La mañana se coló en la habitación de invitados como una intrusión. Jimin despertó con el rostro presionado contra la almohada, sintiendo la textura del algodón, un hilo de baba seca en la comisura de los labios. A su lado, Hannie se removía, un pequeño peso cálido contra su costado que le recordaba que no estaba solo, aunque el silencio de la mansión fuera ensordecedor.
Se puso en pie. El suelo de madera, pulido hasta el espejo, estaba helado. Sus pies descalzos buscaron la alfombra persa que cubría el centro de la estancia; el pelo del tejido se sentía áspero bajo sus plantas, una rugosidad que le trajo una punzada de nostalgia por un hogar que ya no existía. Se acercó a la ventana. El sol, aún bajo, golpeaba su rostro con una caricia blanca y sin calor. Se sentía un espectro. Al otro lado del pasillo, tras una puerta que él jamás cruzaba, estaba la alcoba principal. Jungkook estaba allí, habitando un mundo de sábanas de lino que Jimin ya no tenía derecho a tocar.
El vacío en su estómago era una constante, una garra que le oprimía las costillas. Había saltado la cena de anoche para que Hannie tuviera el resto de la leche. El hambre le provocaba una debilidad sutil, un temblor en las rodillas que intentó disimular mientras cargaba al niño.
Caminó hacia la cocina. El aire en los pasillos era estéril, despojado de cualquier rastro humano. Cuando entró, el aroma a té de bergamota le golpeó de golpe, intenso, terroso, una caricia de calidez que le hizo salivar.
Taehyung estaba de espaldas, moviéndose con una precisión geométrica. El sonido del agua hirviendo era el único latido de la casa.
-¿Me prepara uno? -susurró Jimin. Su voz sonaba quebradiza, llena de sueño y de una fatiga que le cargaba los hombros.
Taehyung se giró. Sus ojos, afilados como bisturíes, recorrieron a Jimin. Asintió, depositando una taza de porcelana sobre la encimera. El calor de la cerámica atravesó las palmas de las manos de Jimin, un alivio momentáneo contra el frío de la mañana.
-¿Hablaste con él? -Taehyung no miraba la taza, miraba a Jimin, escaneando cada microgesto.
Jimin dio un sorbo. El líquido quemó su garganta, calmando por un segundo el vacío gástrico. Negó con la cabeza, evitando el contacto visual. Su mirada se perdió en las vetas del mármol. No podía decirle que Jungkook ya no lo veía, que eran dos extraños compartiendo una jaula de oro.
-No deberías darle de comer en tus brazos podrías quemarlo -dijo Taehyung, cambiando el foco hacia Hannie. El bebé balbuceaba, golpeando la mesa con sus manitas regordetas-. Deberíamos comprar una silla alta. El niño necesita estabilidad para comer. Es peligroso tenerlo siempre en el aire.
Jimin sintió que el aire se le atascaba en la tráquea. Una silla alta. Un objeto sólido que ocuparía espacio, que marcaría territorio.
-No es necesario -respondió Jimin, tratando de que su voz sonara natural-. Cuando cobre mi sueldo, quizás vaya a comprar una.
Taehyung se detuvo. El movimiento de su mano, que alisaba un paño de cocina, se congeló en el aire. Se giró, clavando su mirada en Jimin. El silencio se volvió denso, casi sólido.
-¿Tu sueldo? -la pregunta fue un susurro, pero resonó con el peso de un martillo-. Jimin, Jungkook dejó todo a tu nombre al separarse. No tiene sentido que estés viviendo de un salario de mesero, contando monedas para comprar una silla usada. ¿Qué ha pasado con todo eso?
Jimin sintió un golpe de calor en el rostro, un picor agudo en los pómulos. Las manos le empezaron a sudar contra la porcelana caliente. Los números, las cifras, las inversiones... todo se había esfumado. No tenía una explicación que no sonara a derrota, a negligencia, a un caos que ni siquiera él podía articular. Sus dedos apretaron la taza, los nudillos se le pusieron blancos.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
