Al salir de la clínica, el sobre con el informe del control de rutina pesaba en la mano de Jimin con la densidad del plomo. A su lado, el bolso maternal, de una lona barata que ya empezaba a deshilacharse en las costuras, colgaba de su hombro como un recordatorio flotante de su nueva realidad. Pero lo que verdaderamente detuvo el paso de Jimin no fue el sol del mediodía que caía implacable sobre el asfalto, sino la escena que se desarrollaba a un palmo de distancia.
Jungkook caminaba llevando al pequeño Han en brazos. No lo sostenía con la torpeza predecible de un hombre de negocios, sino con una fijeza protectora, permitiendo que los diminutos dedos del niño, pegajosos por un dulce que Seokjin le había dado a escondidas, se cerraran sobre el armazón de sus gafas de sol. El bebé las tironeó, llevándolas a la boca y dejando un rastro opaco de saliva y residuos de leche sobre el cristal importado. Jungkook no se inmutó. No hubo un gesto de fastidio, ni el ademán automático de limpiar el accesorio; simplemente inclinó un poco la cabeza para facilitarle el juego al lactante.
Jimin aguardó unos segundos en la acera, sintiendo un vuelco extraño, un calor denso que no provenía del clima, sino de la contemplación de ese Jungkook inédito, un compañero cuya existencia ignoraba detrás de los muros de la indiferencia que los habían separado durante inviernos enteros.
En lugar de dirigirse al automóvil, Jungkook cruzó la calle con paso pausado y se detuvo frente a una cafetería pequeña, de fachada acristalada y molduras de bronce.
-Este hombrecito necesita comer algo sólido -dijo Jungkook, recuperando esa amabilidad pulcra que solía irritar los nervios de Jimin. Hizo una pausa levísima, y una línea casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios-. El neandertal invita.
Ese pequeño intento de broma, apropiándose del veneno que Seokjin le había lanzado minutos antes en el consultorio, fue la primera grieta real en su armadura de granito.
El interior de la cafetería era un oasis de penumbra y aire acondicionado. El sonido de las cucharillas de plata contra la porcelana y el aroma a grano tostado y mantequilla fresca suspendían una calma que Jimin sintió casi agresiva. Jungkook se sentó frente a él y se limitó a observarlo comer con una meticulosidad nueva, silenciosa, desprovista de las antiguas exigencias o los reclamos de deudas pendientes. Era una civilidad mansa que, paradójicamente, asfixiaba a Jimin más que cualquier discusión; era el peso de una tregua que no sabía cómo habitar.
-¿A dónde vamos? -preguntó Jimin una vez que regresaron al vehículo, incapaz de prolongar el mutismo del trayecto.
-Debo hacer algunas compras -respondió Jungkook, manteniendo los ojos fijos en la avenida.
El centro comercial de lujo los recibió con una opulencia que, en otra época, había sido el hábitat natural de Jimin. Sin embargo, mientras avanzaban por los pasillos relucientes de mármol pulido, la sensación de ser un intruso le entorpeció el andar. Jungkook, enfundado en su traje de tres piezas, exudaba una autoridad tan natural que la gente se apartaba a su paso con una deferencia casi instintiva. A su lado, Jimin se sentía minúsculo. Vestía ropas sencillas y holgadas, prendas que ya comenzaban a ajustarse a las líneas de su cuerpo debido al peso saludable que había recuperado en la mansión, pero que ante los escaparates de diseñador parecían denunciar su precariedad.
Al llegar al sector de las tiendas infantiles, la envidia ajena le propinó un golpe sutil en el estómago. Había parejas tomadas de la mano, compartiendo risas quedas mientras elegían el color de una cuna o la textura de una manta. El contraste de su propia farsa matrimonial se volvió una llaga física. Jungkook pareció notar la repentina rigidez en los hombros de Jimin; sin emitir palabra, se apartó unos metros para atender una llamada telefónica, dándole espacio.
Jimin aprovechó la distancia para refugiarse en un showroom exclusivo de ropa infantil de origen francés. Se acercó a un estante y extendió la mano para tocar un conjunto de seda blanca, de una delicadeza nupcial. Al girar la etiqueta de cartón, la cifra impresa le provocó un mareo leve. Un año atrás, ni siquiera habría mirado el precio; habría deslizado la tarjeta de Jungkook con la indiferencia de quien da por sentada la abundancia. Hoy, sus dedos temblaron antes de soltar la tela.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
