.

Fue en ese instante, mientras su mano derecha se cerraba sobre la palanca de cambios, cuando el teléfono vibró en el asiento del copiloto. El zumbido sobre el cuero negro sonó como un insecto atrapado.
Jimin estiró los dedos. La pantalla iluminó la penumbra del auto, reflejándose en sus pupilas.

«Te veo a la hora acordada».

Debajo, la imagen de una espalda desnuda, la textura de una piel ajena expuesta sin decoro, una promesa de carne que no exigía apellidos ni pasados. Un nudo áspero se formó en la garganta de Jimin. No sintió alegría, sino una profunda y vieja melancolía que le llenó la boca con el sabor del polvo.

Pisó el acelerador. El coche avanzó con un impulso salvaje, dejando atrás la fuente de piedra donde alguna vez, bajo otra luz y con otras manos, Jungkook le había prometido un futuro que terminó convirtiéndose en esta jaula. Cruzó el portón de hierro forjado, el mismo donde los fotógrafos de la prensa solían capturarlos sonrientes, congelados en una felicidad de papel.

El camino se abrió ante él, una cinta de asfalto gris que temblaba por el efecto del calor. Jimin no miró por el espejo retrovisor. Sabía que detrás solo quedaba Taehyung, observando desde el balcón alto la mancha roja del auto perderse en la carretera, cargando con el peso de un secreto que ya empezaba a trizar los cimientos de la casa


La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora