La palma de Jungkook sobre el dorso de su mano no era un golpe; era una marea de plomo, un peso caliente que anulaba las articulaciones de sus dedos, hundiéndolos contra el filo helado de las fotografías satinadas. Abajo, el papel fotográfico se sentía liso, artificialmente frío en contraste con la piel de su esposo, que destilaba un calor abrasador de fiebre o de insomnio.
A Jimin se le llenó la boca con el sabor rancio y metálico de la saliva , una costra seca que se le pegaba al paladar y le impedía tragar. Quiso retirar el brazo, un impulso mínimo de los tendones, pero la inmovilidad de Jungkook era absoluta, monolítica. El hombre que compartía su apellido siempre había sido una presencia predecible, un administrador de silencios que prefería abandonar las habitaciones antes de permitir que una discusión desordenara los pliegues de su ropa. Sin embargo, el cuerpo que ahora se adivinaba bajo la penumbra del estudio no conservaba esa simetría ejecutiva. Se sentía espeso, tosco, desprovisto de leyes.
En la pared, el péndulo del reloj rebanaba los segundos con un golpe seco, sordo, que Jimin registró directamente en la base del cráneo. El aire del estudio olía a la caoba vieja del mobiliario y al tabaco rancio evaporado en las cortinas, pero entre ellos dos comenzó a flotar el olor agrio de su propio sudor de enfermo, mezclado con el aroma a jabón caro que se desprendía del cuello de Jungkook.
-¿Quieres saber por qué? -la voz de Jimin brotó como un raspón, una astilla delgada que apenas logró romper la densidad del aire.
Sus párpados temblaron, pesados, nublados por una vibración intermitente que le encogía los músculos de los ojos. Clavó las pupilas en la silueta oscura de Jeon, buscando al hombre dócil de los balances contables, pero solo encontró una fijeza desalmada.
-¿De verdad crees que puedes soportar la respuesta, Jeon?
La presión sobre sus dedos aumentó un milímetro, lo suficiente para sentir el crujido sutil de los cartílagos contra la madera pulida. Jungkook no pestañeó. Bajo la luz amarilla de la lámpara, la vena de su sien izquierda se hinchó como una lombriz oscura, latiendo con un ritmo acelerado que contradecía la quietud de su rostro. La mandíbula, sombreada por una barba de dos días que Jimin jamás le había visto en público, se tensó hasta volver la piel grisácea.
-Inténtalo -dijo Jungkook. El monosílabo vibró en la madera del escritorio, transmitiéndose al brazo de Jimin como una descarga fría.
Jimin sostuvo el aire en los bronquios. Sentía el corazón desbocado, un animal pequeño y ciego que golpeaba los costados de sus costillas con un desespero húmedo. No quedaban máscaras. La cercanía de la muerte de su dignidad, el parqué helado bajo sus plantas descalzas y el peso de esa mano extraña le vaciaron las arterias.
-Sexo -escupió.
La palabra sonó corta, imperfecta, un golpe de saliva amarga que se extinguió de inmediato contra el paño del escritorio.
Jungkook experimentó una sacudida imperceptible, un espasmo de los hombros como si el aire del estudio se hubiera vuelto de piedra. Sus párpados se abrieron por completo, revelando unas pupilas dilatadas que borraron el color del iris, transformando sus ojos en dos cuentas de vidrio oscuro, vacías. Sus labios se trizaron, separándose apenas para dejar escapar un aliento caliente que le dio a Jimin en la frente.
-¿Qué?
-Lo que oíste.
-¿Sexo?
La mirada de Jungkook bajó por el cuello de Jimin, deteniéndose en la abertura de la bata de seda con una fijeza lenta, casi anatómica. No era la mirada de un esposo herido; era la atención meticulosa de un cirujano o de un tasador que comprueba el desgaste de una mercancía. Jimin sintió que la piel del pecho se le erizaba, desamparada bajo el escrutinio, mientras un frío súbito le recorría la espina dorsal.
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La Cita (Finalizado)
Fan-FictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
