la arquitectura de la humillación

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El silencio que siguió a la última palabra de Seokjin no fue dramático; fue absoluto, una parálisis química que congeló el aire viciado del sótano. Las luces violetas de la barra parecieron perder intensidad y el siseo del climatizador se transformó en un zumbido ensordecedor dentro de las orejas de Jungkook.

La cara de Jungkook se descompuso en una mueca de estupor genuino, un rastro de terror biológico que le vació los pómulos antes de que la sangre regresara a su rostro convertida en una furia ciega y violenta. Las puntas de sus dedos, que un segundo antes daban por muerto a su esposo, se cerraron contra el borde del cedro con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.

-Imbécil -articuló Jungkook. La palabra salió baja, rasposa, cargada de un calor seco que amenazaba con romper la mesa-. ¿Por qué no nos dijiste antes que sabes dónde está Jimin?

Seokjin no pestañeó. Sostuvo la mirada asesina de su primo con la regularidad de un funcionario público al que le acaban de presentar un formulario mal llenado. Se acomodó en la silla de metal y soltó una respuesta desprovista de cualquier urgencia

-No lo sé.

Hoseok se inclinó hacia adelante de golpe, rompiendo la simetría de su postura de sastre, con los ojos abiertos de par en par y la boca a medio abrir por el desajuste lógico de la conversación.

-Acabas de decir que lo viste, Jin. Tu cerebro y tu boca acaban de tener un colapso en tiempo real.

- ¿Cómo que no lo sabes?

-Exacto, lo vi -replicó Seokjin, tomando un maní con una calma exasperante-. Pero no sé dónde vive. Hay una diferencia enorme entre usar los ojos para registrar y tener el contrato de alquiler del sujeto en mi bolsillo.

-maldicion Jeon seokjin

- No tengo su dirección,genios. Solo dije que lo vi.

La distancia entre las cuarenta páginas de angustia,que los tres hombres habían construido durante cinco días Jimin no era un cadáver, no era una transacción de sábanas sucias en Mapo, ni un fantasma corporativo. Era un hombre que caminaba por ahí, visible para cualquiera que no estuviera tan ocupado cavando su tumba civil.

Jungkook hizo amago de levantarse, pero la vibración de su cuerpo era tan evidente que la mesa entera pareció crujir bajo su peso. Antes de que pudiera abalanzarse sobre el espacio que lo separaba de su primo y destruir la precaria paz del sótano, una mano pesada se interpuso en su pecho.

Namjoon.

El abogado reaccionó con el pragmatismo frío de quien ha visto a clientes importantes perder los estribos en los tribunales. Entendió, con una sola mirada a la postura altiva de Seokjin, que si lo presionaban con violencia, la ostra se cerraría por completo. Así que tomó aire, exhaló el último rastro de humo ajeno que le quedaba en los pulmones y operó una transformación casi terrorífica en su rostro. Despojó su voz de la grava áspera de las últimas noches y adoptó un tono falsamente dulce, dócil, una condescendencia de jardín de infantes que heló la sangre de Jungkook.

-Seokjin, ternura... -articuló Namjoon, ladeando la cabeza con una sonrisa rígida, casi anatómica-. ¿Podrías hacernos el enorme favor de decirnos por qué no tuviste la delicadeza de mencionarle a Jungkook que viste a su esposo?

Seokjin terminó de tragar el maní, se limpió las yemas de los dedos en la servilleta de papel con una meticulosidad exasperante y miró al abogado como si estuviera lidiando con un paciente particularmente lento.

-Porque creí que mi primo, a estas alturas, ya le habría dicho al tío que su bello esposo y él se divorciaron hace un año -respondió Jin, arqueando una ceja con perfecta naturalidad-. Además, nadie me preguntó. Estaban todos muy ocupados jugando a los detectives, como si esto fuera una serie de televisión.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora