El coche clásico había quedado atrás, detenido frente a la fijeza negra y aceitosa del agua en el muelle viejo. Jimin ni siquiera recordaba el instante preciso en que sus dedos habían soltado el volante o cuándo había bajado del vehículo. Solo conservaba en el cuerpo el eco del silencio de Jungkook; un silencio definitivo que había caído sobre él justo después de que su esposo le revelara, con una parsimonia implacable, quién era en realidad. Había abandonado el auto como quien deja un amuleto inservible en la orilla, despojándose de la última ilusión de control que le quedaba sobre su propia vida.
La llovizna no caía con violencia, pero poseía una persistencia casi quirúrgica. En pocos minutos le había empapado el cabello rubio, pegando la fina tela de la camisa a su piel como una segunda capa fría que le hacía pesar cada paso un poco más. Caminaba sin un rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo húmedo, sintiendo el crujido del calzado contra el asfalto mojado. Sin embargo, sus pies, habituados a los itinerarios del deber, lo llevaban de manera casi magnética hacia la única casa donde siempre había sentido la urgencia de demostrar algo: la imponente residencia de su suegra. No iba en busca de un refugio ni de una tregua. Iba porque la realidad se había desarticulado y ya no sabía en qué otra parte del mundo encajar.
Durante meses, Jimin había vivido suspendido en la espera de esos mensajes de texto de un desconocido. Había sonreído frente a la pantalla en mitad de la noche, con el corazón acelerado por palabras que creía un oasis de sinceridad en su desierto matrimonial. Había guardado pequeños regalos -detalles baratos, casi insignificantes, que para su entorno carecían de valor- como si fuesen tesoros sagrados, solo porque venían envueltos en promesas de libertad.
«Te mereces que alguien te vea».
«Algún día voy a sacarte de esa vida».
«Si pudiera, te daría la luna».
Ahora, al recordarlas bajo el agua fría, esas mismas frases regresaban a su memoria con un filo envenenado. No habían sido escritas por un amante clandestino dispuesto a rescatarlo; habían sido redactadas por Jungkook. Su esposo había construido cada línea, cada anzuelo emocional, mientras observaba en silencio sus traiciones, acumulando pruebas de su deslealtad y diseñando pacientemente la arquitectura de su caída.
Lo que más lo destruía por dentro no era saberse descubierto, sino la extrañeza del hotel. Recordar el instante en que Jungkook cruzó la puerta de la habitación y comprobar que no había en él un marido burlado, sino la calma pavorosa del hombre que había sabido exactamente qué decir para que Jimin bajara todas sus defensas y se entregara por completo. Lo que su mente no lograba asimilar, lo que abría un abismo insoportable bajo sus pies, era la pregunta que le corroía las entrañas: ¿en qué momento exacto de esos diez años había dejado de ver al hombre con el que compartía la cama?
La imagen de la mano de Jungkook posada sobre la cintura de Momo volvía una y otra vez a sus pupilas, recortándose contra la oscuridad de la calle. Era la misma mano que tantas veces se había estirado hacia él en la intimidad de su habitación; la misma mano que él había rechazado sistemáticamente con un desdén educado. Sentir que el deseo ajeno ahora envolvía a otra persona, a una mujer a la que consideraba insignificante, lo dejaba en un desamparo absoluto, expuesto ante sus propias omisiones.
Cuando finalmente cruzó el umbral del jardín de la residencia, las luces tenues de los ventanales apenas lograban quebrar la densa penumbra del terreno mojado. La casa se alzaba ante él con la misma opulencia fría e impecable de siempre.
Al abrirse la puerta principal, el olor rancio del alcanfor lo recibió antes que cualquier saludo, impregnando el aire estancado del recibidor. El brillo excesivo de la platería pulida, la rigidez de la porcelana dispuesta en las vitinas y el tictac monótono del reloj de péndulo marcaron los segundos con la arquitectura de una condena silenciosa.
Su suegra lo observó aparecer bajo la luz amarilla del vestíbulo, empapado, con el agua escurriendo de su ropa y los ojos fijos en el suelo. La matriarca no hizo un solo ademán de sorpresa ni se molestó en preguntar por qué el esposo de su hijo parecía un hombre que acababa de perderlo todo en una sola noche. Quizá porque en esa fortaleza de plata y apariencias, nadie bajaba la guardia para preguntar lo que los ojos ya sabían.
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La Cita (Finalizado)
أدب الهواةJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
