El fin de semana entero había sido una farsa de estática. Desde la mañana del sábado, Jungkook había mantenido el teléfono apagado sobre la mesa de noche, como un bloque de vidrio negro desprovisto de vida, obligándose a creer que el exterior no existía mientras el sol subía y bajaba tras los pesados cortinados del penthouse. Había ganado tiempo con una mentira desesperada, una invención médica meticulosa: Jimin había contraído un virus extraño en Londres, una afección respiratoria de origen difuso que lo obligaba a mantener una estricta cuarentena domiciliaria. Había sido una maniobra astuta. El Señor Jeon, un hombre cuya tiranía solo flaqueaba ante la extrema debilidad de su propia salud y sus pulmones gastados, no había tenido más remedio que aceptar la distancia. El miedo al contagio era lo único que mantenía al patriarca al margen, pero esa tregua química tenía fecha de caducidad.
El lunes llegó no como un día, sino como una ejecución postergada.
Al cruzar las puertas de cristal de la corporación, Jungkook sintió de inmediato que el aire se volvía espeso, casi sólido. El zumbido habitual de los ordenadores y los pasos apresurados sobre la alfombra de alto tránsito se habían transformado en un silencio sepulcral, una calma tensa que precedía a las tormentas financieras. No era paranoia. Su padre ya había movido los hilos de la red invisible.
En los pasillos, los auditores de la presidencia -hombres de rostros grises y carpetas bajo el brazo- detenían sus conversaciones al verlo pasar. No lo miraban de frente, pero Jungkook sentía sus ojos fijos en la línea de su espalda, cronometrando la longitud de su zancada, midiendo la rigidez de su porte.
Entró en su despacho y el tintineo del teléfono de línea interrumpió el silencio antes de que pudiera sentarse. Era la secretaría privada de su padre.
-Señor Jeon, desde la oficina principal solicitan la confirmación definitiva de la agenda para el miércoles por la noche. El presidente insiste en revisar los preparativos del banquete.
-Dígales que la mantengan como está -articuló Jungkook, sintiendo que la saliva se le congelaba en la garganta.
Colgó. El sudor frío comenzó a brotarle en la base de la nuca, empapando el cuello rígido de su camisa de algodón. Su oficina, una estructura geométrica de vidrio y cromo que dominaba el centro financiero, se sentía ahora como un terrario. Una jaula de cristal donde cada movimiento era observado por mil ojos invisibles.
A las once de la mañana, la pantalla de su terminal privada parpadeó con una luz roja. Una notificación directa, cifrada desde el piso superior, apareció en el monitor. No llevaba la firma de una secretaria; era el código directo del patriarca.
«jungkook tu madre quiere escuchar la voz de nuestro yerno estamos cansados de tanto misterio
,en la tarde realizaremos una videollama.»
El corazón de Jungkook dio un vuelco violento, un golpe seco contra las costillas que le quitó el aire. Las paredes parecieron inclinarse hacia él. El laberinto de la burocracia familiar se estaba cerrando y él no tenía salida. Miró hacia la antesala a través del cristal: su secretaria ordenaba unos papeles con una tranquilidad ajena, ignorando que el suelo bajo sus pies se estaba desmoronando.
Jungkook no pudo sostener la idea de que alguien entrara a pedirle una firma. La incapacidad de respirar se volvió física, un nudo ciego que le clausuró la laringe. Se puso de pie de un salto, empujando la silla con un chirrido sordo que tajeó el silencio del despacho.
Sin recoger su maletín, sin mirar a los empleados que se giraban a su paso por el área común, Jungkook salió huyendo de la corporación. Abandonó el edificio como quien escapa de un incendio silencioso, buscando el aire de la calle, entregándose por completo al azar de su destino y a la demencia de su primo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
