leche cohajada y una coartada

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Jimin lo observó desde la fijeza de su propia altura. Lo escaneó, lo desarmó con la mirada, lo relee.

Abajo, sobre las baldosas del salón, Jungkook intentaba contener el vaivén de sus propios hombros. El director ejecutivo de la familia estaba allí, reducido a un armazón de músculos rígidos en ropa interior, con las palmas hundidas en el suelo frío para frenar un temblor que le subía por las muñecas. Jimin no parpadeó. Abultó los labios, apretándolos hacia delante en un gesto apretado, rumiando una pulpa ácida que se negaba a pasarle por la garganta.

Detrás de sus pupilas, la atmósfera de la alcoba principal todavía le golpeaba la frente con el peso de una fiebre. Al cruzar el umbral del piso superior, el aire no tenía la limpieza de los armarios cerrados que él solía ordenar; tenía un calor denso, un rastro de humedad ajena que se le metió por la nariz y le dejó un gusto amargo debajo de la lengua. Ver a Jungkook descalzo, con las clavículas expuestas sobre las colchas trastocadas, había despertado en sus manos una memoria eléctrica, el reflejo automático de diez años de costumbre donde cada rincón de ese cuerpo era un territorio conquistado. Pero el brillo que corría por los omóplatos de Jungkook no era suyo. Tenía otro espesor, otra dirección; era el sudor mezclado de una noche que Jimin no había firmado.

Un pinchazo agudo, frío como una aguja de coser, le atravesó las entrañas. Las puntas de sus dedos se endurecieron contra la lona de la carriola. El hombre que le había construido un altar de palabras incondicionales era, después de todo, un organismo capaz de buscar otra piel para apagarse el ruido de la cabeza.

Una vibración invisible le sacudió las rodillas. La contradicción le pesaba en los brazos junto con los casi diez kilos del niño que cargaba contra el pecho. Un reflujo de orgullo expropiado le subió por el cuello, pero no había espacio para la queja en el salón de los Jeon. Si venía a pedir cuentas, la humillación sería doble. Su mente descartó el titubeo, sepultándolo bajo el mismo muro de silencio que había aprendido a levantar en esa casa. Si Jungkook le había enseñado con el desprecio de los contratos cómo se tritura a un rival, Jimin iba a usar esa misma distancia implacable para devolver el golpe.

Acomodó el bulto del bebé contra su hombro, sintiendo el olor a leche rancia y a lana barata de la manta, un contraste áspero que desafiaba la simetría gris de los muebles. Escuchó la respiración entrecortada de Jungkook, el desamparo de esa silueta que siempre se había creído invencible y que ahora dependía del suelo para no irse de bruces.

Cuando Jimin se inclinó apenas, la fragilidad de su exesposo terminó de cerrar el engranaje. El dolor contenido se le congeló en los pómulos, transformándose en una mueca ligera, delgada como un corte de papel. Imitó la fijeza de los peores días de la corporación y soltó las palabras con una lentitud de cronómetro.

-¿Querían un heredero? -la voz de Jimin cruzó el espacio sin un solo tropiezo-. Bien, Jungkook, te presento a Hannie.

Jimin lo observó desde arriba, con la mandíbula trabada. El silencio en el salón era tan denso que el murmullo de la respiración de Hannie contra su cuello sonaba como un trueno.

Jungkook, allá abajo, tenía las manos hundidas en la piedra. Sus nudillos estaban blancos, marcados por la tensión de alguien que intenta sostener un edificio que se derrumba. Sus ojos, fijos en el vacío, no buscaban el rostro de Jimin, sino una salida en el aire que no existía.

El director ejecutivo de los Jeon, el hombre que solo conocía el lenguaje de los activos y los pasivos, parecía haber olvidado cómo articular una frase. Su garganta se movió, seca, antes de dejar escapar un hilo de voz que se quebró antes de alcanzar el techo.

-¿Es mi hijo?

La pregunta colgó en el aire, cargada de una desesperación febril. Para Jimin, fue como ver a un animal herido intentar lamerse la propia sangre, un acto de supervivencia patético. Sabía lo que pasaba por la cabeza de Jungkook: el diagnóstico de la clínica, el silencio de los médicos sobre su incapacidad, la posibilidad de un milagro que Jungkook había guardado bajo llave en el fondo de sus noches de insomnio. Era una esperanza estúpida, una llaga que ardía y que Jungkook, con esa pregunta, acababa de exponer al aire frío.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora