los privilegios de un Jeon

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El amanecer filtró su primera luz por las persianas del despacho como una grieta gris y helada, cortando el polvo en suspensión que flotaba sobre la mesa.

Jungkook no había cerrado los ojos. Se mantenía inmóvil en la penumbra del sillón, con el abrigo pesado abotonado hasta el cuello, sintiendo cómo la tela dura de la lana le oprimía los hombros con una rigidez acumulada durante horas. La claridad desabrida perfilaba el contorno de los muebles: el estante metálico, el frasco de vidrio seco sobre la balda y, en el centro exacto del escritorio de roble, el sobre de papel denso, sellado por una solapa adhesiva que nadie había tocado aún.

Al lado del sobre, una taza de cerámica guardaba un resto de café negro, frío hacía horas, cubierto por una fina película brillante que apenas reflejaba la luz de la ventana.

Jungkook parpadeó con lentitud. Las cuencas de los ojos le quemaban por la sequedad del aire y sentía la lengua pastosa, impregnada de un sabor agrio y rancio. No le quedaban lágrimas; la desesperación de la madrugada se había asentado en una mudez física, un peso en los huesos que volvía torpe cualquier intento de movimiento. Su cuerpo se limitaba a permanecer, ajustado a la forma del respaldo, como un objeto más olvidado en la habitación.

El chasquido seco del picaporte rompió el silencio.

Seokjin entró con la bata blanca desabrochada y una carpeta bajo el brazo. El aroma a alcohol antiséptico y a jabón neutro irrumpió en el espacio, desplazando el aire estancado y tibio de la noche. Se detuvo a dos pasos del escritorio, registrando la postura de Jungkook: el abrigo intacto, las manos metidas en las mangas y la taza de café sin probar.

Con un movimiento medido, Seokjin dejó la carpeta sobre un estante lateral. El roce del papel sobre la chapa resonó con una nitidez excesiva.

-Deberías tomarte esto con más calma... descansar un poco -murmuró Seokjin. La voz le salió baja, modulada por esa cautela profesional de quien maneja diagnósticos irreversibles.

Jungkook tardó en mover el cuello. Un tirón seco le recorrió la nuca.

-No pude dormir -respondió.

La frase cayó entre los dos, rasposa, desprovista de matices. Jungkook no miró a su amigo; mantuvo la vista fija en la arista superior del sobre, en el sello impreso con caracteres negros que coronaba la solapa.
Seokjin rodeó el escritorio en silencio. No rozó el documento. Apoyó las yemas de los dedos en el borde de la madera gastada y observó el perfil de Jungkook: la palidez cetrina de la piel, la tensión tirante de la mandíbula y el cansancio oscuro posado debajo de sus pestañas.

En la mudez de la estancia, donde solo sobrevivía el zumbido sordo e ininterrumpido del refrigerador del laboratorio al fondo del pasillo, Seokjin lo comprendió sin necesidad de palabras. Lo que yacía doblado dentro de aquel envoltorio no era una muestra médica ni una cifra en un expediente clínico. Era la sentencia que decidiría si los últimos diez años de la vida de Jungkook habían existido realmente o si no eran más que un edificio de polvo a punto de colapsar.

El aire de la oficina olía a alcohol antiséptico, a papel húmedo y al sedimento rancio del café abandonado desde hacía horas en el fondo de una taza de loza. La espera no transcurría en el reloj, sino en la superficie de su propia piel: en la rigidez de la espalda pegada al respaldo de cuero, en el ardor seco detras de las pupilas tras una noche entera sin parpadear y en la tela pesada del abrigo, que parecía haber absorbido el frío entero de la madrugada.

Seokjin cruzó el umbral en un absoluto silencio. Traía en la mano derecha un sobre blanco de papel denso; el leve crujido de la celulosa entre sus dedos retumbó en la habitación como un chasquido metálico.
No dijo nada de inmediato. Se detuvo al otro lado del escritorio de roble, observando la mudez mineral de Jungkook, esa postura envarada de quien aguarda el impacto de una piedra. Dejó caer el sobre sobre la madera gastada. El impacto fue mínimo, pero el aire de la estancia pareció densificarse alrededor de las aristas del papel.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora