cláusulas de silencio

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La luz de la tarde, dorada y mansa, se filtraba por las rendijas de las cortinas, bañando la habitación en un ámbar que disolvía la frialdad clínica que Jungkook había impuesto horas atrás. Ya no era un mausoleo; el calor residual del cuerpo de Hannie había transformado el espacio en un nido, un refugio donde el tiempo, por una vez, parecía haberse detenido.

Jungkook despertó con una lentitud que le resultó extraña, casi ajena. Su brazo izquierdo, aprisionado bajo el peso del niño, era una masa de hormigueo y entumecimiento, una señal de que la sangre había olvidado circular mientras él sucumbía a un sueño profundo, sin defensas. Sintió la humedad de una mancha de baba en la mejilla, un sello de rendición que le borró, momentáneamente, cualquier rastro de severidad. Se desperezó, haciendo crujir sus vértebras como si estuviera rompiendo una armadura, y pasó una mano por su cabello, deshaciendo la perfección de su peinado con un gesto desprolijo.

Hannie estaba despierto. Sus ojos, dos esferas de curiosidad insondable, lo observaban en silencio, con esa solemnidad que solo los niños poseen.

-¿Es cómoda? -susurró Jungkook. Su voz, ronca por el descanso, no tenía el filo metálico de la mañana.

El bebé, al escuchar el sonido, respondió con un pequeño brinco, una ráfaga de energía que hizo temblar la cuna. Jungkook sonrió, una curva casi imperceptible, casi un secreto.

-Aún no caminas, ¿eh? -el bebé ladeó la cabeza, desarmado por el tono-. Algún día... quizás te enseñe a montar en bici.

La promesa, dicha al aire, le provocó un espasmo en el pecho, una punzada de algo que no supo nombrar. Sin esperar, lo cargó. El peso del niño en sus brazos era una ancla que lo mantenía a salvo de sus propios pensamientos. Se puso en pie, gimió por el dolor de la espalda, pero no soltó al pequeño.

-Por ahora, iremos por algo de merendar, ¿te parece? -el bebé soltó una risita, un sonido cristalino que rebotó en las paredes ahora cálidas-. ¿Qué comen los bebés? Mmm...

Al salir al pasillo, la penumbra de la casa le golpeó con suavidad. Había oscurecido. La casa, lejos de sentirse como una estructura vacía y hostil, se revelaba como un organismo que respiraba con ellos. Bajó los peldaños de dos en dos, imprimiendo una velocidad lúdica al descenso, haciendo que Hannie se aferrara a su cuello con una fuerza pequeña y decidida. Jungkook se rió, una risa limpia, y le dio una palmadita en la espalda.

-No seas miedoso. Así jamás heredarás el conglomerado Jeon... -las palabras, cargadas de una ambición que creía enterrada, salieron de sus labios antes de que pudiera detenerlas.

El silencio que siguió a su propia voz fue un abismo. Jungkook se detuvo en el último escalón, el corazón latiéndole contra las costillas con una violencia sorda. ¿Conglomerado? ¿Había dicho eso? La sangre le subió a las sienes, avergonzándolo. Se arrepintió al instante, como si hubiera profanado la inocencia del momento, pero ya era tarde.

Al levantar la vista, el hechizo se rompió. En la sala, Taehyung y Hoseok estaban sentados, sumergidos en una conversación de café y sombra. Y allí, irrumpiendo en su santuario con la naturalidad de un vendaval, estaba Seokjin.

-Si no lo viera con mis propios ojos, no lo creería -la voz de Seokjin, cargada de una burla afilada, cortó el aire como un vidrio-. El gran Jeon, con baba en la mejilla y cargando infantes.

Jungkook sintió cómo su rostro recuperaba, por puro instinto, la máscara de hielo. La suavidad del cuarto de arriba se desvaneció, reemplazada por el deseo de estrangular a su primo. Señaló a Seokjin con el dedo índice, con la rigidez de un oficial apuntando a un enemigo.

-¿Quién te invitó? Tú tienes la entrada prohibida a mi propiedad, Jin. Lárgate.

-Así que ya eres papá... -Seokjin ignoró la orden, recorriéndolo con una mirada que buscaba fisuras.
Jungkook apretó a Hannie contra sí, sintiendo el calor del bebé contra su propia frialdad.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora