la deuda del silencio

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El viaje de regreso a la periferia se sintió infinitamente más largo y pesado. Cuando el sedán negro finalmente se detuvo frente a la modesta propiedad de cal descascarada, el silencio dentro del habitáculo era casi sólido. Jimin apoyó la mano en la manija de la puerta, ansioso por bajarse, pero la voz de Namjoon lo detuvo antes de que pudiera accionar el mecanismo.

-No huyas, Jimin -sugirió el secretario, sin apartar la vista del frente, con los dedos todavía fijos en el volante-. Ya te encontramos una vez. Lo haremos de nuevo.

Jimin apretó los dientes, sintiendo una punzada de orgullo herido en mitad del pecho. Giró el rostro para mirarlo con fijeza.

-No he estado ocultándome de nadie -replicó, con una dignidad delgada pero firme.

Namjoon soltó una exhalación lenta y giró la cabeza para sostenerle la mirada. Su rostro corporativo no mostraba hostilidad, solo una advertencia fría y realista.

-Jungkook no piensa lo mismo. Solo quédate aquí hasta que hable con él.

Jimin no añadió nada más. Asintió con un gesto seco, abrió la puerta y bajó del vehículo. Se quedó de pie en el umbral de su casa, con los brazos cruzados para protegerse del viento, viendo cómo el auto de lujo maniobraba y terminaba por desaparecer en el horizonte gris de la carretera.

Justo cuando la silueta del coche se borró por completo, el sonido agudo de su celular rompió la quietud de la tarde. Jimin sobresaltó. Sacó el aparato del bolsillo y miró la pantalla antes de atender. La conversación fue tensa y extremadamente corta.

-¿Hola? Sí... En un rato estaré allí -susurró Jimin, bajando la voz instintivamente como si las paredes de los suburbios pudieran escucharlo-. No lo he olvidado. Solo dame unas horas y estaré allí.

Cortó la comunicación de golpe, apretando el teléfono contra su pecho mientras miraba el camino vacío, consciente de que el tiempo se le estaba agotando.

Mientras tanto, en el centro de Seúl, el panorama era diametralmente opuesto. Las oficinas de la corporación Jeon desbordaban una opulencia silenciosa y hostil. En el piso más alto, un hombre se retorcía de la risa en su mullido asiento de cuero negro. Secó con el dorso de la mano las lágrimas que se le escaparon por las comisuras de los ojos debido al ataque de vicio y suspiró hondo, tratando de recomponerse ante la mirada gélida de su jefe.

-¿Qué te parece tan gracioso? -preguntó el moreno con fastidio, rodando los ojos mientras se acomodaba los puños de la camisa.

-¡Jimin no puede exigir nada y lo sabes! -soltó el otro casi a gritos, con una carcajada amarga aún colgando de su voz, divertida por la audacia del rubio de negarse a la mudanza.

-Es tu esposo, Jungkook -replicó su acompañante, frotándose el rostro con evidente frustración, sabiendo el desastre legal en el que estaban metidos si el patriarca se enteraba de la farsa.

-¿Crees que hago esto por él? -Jungkook entrecerró los ojos con un gesto serio, peligroso, que congeló cualquier rastro de humor en la oficina.

-Creo que si de verdad solo te importara la cena con tu padre, no lo llevarías a tu casa -respondió el otro, encogiéndose de hombros con una frialdad netamente analítica.

-No te pago para que te entrometas en mis asuntos -gruñó Jungkook, girando su silla de golpe para darle la espalda y clavar la vista en el ventanal que dominaba toda la ciudad.

Un silencio denso y asfixiante se instaló en la habitación, roto solo por el zumbido del aire acondicionado. El hombre de la silla ladeó la cabeza, midiendo la rigidez en la espalda del heredero de la dinastía, y, sin cambiar su tono profesional, soltó la pregunta definitiva:

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora