lo siento sin sentido

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El lado derecho de la cama estaba intacto. La sábana de lino conservaba la tirantez fría del almidón, plana y lisa, sin la hondonada tibia que solía dejar el peso de Jungkook al despertar.

Jimin permaneció varios minutos junto al velador, con la yema del pulgar apoyada en la madera helada. La taza de té de hierbas que había subido la noche anterior descansaba sobre el plato de cerámica: la superficie del líquido había criado una película opaca, casi grasosa, rodeada por un cerco de cera dura caída de la vela. Olía a tila rancia, a flor marchita, a infusión abandonada.

El silencio de la casa no era tranquilidad; era una vibración baja que le retumbaba a Jimin en las sienes. Interpretó la ausencia por la única grieta que su mente sabía habitar: Jungkook no se había ido por un trámite o un imprevisto; se estaba escabullendo. Estaba poniendo metros de distancia, quitándole el terreno, jugando a castigarlo con la mudez. Jimin no alcanzaba a comprender que el centro de gravedad ya no le pertenecía.

En la planta baja, la cocina estaba sumergida en una penumbra de color plomo. Taehyung estaba sentado junto al ventanal, sosteniendo una taza de loza entre las manos, con la mirada perdida en las hojas del jardín cubiertas de rocío.

-Creí que aún dormían -dijo Taehyung sin volverse-. ¿Y Jungkook?

-Se fue a la madrugada -la voz de Jimin le salió áspera, como un pedazo de tela seca raspándole la garganta.

Taehyung ladeó apenas la cabeza, observando la bruma del patio.

-¿Habrá ocurrido algo con tu querido suegro?

-Puede ser... Ni siquiera probó el té -dijo Jimin, bajando los dos últimos escalones de madera-. Tengo un mal presagio, Tae.

El único sonido en la estancia era el goteo pausado y metódico del grifo sobre la piedra del fregadero. Tanta. Tanta. Taehyung no se giró de inmediato. Dejó pasar un silencio denso, ocupado en beber un sorbo lento. Cuando finalmente volvió el rostro, sus ojos no tenían ráfaga alguna de piedad.

-Qué curioso -murmuró Taehyung.
Jimin frunció el ceño, sintiendo un escalofrío seco recorriéndole los brazos.

-¿Qué?

-Que justo ahora tengas la misma sensación que tuvo Jungkook durante años -dijo Taehyung, apoyando los codos sobre la mesa con una parsimonia irritante-. Actúas como si él fuera el a hacer lo mismo que tú hacías . Dime, Jimin... ¿qué es lo que pretendes hacer?

Jimin se llevó de golpe el nudillo del dedo índice a la boca. Se apretó la piel con los dientes, hundiendo los caninos con fuerza desmedida, buscando en ese dolor punzante un ancla para no desbocarse. Sintió en la punta de la lengua el sabor salado y metálico de su propia epidermis a punto de rasgarse.

Por dentro, el dolor lo devolvió a la misma estructura rígida que venía construyendo desde los dieciocho años. Recordó la mordedura del invierno de aquel año, las deudas de sus padres ahogándolos en una casa sin calefacción y esa primera lección aprendida entre la vergüenza y el plato vacío: las personas no son puertos, son madera flotante para no hundirse. Aceptar un matrimonio sin amor no había sido la maldad de un cínico; había sido la maniobra a ciegas de alguien que se arrastrabas para mantener los pulmones fuera del agua.

El veneno del instinto de supervivencia era su lentitud. Con el paso de los años, la gratitud de haber sido salvado se pudrió hasta convertirse en una herida permanente: «Entregué mi juventud Entregué mis mejores años. ¿Quién me devolvió algo a mí?».

Había aprendido a leer la debilidad ajena con la precisión de un bisturí. Usó la devoción maternal de su suegra para blindar su lugar en la familia; usó la entrega ciega de Jungkook como una alfombra mullida mientras por dentro se ahogaba de tedio. Se convenció de que buscar la mirada hambrienta de un desconocido en la penumbra de un departamento alquilado era un acto de justicia, la única forma de sentirse vivo entre tantas cadenas invisibles. Había confundido el escape con la libertad. Y la verdadera tragedia de su arquitectura mental era que, mientras intentaba no morir asfixiado, jamás registró que Jungkook también estaba dejando su vida, pedazo a pedazo, sobre esa misma mesa.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora