La lona áspera de la correa se le clavaba en el tendón del hombro, dejando un surco ardiente bajo la tela del suéter barato. Jimin caminaba con la cabeza baja, sintiendo el vaivén denso del autobús todavía impregnado en las plantas de sus pies: ese olor a gasóleo rancio, a metal oxidado y a ropa húmeda que se le había pegado a la piel durante el trayecto. En el bolsillo derecho, sus dedos repasaban una y otra vez las tres últimas monedas. El metal estaba frío, grasiento por el uso ajeno, y le dejaba un rastro cobrizo en las yemas que le revolvía el estómago. Una náusea sutil, un mareo que ya no podía atribuir solo al hambre, le subió por la garganta como un hilo de vinagre.
Miró las grandes residencias a los lados de la avenida. El aire allí era distinto; olía a tierra regada a destiempo, a flores caras cultivadas a la fuerza tras las rejas de hierro. Las fachadas de piedra clara se sucedían con una simetría insoportable, como lápidas idénticas en un cementerio para vivos. Desvió los ojos. Antes, ese paisaje le dictaba ambición; ahora, la opulencia le resultaba un espacio clausurado, un laberinto de espejos donde cada cristal le devolvía la imagen de su propia indigencia. Se cruzó de brazos, apretando el tejido áspero de su ropa contra las costillas, intentando contener el temblor que le nacía en el centro del pecho.
Al llegar a la entrada de la propiedad, los pasos del guardia sobre la grava rompieron el silencio. El hombre se detuvo, con la mirada fija en las zapatillas desgastadas de Jimin y en la gorra sin marca que le ensombrecía el rostro. Hubo un parpadeo de duda, el esfuerzo de una memoria que intentaba encajar al antiguo señor de la casa en ese cuerpo desvaído.
-¿Señor... Señor Jeon? -la voz del guardia sonó baja, casi temerosa de cometer un sacrilegio.
A Jimin se le congeló el aire en los pulmones. Ese apellido, que alguna vez llevó como una armadura, ahora se sentía como una cicatriz expuesta. Forzó un leve movimiento de cabeza y avanzó, sintiendo que cada paso sobre las piedras pequeñas le retumbaba en las sienes.
El timbre emitió un zumbido sordo que pareció morir de inmediato en las entrañas de la casa. Jimin esperó, con la mano suspendida cerca del bronce, sintiendo el impulso físico de salir corriendo antes de que la madera se abriera. Pero la cerradura cedió con un chasquido seco.
-Jimin... -el murmullo de Taehyung fue apenas un hilo de voz antes de que sus brazos lo rodearan.
El contacto fue inmediato, pero Jimin sintió la distancia en las texturas: el paño fino y perfumado del abrigo de su amigo chocando contra el algodón rústico de su propio suéter. Era un abrazo frágil, contenido, como si ambos temieran que la realidad terminara de romper lo que quedaba de ellos.
-Necesito ver a Jungkook -dijo Jimin, con los ojos fijos en el botón de nácar de la solapa de Taehyung, temiendo mirar más arriba-. Solo necesito hablar con él.
Taehyung no respondió de inmediato. Sus dedos se aflojaron lentamente de la espalda de Jimin y desvió la vista hacia las baldosas del porche. Ese silencio, pesado y cargado de una compasión que escocía como la sal, fue la primera advertencia.
-Él ya no está aquí, Jimin. Vendió la casa hace semanas.
-Dime a dónde fue -insistió el rubio, y sus dedos se cerraron con demasiada fuerza sobre la manga del otro, buscando un anclaje-. Una dirección, cualquier lugar.
-Se fue a Londres -soltó Taehyung, desprendiéndose del agarre con una lentitud dolorosa-. Tomó el vuelo de la compañía el martes pasado. No va a regresar.
La palabra se instaló en el espacio como un muro de hielo. Londres. No era solo una ciudad al otro lado del océano; era la distancia exacta que Jungkook había elegido para asegurarse de que el pasado no pudiera alcanzarlo con una súplica a media noche o un encuentro fortuito en un pasillo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
