tres llamadas perdidas

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La llamada se extinguió con un chasquido seco, un golpe metálico que dejó en el oído de Namjoon un zumbido sordo. Sostuvo el aparato contra la mejilla un par de segundos más, escuchando la nada que fluía desde el otro lado de la línea, como si el silencio repentino de Jungkook tuviera un peso físico, una marea helada que cruzaba el océano para instalarse en la acera.

Al otro lado del cristal, empañado por una sutil capa de grasa y el vaho de la tarde, Jimin continuaba su coreografía minuciosa. Recogía los platos de loza barata con una lentitud casi litúrgica, apilándolos con cuidado para que el roce de la porcelana no rompiera la quietud del local. Había una armonía extraña, casi insultante, en la forma en que sus dedos se amoldaban ahora al borde gastado de una taza común. El hombre despojado de sus antiguos adornos seguía siendo el mismo, pero ahora parecía más denso, más real, desprovisto de la farsa del apellido.

Jungkook le había colgado sin una sola palabra de despedida. Dos años de un matrimonio que pretendió ser una fortaleza de cristal y meses de un divorcio silencioso se reducían ahora a la violencia de una línea cortada. Bastaba pronunciar el nombre proscrito para que la pulcra armadura de su amigo se agrietara por completo.

Namjoon sintió un sabor agrio y pastoso debajo de la lengua.

-Idiota -murmuró, y el aire congelado disolvió la palabra de inmediato, convirtiéndola en un rastro blanco que ascendió hacia el cielo de plomo.

Sacó el teléfono del bolsillo interior del abrigo. Sus dedos, entumecidos por la helada, se movieron con torpeza sobre la pantalla táctil. Buscó la cámara. A través del lente, la escena adquirió la fijeza de una pintura trágica: la luz amarillenta y mortecina del interior del café envolvía la figura de Jimin, recortando la línea mansa de su cuello, el delantal oscuro ceñido a la cintura y esa serenidad inédita que jamás había formado parte de los salones de la familia Jeon.

El obturador digital no emitió sonido, pero Namjoon experimentó un vuelco tenso en la boca del estómago al capturar el instante.

Revisó la imagen una sola vez. El encuadre era limpio, desapegado de cualquier adorno. No escribió ningún texto. No hubo espacio para la ironía, ni para las explicaciones que de todos modos habrían resultado insuficientes. El subtexto de la fotografía era demasiado explícito como para ensuciarlo con palabras.

Presionó enviar.

La barra de carga parpadeó un milisegundo antes de desaparecer, arrojando la imagen directamente a la conversación de Jungkook, un proyectil mudo destinado a romper el enclaustramiento estéril de su oficina a miles de kilómetros.

Namjoon guardó el aparato donde el calor de su propio cuerpo apenas alcanzaba a entibiar el metal. Se dio la vuelta.

El viento del distrito sur lo recibió en la esquina con una nueva ráfaga cargada de hollín y olor a azufre. Retomó el camino hacia los galpones de la compañía, escuchando el rugido lejano de los camiones de carga pesada y el silbido rítmico de las calderas industriales que hacían vibrar el suelo bajo la suela de sus zapatos.

No volvió la cabeza. Caminó con pasos largos, sintiendo el roce pesado del abrigo de lana contra sus rodillas. Sabía, con la certeza de quien contempla el engranaje de una catástrofe inevitable, que en ese preciso momento las reuniones, los informes de inventario y los contratos de la empresa acababan de convertirse, para Jungkook, en un montón de papeles inservibles.

El cristal doble de la sala de juntas, liso y frío como una lápida de cuarzo, devolvía una versión impecable de Jeon Jungkook.
Era una simetría ensayada con crueldad: la corbata oscura perfectamente centrada sobre el cuello rígido de la camisa, los puños asomando exactamente un centímetro bajo las mangas del traje a medida, la espina dorsal sosteniendo una rectitud militar. Su rostro en el reflejo carecía de fisuras; era la máscara impasible de un hombre que había aprendido a mudar la piel. Llevaba dos años exactos habitando aquella farsa de orden absoluto, construyendo un muro de detalles milimétricos para que nada del exterior pudiera recordarle quién había sido.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora