31 días

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La primera semana tuvo la rigidez de un engranaje bien aceitado. Jungkook se sumergió en una rutina estéril de firmas, juntas directivas y cenas con inversionistas extranjeros donde el sabor de la carne espejada y el vino caro se disolvían en su boca sin dejar rastro. Cada hora del día estaba minuciosamente ocupada, calculada para mantener el silencio a raya.

Sin embargo, la fotografía de Namjoon se había transformado en un parásito digital. No hacía falta buscarla; brotaba sola en las grietas de la jornada. Aparecía en el reflejo de las puertas de bronce del ascensor, en la pausa sorda del tránsito sobre Kensington, o mientras observaba el goteo espeso de la cafetera en la oficina. Un parpadeo en la pantalla, un segundo de fijeza obsesiva, y el teléfono regresaba al bolsillo.

A mitad de la semana, Jungkook compartía un almuerzo tardío con Jung Hoseok en una terraza techada que se asomaba al Támesis Afuera, la llovizna londinense emborronaba el paisaje, convirtiendo el río y los edificios de la otra orilla en una sola masa gris y movediza. Sobre la mesa, los platos principales permanecían prácticamente intactos, enfriándose bajo el aroma denso de las salsas reducidas y las verduras al vapor. Las copas de agua mineral sudaban gotas delgadas que resbalaban hasta el mantel.

La conversación, que había comenzado sujeta a los márgenes seguros de las tasas de interés, encalló de pronto. Jungkook, sin un pensamiento previo que lo justificara, deslizó el aparato sobre la superficie pulida.

-Mira esto

Hoseok interrumpió el movimiento de sus cubiertos y bajó la vista. La pantalla encendida mostró la penumbra amarilla del café suburbano y la silueta delgada de Jimin, inclinado sobre la loza rústica.

El silencio se prolongó lo suficiente como para que el golpeteo del agua contra el techo de lona se volviera ensordecedor.

-No puede ser él -dijo Hoseok, dejando el tenedor de lado. El metal tintineó contra la porcelana.

-Yo tampoco quería creerlo.

-Jungkook... el Jimin que nosotros conocimos jamás se habría rebajado a un trabajo de mesero . Ese hombre se casó contigo por la posición, por el...

Jungkook desvió la mirada hacia el curso plomizo del río, sintiendo que el cuello de la camisa le apretaba la laringe.

-Exactamente.

Hoseok tomó el teléfono, acercándolo apenas unos centímetros para estudiar el tramado de la lona del delantal.

-Con la liquidación que le dejó el divorcio -murmuró, calculando mentalmente-, podría haber comprado tres locales como ese y vivir el resto de sus días sin tocar una bandeja.

-La matemática no cierra -la respuesta de Jungkook fue inmediata, casi defensiva, desnudando una urgencia que no pasó desapercibida.

Hoseok levantó los ojos, sosteniéndole la mirada por encima del borde de su copa.

-Quizás la realidad lo alcanzó rápido. Ya sabes cómo era con los viajes, el guardarropa de diseño, las colecciones de arte. El dinero vuela cuando no sabes lo que cuesta conseguirlo.

-Ni siquiera Jimin habría sido capaz de evaporar una fortuna semejante en menos de un año. No es lógico.

-Estamos hablando de Park Jimin, Jungkook. La lógica nunca fue su fuerte.

Jungkook apretó los dientes, sintiendo un sabor amargo y seco debajo de la lengua. El argumento era peligrosamente razonable, pero su memoria rechazaba la idea; Jimin era vanidoso, no estúpido.

-Entonces alguien lo despojó de los fondos -conjeturó Jungkook, con la voz baja.

-¿Quién? ¿Su padre? El viejo Park estaba en la ruina antes de que ustedes firmaran la separación.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora