latidos biológicos

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La risa llegó antes que la imagen. Era un sonido ligero, desprovisto de gravedad, un matiz que Jimin no le había escuchado en esa casa desde hacía demasiados inviernos. Flotaba en el aire del pasillo, mezclándose con el olor punzante a cera de piso y desinfectante industrial.

Al doblar el recodo de la recepción, el cuerpo de Jungkook se materializó recostado contra el mostrador de madera clara. No tenía la rigidez con la que partía el pan por la mañana; gesticulaba con una soltura casi juvenil hacia una enfermera de bata impecable, cuyo cabello recogido con tiranía acentuaba una juventud higiénica y dócil.

Jimin sintió una oleada espesa de calor subirle por el cuello, un ardor denso, similar a la brea, que le entorpeció la saliva en la garganta. No era el cansancio de la caminata. De pronto, el recuerdo de sus propios dedos alisando dos veces el lino arrugado frente al espejo del ascensor, el intento inútil de acomodar el ala de su gorro de lona para ocultar el polvo del camino, se volvió una vergüenza física, casi táctil. La pulcritud de la mujer del mostrador parecía insultar su solapa húmeda y rancia. Sus labios, secos por la vigilia, sufrieron un espasmo levísimo; tuvo que morderse la comisura interna con fuerza, buscando el sabor metálico y limpio de la sangre para fijar el dolor en un solo punto y apagar el vuelco violento de sus entrañas al ver cómo la mirada oscura de su esposo permanecía fija en los ojos de la otra.

Apretó a Han contra su pecho con una firmeza biológica, no ya como una ofrenda para el lugar, sino para ocultar la súbita rigidez de sus propias manos. El calor del lactante, envuelto en el suéter barato, le recordó su propia precariedad. Sus dedos se tensaron tanto que el niño soltó un suspiro perezoso contra su cuello. Jimin dio dos pasos más, sintiendo que el pasillo se encogía como un túnel de azulejos blancos donde cada respiración costaba el doble.
Justo cuando su figura estaba a punto de irrumpir en el radio de visión de la recepción, dispuesta a romper la escena, una masa blanca y ancha se interpuso con la solidez de un muro de contención.

Era Seokjin. Su bata médica crujió al plantarse firmemente frente a él, impregnada de un aroma a alcohol medicinal y lavanda. Sus ojos clínicos captaron la mancha agria de la solapa y la tirantez de los pómulos de Jimin en un solo parpadeo profesional.

-¡Señor Park! -el timbre de Jin restalló contra las paredes de, deliberadamente alto, congelando el deambular de un camillero-. No creí que vendría solo hoy. ¿Cómo está su esposo?

Al fondo del pasillo, la risa de Jungkook se cortó en seco. El pelinegro giró sobre sus talones con el resorte automático de quien reconoce un fragmento de su pasado en el aire. Sus ojos oscuros escanearon la longitud del corredor, buscando el origen del apellido de soltero que había iniciado su contrato diez años atrás.

Pero Jin ya había reconfigurado la geometría del espacio: su espalda enorme y la carpeta metálica que sostenía en alto cancelaron por completo la silueta menuda de Jimin. Entre el paso de una camilla y la bruma de luz que entraba por el ventanal, Jungkook no encontró nada. Exhaló un aire imperceptible por la nariz, se recolocó el saco oscuro con un toque de impaciencia y regresó la atención al mostrador, aunque sus hombros ya no recuperaron la ligereza de antes.
Jin bajó la vista, manteniendo la cortina de su cuerpo inmóvil. Un susurro corto, desprovisto de aire, rozó la oreja de Jimin:

-Al consultorio. Ahora.

El pestillo de la puerta encajó con un chasquido definitivo, seco, que clausuró de golpe el rumor del pasillo. El aire dentro del consultorio se detuvo, denso, impregnado de un olor aséptico a alcohol de quemar, metal frío y esa lavanda artificial con la que Seokjin intentaba inútilmente enmascarar la hostilidad del ambiente.

-¿Te sientes bien? -preguntó Jin en un susurro, ladeando apenas la cabeza hacia él.

La pregunta discurrió con una corrección pulcra, casi flotante. Pero Jimin no pudo escucharla sin que la memoria del cuerpo lo arrastrara de vuelta al sueño de la madrugada: ese blanco calcáreo que anulaba los bordes de las cosas y el crujido de una cerradura de hierro cerrándose a sus espaldas. Sintió el lino de su propia ropa pesado, como una armadura húmeda.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora