El verano en Seúl caía sobre la ciudad como una plancha de plomo caliente. A las cuatro de la tarde, la luz no iluminaba; pesaba. Entraba por los altos ventanales del café cargada de un polvo dorado y estancado, espeso por el tufo a asfalto derretido que subía de las avenidas y el aroma amargo, casi ahumado, del café tostado. Afuera, escondidas en la copa de los ginkgos de la calle, las cigarras sostenían un zumbido agudo y monótono, esa vibración seca que parece pegar la piel a la ropa y adormecer los pensamientos.
Dentro del local, el aire acondicionado penas lograba raspar la humedad. Un vapor tibio a leche y vainilla flotaba cerca del techo.
Jungkook observaba el hielo en su vaso reducirse a una astilla flotante y transparente. Las gotas de condensación resbalaban por la panza del cristal, acumulándose en la base hasta empapar el posavasos de papel, que se deshacía en una pasta blanda bajo su pulgar. El tiempo le había dejado un hilo fino de sal y pimienta en las sienes, pero también le había vaciado las manos: no había anillos en sus nudillos, ni relojes de oro, ni la tirantez en los hombros con la que cargó durante décadas. Llevaba una camisa de lino claro floja sobre los brazos, abierta en el cuello, y la postura de un hombre que ha aprendido a sentarse en silencio sin sentir que el mundo se le viene encima.
Frente a él, la viscosidad de la tarde no parecía tocar a Sana. Tenía catorce años recién cumplidos y una energía contenida que le hacía mover los dedos con la agilidad de los pájaros. Doblaba y desdoblaba una servilleta de papel, reduciéndola a un acordeón de bordes desgastados, mientras sus ojos oscuros -dos gotas de tinta que reaccionaban al menor movimiento de la calle- clavaban en Jungkook una insistencia infantil y feroz a la vez.
-Papá, por favor... -murmuró la chica. Su voz tenía la ligereza de una brisa que no terminaba de refrescar el ambiente-. Solo serán diez minutos
El cuero del respaldo soltó un crujido seco y denso cuando Jungkook dejó caer el peso de la espalda sobre el sillón. El contraste era físico, casi violento: mientras el aire acondicionado le enfriaba la nuca, su pecho conservaba la densidad bochornosa de la calle. Cruzó los brazos despacio. Bajo la tela delgada del lino, sintió el roce de su propia piel desnuda de joyas; sus nudillos, antes pesados por el oro de la familia, conservaban solo la textura blanda de las cicatrices viejas.
-Sana, eres muy joven para esto -dijo. Su voz atravesó la garganta con la aspereza de quien no ha hablado en horas, raspando ligeramente el aire entre los dos.
-¡En Londres o en Sudamérica es totalmente normal tener novio a esta edad! -protestó ella.
El movimiento de sus brazos agitó la luz estancada de la mesa. En sus manos, la servilleta de papel ya no era un acordeón, sino una masa de fibras blancas destruidas por la presión de sus dedos chicos. Agitaba las manos con una soltura que a Jungkook le provocaba una opresión leve en las costillas, una fascinación amarga: la certeza de estar contemplando a un ser que jamás había aprendido a encogerse para caber en una habitación.
-Ya no vivimos en esos países, Sana -respondió él. Mantuvo la vista fija en la superficie del vaso, donde una gota de condensación corría hacia abajo como un surco sobre la piel.
-¡Papá, nací en Estados Unidos! -Sana se golpeó el esternón con la punta del pulgar. La tela de su camiseta amortiguó el impacto, pero el tono de su voz elevó la barbilla del muchacho de la mesa vecina-. Mírame: tengo tu cara y la de mamá, pero hablo en inglés cuando sueño, estudio aquí y la gente de aquí es la que conozco.
-Y aun así tienes catorce años.
Jungkook no sonrió, pero apretó los labios contra el borde del cristal. El agua helada le tocó la punta de la lengua, un choque térmico que le anestesió el paladar por un segundo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
