Jeon presionó la colilla del cigarrillo contra el cenicero de cristal hasta que la brasa se ahogó en un hilo de ceniza gris. Buscaba el silencio, ese vacío denso que le permitiera ignorar el crujido invisible de todo lo que se estaba desmoronando a su alrededor. Caminó hacia la barra de granito del apartamento; un espacio que había adquirido semanas atrás, no por la necesidad de habitarlo, sino por la vana fantasía de que el desastre de su matrimonio pudiera contenerse si se lo rodeaba de mármol pulido, tecnología inteligente y ventanales con vista al río.
Sirvió el whisky con mano firme. El líquido ámbar golpeó el fondo del vaso con un sonido sordo. Jeon rara vez bebía, pero el alcohol era necesario cuando el pecho quemaba por dentro, cuando la memoria supuraba certezas que los dientes se empeñaban en retener. El trago le arañó la garganta como una advertencia ácida. No hizo ningún gesto; se limitó a sostener el frío del cristal contra la palma de la mano.
-Aquí están los documentos -una voz suave, tan afilada y desprovista de emoción como un bisturí envuelto en seda, rompió la quietud desde la penumbra del pasillo. Un hombre de traje oscuro extendió una carpeta roja.
Jeon no giró el rostro del todo. Conocía ese tono profesional y fúnebre. Tomó el fólder sin revisar su interior; no hacía falta leer lo que la sospecha ya le había dictado días atrás.
-Los presentaré ante el notario mañana a primera hora -anunció el visitante antes de retirarse. El chasquido de la cerradura al encajar en el marco sonó como el golpe definitivo sobre un féretro.
Solo entonces Jungkook se movió. Arrastró sus pasos hacia la alcoba principal y se dejó caer, pesado, sobre el colchón. Se quedó allí recostado, con la frialdad de las sábanas rodeándolo, observando el techo con la fijeza indiferente de quien ha visto desvanecerse la misma ilusión demasiadas veces. Comenzó a jugar con los pliegues del edredón de forma mecánica, como si acariciara las arrugas de un recuerdo que aún no sabía si debía extirpar. El aire en ese rincón del apartamento era distinto al de la mansión; no olía a la cera limpia de los pasillos señoriales, sino al rastro espeso del tabaco, al almizcle del deseo reciente y a una ausencia definitiva.
Encendió otro cigarrillo, como quien intenta encender el tiempo perdido. La brasa crepitó en la penumbra, dibujando en el aire una espiral de humo turbio que ascendió con la lentitud de los cuerpos pesados. El olor ya se había impregnado en las cortinas pesadas, en las paredes desnudas e incluso en la piel del que todavía dormía ajeno a todo sobre la cama.
El silencio era tan profundo que el clic del interruptor de la lámpara de noche pareció una detonación. Jeon se acercó al buró con la rigidez de quien ha postergado por demasiado tiempo una ejecución. Contempló el cuerpo inerte que reposaba entre las telas pálidas como mortajas. Rió en voz baja, una risa seca que murió antes de llegar al pecho, y se inclinó para rozar con los labios cada luna tatuada en la espalda del menor, como si en la tinta quedara todavía algún vestigio del hombre con el que se había casado. Al tacto, una frase de Jimin emergió del fondo de su memoria con la crueldad de una profecía: «Una por cada aniversario».
Apartó el rostro bruscamente; el nudo en su garganta se tensó como una soga.
-¿Por qué hiciste eso? -preguntó al aire, sin esperar respuesta.
Tomó al joven por el hombro, sacudiéndolo con una suavidad que todavía conservaba un rastro de piedad. Jimin, aún sumergido en el sopor denso que sigue al agotamiento físico, se removió entre los hilos de la sábana con un ronroneo perezoso. Estiró los brazos a ciegas, buscando el contorno de la silueta que lo velaba, queriendo prolongar el calor clandestino de la noche sin enfrentarse aún a la luz del día.
-Un poco más... -murmuró, su voz pastosa, impregnada de una ternura melosa que Jeon jamás había escuchado en la mansión-. No seas malo, quédate conmigo.
Esa entrega, esa calidez dirigida a la sombra de un extraño, fue la estocada final. La paciencia de Jeon, desgastada por meses de silencios discretos, se extinguió por completo. Sus dedos se cerraron sobre los hombros de Jimin con una presión violenta, desprovista de cualquier tibieza.
-Vamos, Park. Despierta de una maldita vez.
Jimin abrió los ojos de golpe. El letargo de las sombras se disolvió bajo el impacto de la realidad. Frente a él, recortado por la claridad hiriente de la lámpara, no estaba el fantasma de sus deseos. Era Jeon Jungkook. El hombre que poseía su firma, sus días y su cautiverio.
-¿Jun... Jungkook? -el nombre de su esposo se arrastró entre sus dientes como un hilo de aire frío, reconociendo la identidad del verdugo demasiado tarde.
-Vístete.
La ropa de cuero negro fue arrojada sobre la cama, golpeando sus piernas desnudas. El rubio palideció al instante, sintiendo que el oxígeno de la habitación se volvía espeso, irrespirable. La confusión le entorpecía los movimientos; se puso las prendas con una torpeza febril, evitando fijar la vista en el espejo de la cómoda, temiendo que el reflejo le confirmara la magnitud de su propia caída.
-Tranquilo, Jimin... -se susurró a sí mismo en un siseo imperceptible mientras se abrochaba la chaqueta con dedos trémulos-. Aún puedes encontrar una salida. Aún puedes mentir algo se te ocurrirá.
Sin embargo, al cruzar el umbral hacia la estancia, el simulacro de la seguridad se desmoronó. Jungkook aguardaba sentado en el sillón individual, rodeado por la penumbra de los rincones, estático como una deidad de piedra. En una mano sostenía el cigarrillo cuya brasa parecía no consumirse nunca; en la otra, el vaso de whisky reflejaba la luz ámbar con la fijeza de un ojo acusador.
Jimin sintió una debilidad fría que le recorría las rodillas. En un impulso de desamparo, corrió hacia el sofá y se acurrucó en el rincón opuesto, abrazando sus piernas contra el pecho como un niño castigado, buscando que el cuero lo protegiera del escrutinio de su esposo.
-Dime, Jimin... -la voz de Jeon llegó baja, desprovista de gritos, pero con una agudeza que cortaba el aire-. ¿Qué me faltó por darte?
No había rabia en el tono, solo la curiosidad estéril de quien examina una ruina. Jungkook bebió el resto del alcohol de un solo trago, buscando en el fondo del vaso una explicación que la estancia no iba a ofrecerle.
-Fue un error -balbuceó Jimin, deslizándose del sofá hasta quedar de rodillas sobre la alfombra, buscando con desesperación una compasión que sabía extinta-. Te lo juro por mi vida. Un momento de debilidad. Nunca antes... nunca existió nadie más.
Se acercó un poco más, humillándose ante las rodillas del otro. Jeon extendió la mano y le acarició el cabello dorado con una suavidad pausada, una caricia tan metódica y fría que a Jimin se le congeló la sangre en las venas.
-¿Puedes jurarlo? -preguntó Jeon, fijando sus ojos oscuros en los suyos.
-Te amo -soltó Jimin, lanzando la palabra como el último escudo disponible en medio del naufragio.
Jungkook no replicó. Dejó caer la mano y, del espacio entre su cuerpo y el brazo del sillón, extrajo la carpeta roja que el visitante le había entregado minutos antes. La depositó sobre las rodillas de Jimin sin añadir un solo adjetivo.
El silencio volvió a colonizar el apartamento. Jimin contempló el legajo; bajo la cubierta de cartón brillaban las fotografías, las fechas y los nombres que desmantelaban cada una de sus ficciones. Aunque su piel aún conservaba el calor residual del deseo de la noche, el alma se le heló ante la evidencia de una verdad que ya no admitía ninguna elegancia para ser negada.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
