un estado inconveniente

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El silencio dentro del automóvil se había vuelto espeso, impregnado del olor rancio del tabaco barato de Namjoon y del cuero inútilmente costoso de los asientos. Jungkook bajó la mirada hacia sus propias manos, fijando los ojos en las líneas de sus palmas como si buscara en ellas el mapa de un laberinto del que no podía escapar. El pasado ya no era un recuerdo; era un parásito que le ensanchaba las costillas, asfixiándolo bajo el corte perfecto de su traje. No abrió la puerta. Su cuerpo, gobernado por una parálisis febril, se rehusaba a convalidar la realidad que aguardaba al otro lado del parabrisas.
Entonces, la silueta recortada contra la luz mortecina de la tarde lo obligó a contener el aliento.

Jimin avanzaba por la vereda rota con una ligereza extraña, casi flotante, ajeno al peso del mundo que Jungkook cargaba sobre los hombros. Sostenía entre las manos un pequeño pastel de panadería barata, envolviéndolo con el cuidado con el que se protege un milagro efímero. Jungkook sintió un pinchazo agudo en el centro del pecho al verle inclinar el rostro para oler el dulce; una pequeña sonrisa, breve y desvaída, iluminó sus facciones. Jimin se detuvo un segundo ante el reflejo distorsionado de una vidriera rajada, acomodó un mechón de su cabello con los dedos en un gesto puramente cortazariano de reconocimiento, y continuó su marcha.

Jungkook experimentó una sacudida biológica. La sangre le subió a las sienes con un zumbido ensordecedor, transmutando la sorpresa en una furia ácida que le quemó la garganta. ¿Cómo era posible que aquel hombre, cuyo paladar antes solo aceptaba el agua purificada de los glaciares, caminara ahora entre el polvo y las paredes descascaradas de ese suburbio olvidado? El vacío del dinero que Jimin había rechazado se materializó ante sus ojos como una afrenta directa a su propio poder
.
Jimin se acuclilló frente a la puerta de la casa baja. Con una torpeza dócil, dejó el pastel sobre el umbral y se lamió un hilo de azúcar del dedo índice, soltando un leve suspiro de satisfacción que cruzó la calle desierta hasta golpear los oídos de Jungkook.
Ese gesto, tan desprovisto de la etiqueta aristocrática que le había impuesto durante años, le resultó a Jungkook de una vulgaridad insoportable. Era la pérdida definitiva de su control sobre él. El aire se le terminó en los pulmones. Sin razonar, empujó la pesada puerta del sedán, rompiendo la inercia del encierro.

Sus zapatos de cuero importado castigaron el asfalto agrietado con zancadas firmes, rompiendo la distancia en un pestañeo.
Jimin, concentrado en hurgar dentro de su morral de tela áspera en busca de las llaves, no escuchó la aproximación. Tenía el dulce en una mano y la llave entre los dedos cuando la sombra alargada de Jungkook lo cubrió por completo. El sobresalto físico hizo que su mano flaqueara: el pastel resbaló, rodando por el cemento gris hasta detenerse, deshecho en una masa de crema y tierra, contra la punta impecable del zapato de Jungkook.

El silencio que siguió se estiró como una soga a punto de romperse.
Jimin parpadeó, con las pupilas dilatadas por la confusión. Su mirada trepó lentamente por las piernas del intruso, deteniéndose en el destello frío del reloj de platino que enjoyaba la muñeca ajena. El aire pareció congelarse en el callejón. Cuando sus ojos finalmente conectaron con la mirada oscura de Jungkook, su garganta se cerró con un chasquido seco.

-Jungkook... -el murmullo apenas despegó de sus labios, seco, desprovisto de fuerza.

De inmediato, en un acto reflejo de pura vulnerabilidad, Jimin pegó el bolso de tela contra su bajo vientre, hundiéndolo contra su cuerpo en un gesto defensivo tan instintivo que a Jungkook se le revolvió el estómago. El suelo bajo sus pies pareció perder la horizontalidad.

-Veo que te ha ido bastante bien -la voz de Jungkook brotó con la densidad de la ceniza, áspera y cargada de una ironía que atravezaba el umbral del viejo edificio .

Sus ojos recorrieron el cuerpo de Jimin de arriba abajo, deteniéndose en las costuras rústicas de su camisa de algodón barato, despojándolo de toda dignidad con la fría precisión de un inventario corporativo. Una sonrisa torcida, cruel y defensiva, se dibujó en sus labios.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora