Londres antes del amanecer

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La ciudad se extendía más allá de los ventanales como un océano de luces frías. Desde la altura del penthouse, Londres parecía silenciosa, ordenada, una constelación artificial suspendida bajo la llovizna densa.

Jungkook permanecía de pie junto a la encimera de mármol negro del bar, con la chaqueta abandonada sobre el respaldo de un sillón y las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos, revelando la tensión en los tendones de sus muñecas. El teléfono descansaba boca arriba sobre la piedra pulida, emitiendo un brillo azulado y frío.

La fotografía seguía allí.

No recordaba cuántas veces la había abierto desde que salió de la oficina, ni cuántas luces rojas había ignorado en el trayecto mientras su mirada se desviaba mecánicamente hacia el asiento del acompañante.

Tomó una botella de la repisa y sirvió una copa sin apartar la vista de la pantalla. El líquido rojo descendió por el cristal formando remolinos oscuros y lentos antes de estabilizarse. Solo cuando acercó el borde a los labios, y ese aroma sutil a fruta madura y tierra húmeda golpeó su paladar, reconoció la etiqueta.

Una contracción mínima endureció su mandíbula.

Era el vino que Jimin solía elegir. No la gran reserva que su padre abría para las cenas de negocios, ni la botella más exclusiva de la bodega. Ese. Un vino común, ligeramente áspero.

Dejó la copa sobre el mármol con más fuerza de la necesaria; una gota oscura saltó sobre la superficie negra como una mancha de tinta fresca. Volvió a mirar la pantalla.
Jimin aparecía ligeramente inclinado sobre una mesa de madera gastada, sosteniendo una tetera entre las manos. Nada extraordinario. Una instantánea corriente tomada a través de un cristal empañado por el vaho de la tarde. Una fotografía no podía sostener el peso de una realidad. Cualquiera podía usurpar una sonrisa durante un segundo y convertirla en un refugio ficticio.

Con un movimiento brusco del pulgar, bloqueó la pantalla. El espacio quedó sumergido en la penumbra grisácea de la lluvia. Contó hasta cinco en el silencio, midiendo el ritmo sordo de su propia respiración. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Volvió a desbloquearla.

Abrió la imagen otra vez. Sus dedos separaron el encuadre sobre el vidrio, forzando los límites del grano hasta que los píxeles empezaron a romperse en bordes difusos. Más cerca.

El cabello de Jimin había crecido, desprovisto de la rigidez simétrica que los protocolos de la familia Jeon exigían. Algunos mechones le caían sobre la frente de una forma casi silvestre. La luz amarillenta del local se había quedado atrapada en aquellas hebras, suavizando el contorno de su rostro.

Entonces lo vio.

Las mejillas.

Jungkook entrecerró los ojos, sintiendo una punzada familiar y caliente detrás de la frente. Durante años había observado a Jimin someter su propio cuerpo a una disciplina feroz, casi militar. Lo había visto levantarse antes del amanecer para correr bajo la helada invernal, contar cada caloría en el plato, rechazar postres con un gesto pulcro y pasar horas en el gimnasio para conservar la caída impecable de sus trajes a medida. Jimin vivía para la línea exacta de sus hombros, para la arquitectura de su apariencia.

Ahora toda aquella rigurosidad parecía haberse evaporado.

Amplió la fotografía un poco más, dejando la huella de su dedo sobre el vidrio iluminado.

Sí. Estaba más lleno. No demasiado; apenas unos gramos, una sutil redondez en los ángulos de la cara que suavizaba la severidad de sus pómulos, pero suficiente para que un ojo entrenado en su anatomía lo notara.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora