El volante se sentía frío bajo sus palmas, un anillo de cuero rígido que dictaba el rumbo en una tarde donde el tiempo parecía estirarse como el asfalto húmedo. Jimin conducía con una prisa contenida, con la mirada fija en el limpiaparabrisas mientras su mente iba y venía entre el orden estricto de la lista de compras y la insistente anticipación que le ensanchaba el pecho. En el supermercado, bajo el zumbido monótono de las luces fluorescentes que palidecían los pasillos, sus dedos se habían movido con una delicadeza casi sagrada. Había sopesado el grano limpio del arroz -el favorito de Jungkook- y seleccionado los cortes precisos de cerdo para el guiso agridulce, buscando en la textura de la carne y en la frescura de los vegetales el augurio de una rutina mansa, un lujo sencillo que los salvara del abismo dinástico.
Al observar el reloj del tablero, una sonrisa involuntaria le entibió los labios agrietados. Sentía una certeza extraña, un pulso silencioso bajo las costillas que le aseguraba que el destino no estaba cerrado. Tenía por delante el resto de sus días para desandar los errores. Ahora la cuenta era distinta; ahora serian tres.
El motor se apagó con un suspiro metálico en la entrada de la mansión. Al descender del vehículo, el aire de la tarde golpeó el rostro de Jimin, trayendo consigo el olor a tierra mojada del jardín que aún conservaba las huellas del desastre reciente. Caminó arrastrando los pies, sintiendo cómo las asas de plástico de las bolsas le cortaban la circulación de los dedos, hundiéndose en sus falanges con un peso real, físico.
-¿Jungkook no ha llamado? -preguntó Jimin en un hilo de voz, deteniéndose en el umbral del vestíbulo. La pregunta flotó en el espacio como si temiera golpear las paredes..
Taehyung, que caminaba a su lado portando el abrigo del pequeño, soltó una risa sonora, un eco cálido que rebotó en el techo abovedado de la entrada. Hacía demasiado tiempo, quizás años, que no veía al pulcro y altivo doncel preocuparse por las necesidades de alguien que no fuera él mismo.
-Tranquilo, debe estar en la oficina -respondió Taehyung con suavidad, posando una mano firme en el hombro de Jimin, obligándolo a liberar el aire que retenía en los pulmones.
Avanzaron hacia el interior, pero la quietud del salón principal los detuvo. El pequeño Han se había quedado estático frente al televisor encendido; sus ojos redondos y fijos devoraban el parpadeo de las imágenes en la pantalla, absorbiendo el flujo de luz azul con una fijeza que rozaba el misterio. El niño no reaccionaba al llamado de su nombre. Taehyung le sacudió el brazo con extrema dulzura, un murmullo bajo el aliento:
-Han... amor, vamos.
La tensión se disolvió en el aire denso de la casa cuando el niño parpadeó, regresando a la realidad. Taehyung volvió a reír, una carcajada espontánea que barrió los últimos vestigios de la rigidez institucional de los pasillos. Minutos después, el refugio de la cocina los recibió con la frialdad de sus mesadas de mármol gris, donde las bolsas del mercado fueron depositadas con un crujido seco.
Taehyung comenzó a desempacar los víveres, pero su mano se detuvo al fondo de la última bolsa de papel. Entre el arroz y las especias, sus dedos tropezaron con la superficie rugosa de unos recipientes inusuales.
-¿Qué demonios es esto, Jimin? -preguntó el castaño, entornando los ojos mientras extraía un par de frascos de vidrio ámbar, pesados y sellados con cera oscura.
Jimin sintió que un rubor violento le encendía las mejillas, bajó la mirada hacia el granito de la mesada y comenzó a alisar una arruga imaginaria en su suéter.
-Son afrodisíacos... Una anciana en el mercado me los recomendó -susurró, sintiendo la garganta seca, la confesión pesando más que el escándalo de la comisaría.
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La Cita (Finalizado)
Hayran KurguJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
