exilio

207 28 0
                                        

La puerta de acero de la mansión se cerró con un chasquido metálico que le rebotó en la base del cráneo, un sonido seco que pareció cortar el flujo de oxígeno del mundo exterior. Jungkook apretó los dedos contra el cuero del volante con tanta fuerza que los nudillos le ardieron; la piel de sus manos le resultaba ajena, una cobertura demasiado estrecha para los espasmos involuntarios que le subían por las muñecas, una vibración fina y constante que no lograba silenciar por más que enterrara las uñas en el aro de dirección.

El aire dentro del coche se volvió viscoso. Cada vez que intentaba inhalar, el pecho se le resistía, una banda invisible de hierro que le rodeaba la caja torácica y se tensaba, milímetro a milímetro, impidiendo que el aire llegara al fondo de sus pulmones. El sudor le brotó de forma súbita, gélido, pegándole la camisa de seda a la columna vertebral, mientras una náusea ácida se le instalaba en la boca del estómago, un nudo que se apretaba con cada metro que recorría en la carretera.

No era la velocidad. Era el sobre.

Lo sentía en el asiento del pasajero, apoyado sobre la tapicería inmaculada: un bloque de papel manila que pesaba como si estuviera relleno de plomo. A cada curva, el objeto se desplazaba apenas un milímetro, un sonido sordo, sutil, que le activaba un salto eléctrico en la nuca.

Jungkook intentó relajar la mandíbula, pero los músculos se le quedaron trabados, rígidos, sintiendo los dientes apretados contra las encías hasta dejarle un sabor metálico en la lengua. La bruma que flotaba sobre el asfalto hoy no era un fenómeno meteorológico; era el peso de diez años de una vida que se le estaba desprendiendo de los dedos. El pánico era una criatura que le rascaba por dentro de la piel, exigiendo una salida que él no podía darle
.
El paisaje -los árboles, el vallado de la propiedad, la línea blanca del pavimento- se le volvió borroso, una serie de manchas que se le venían encima sin sentido. Sus ojos, fijos en el retrovisor, no buscaban el camino, buscaban un punto donde poder detenerse a recuperar el pulso, pero no había pausa posible. Cada pulsación de su corazón era un martillazo sordo que le resonaba en las sienes, recordándole que estaba a minutos de llegar a la casa donde la verdad, una vez soltada, no tendría vuelta atrás.

Sus manos, aunque escondidas tras la firmeza del agarre, temblaban con una frecuencia incontrolable, un aviso constante de que su cuerpo ya sabía lo que él, en su mente, intentaba negar: estaba a punto de romper su propio mundo.

La casa de los padres de Jungkook no olía a hogar; olía a cera de abeja, a incienso antiguo y a una limpieza tan extrema que resultaba hostil. Cada paso de Jungkook sobre el mármol del vestíbulo retumbaba con una autoridad que él no sentía. Su respiración, un hilo corto y errático, se le atascaba en la base de la garganta.

Entró al estudio sin anunciar su llegada. Su madre estaba allí, sentada frente a un escritorio de caoba maciza, con la espalda recta como una línea de caligrafía. Al verlo, no levantó la vista de inmediato; terminó de firmar un documento antes de mirarlo.

-Jungkook. No esperábamos tu visita.

-Necesito hablar con mi padre -dijo él. Su voz sonó más débil de lo que pretendía, una vibración que apenas rozaba el aire. Sus manos, ocultas dentro de los bolsillos de su abrigo, seguían con un temblor fino, una descarga constante que intentaba disimular apretando los puños contra sus muslos.

Ella dejó la pluma sobre el tintero de plata. Sus ojos, dos puntos de frialdad analítica, recorrieron el rostro de su hijo.

-Tu padre ha pasado una noche difícil. Los médicos han sido estrictos: nada de sobresaltos. Si es un asunto de la empresa puedes ocuparte tu , lo familiar lo resolveré yo.

-Es urgente, madre. Es personal.

Ella hizo una pausa, observando la palidez excesiva de la frente de Jungkook y la forma en que sus hombros, usualmente imponentes, se curvaban hacia adelante como si cargara un peso invisible. Una sombra de inquietud cruzó su rostro, no por preocupación, sino por la sospecha de un caos que ella siempre prefería ignorar.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora