El asfalto se abría ante los faros como una cinta de ceniza interminable. Jungkook conducía con los dedos crispados alrededor del volante, sintiendo el cuero frío bajo sus palmas como el único punto de apoyo en un universo que había perdido la gravedad. La saliva le sabía a hiel y el aire entre sus dientes se volvía un siseo áspero. Las lágrimas, pesadas y calientes, le nublaban la vista de tramo en tramo, dejando un rastro salino que al secarse le tensaba la piel de las mejillas de una manera insoportable. Aceleraba por puro reflejo, buscando en el rugido del motor una vibración lo bastante fuerte como para apagar el eco de las sospechas que le taladraban los oídos.
Cada kilómetro recorrido era un descenso hacia una verdad que se negaba a nombrar. Se preguntó, con el estómago contraído por un espasmo físico, si alguna vez el cuerpo de Jimin había sido suyo por devoción o si simplemente había sido una aduana. Una moneda pulida con la que su esposo compraba influencias, silencios y secretos comerciales. Recordó los rostros de la carpeta, la fijeza de los ojos de aquellos hombres. Figuras de poder, hombres con los cabellos grises y las manos gastadas por los años, a los que Jimin envolvía en esa red de sumisiones calculadas donde el deseo no era más que una extensión de la estrategia.
Cuando el automóvil se detuvo finalmente sobre la grava de la mansión, el motor exhaló un suspiro de calor que impregnó el parabrisas. Jungkook no bajó de inmediato. Permaneció inmóvil, escuchando el tictac del metal enfriándose, con la certeza de que regresar a esa casa era entrar voluntariamente en un laberinto de espejos rotos.
El vestíbulo lo recibió con la pesadez de los lugares sagrados que han sido profanados. El aroma del perfume de Jimin -esa mezcla persistente de nardos y ámbar que solía flotar en los pasillos- le golpeó el rostro con la fuerza de un agravio físico. Sintió una opresión inmediata detrás del esternón. Subió los peldaños de la escalera de mármol sin mirar a los lados, ignorando la quietud de los empleados que, apostados en las esquinas como estatuas de sal, contemplaban su corbata torcida y el desorden de sus ropas.
Al llegar frente a la alcoba principal, la madera tallada de la puerta pareció interponerse entre él y la realidad como una lápida. Su mano flotó sobre el pomo de bronce antes de decidirse a girarlo. Sabía que detrás de ese umbral el tiempo no era lineal; allí habitaban los fantasmas que él mismo había alimentado durante tres años.
De pronto, el presente se diluyó. El frío de la estancia lo arrastró de vuelta a una noche de octubre, al olor a lluvia reciente y al crujido de las hojas secas bajo las llantas. Recordó la urgencia de su regreso de aquel viaje a Tokio, el sabor a tabaco en la boca y la anticipación de encontrar a Jimin entre las sábanas. Pero al ingresar al garaje, el coche de Cha Eunwoo -el hombre cuyas empresas le disputaban palmo a palmo el mercado de la ciudad- estaba estacionado allí, como una declaración de guerra silenciosa.
Jungkook había avanzado por el pasillo con los pies de plomo, sintiendo que el suelo se hundía a cada paso. Al detenerse ante la puerta de la alcoba, los gemidos filtrados por la madera no fueron lo peor; lo que le vació las entrañas fue la cadencia de una voz que creía conocer en la intimidad y que esa noche sonaba ajena, desprovista de cualquier misterio.
-¿No tienes miedo de que te descubra? -había preguntado la voz profunda de Eunwoo, seguida por el roce de las telas.
-Jungkook regresa mañana... -había respondido Jimin, con una ligereza que carecía de culpa, una respuesta matemática que reducía el matrimonio a un calendario de ausencias.
En aquel octubre, Jungkook había dado media vuelta y se había marchado en el silencio de la madrugada, eligiendo la ceguera voluntaria. Pero hoy el inventario de las mentiras estaba completo.
Entró en la habitación y la quietud del espacio le pareció una burla refinada. Se dirigió al armario con un movimiento espasmódico. Con las manos entumecidas por la rabia, comenzó a arrancar los trajes de lino, las camisas de seda hilada y los abrigos que Jimin elegía con minuciosidad casi enfermiza. Los arrojó por el ventanal abierto, observando cómo las prendas flotaban en el aire de la tarde como aves heridas antes de caer sobre el césped del jardín. Cada percha vacía era un intento desesperado por despojar las paredes de la presencia del otro.
Se volvió hacia el tocador. El cristal del gran espejo reflejó su propio rostro desencajado, una imagen que le resultó intolerable. Con un golpe seco de su puño derecho, rompió la superficie. El crujido del vidrio al fracturarse en mil líneas geométricas llenó el espacio; los fragmentos plateados cayeron sobre los frascos de loción y los cepillos de plata, manchándose de inmediato con los primeros hilos de sangre que brotaron de sus nudillos. El dolor físico fue un alivio efímero, un ancla táctil en medio de la tormenta mental.
El sonido de la puerta al abrirse lo obligó a girar la cabeza. Por un instante de demencia, deseó que la silueta del rubio apareciera en el umbral para continuar la disputa. Pero fue Namjoon quien cruzó el límite de la habitación. Alto, con el abrigo salpicado por las primeras gotas de una llovizna invisible, contempló el desastre sin pronunciar palabra.
Jungkook se quedó estático, con el pecho agitado y las manos goteando sobre la alfombra clara. Las fuerzas se le escaparon por las heridas y se dejó caer hacia adelante. Namjoon lo recibió en un abrazo tenso y pesado, permitiendo que Jungkook apoyara la frente contra el paño grueso de su solapa. La sangre de sus dedos comenzó a impregnar el tejido oscuro del traje de su amigo, pero ninguno de los dos hizo ademán de apartarse.
-¿Por qué duele de esta manera? -gimió Jungkook, con la voz reducida a un susurro ronco que le desgarraba la garganta-. ¿Por qué escuece tanto si ya lo sabía desde aquella noche?
Namjoon no recurrió a los axiomas de la prudencia comercial ni a los consuelos de la retórica. Se limitó a ejercer una presión firme sobre sus hombros, sosteniendo el derrumbe del hombre que todos consideraban inquebrantable.
-El dolor que es previsible no prescinde de la herida, Jungkook -respondió Namjoon con una gravedad pausada-. Solo la hace más larga.
A kilómetros de allí, en el apartamento de granito donde las ventanas miraban al río, Park Jimin permanecía en la misma postura. El suelo estaba sembrado de las reproducciones fotográficas que Jungkook había dejado como testimonio de su caída. Con los dedos helados y el pulso alterado, estiró el brazo hasta alcanzar la carpeta de color azul gélido que descansaba sobre la madera de la mesa baja.
Al abrirla, se preparó para el impacto de la ruina. Esperaba encontrar las cláusulas habituales de los contratos de rescisión: la pérdida de los derechos, el desalojo inmediato, la humillación legal de quien es despojado de todo por haber violado el pacto del anillo. Sin embargo, a medida que sus ojos repasaban los caracteres impresos con una tipografía impecable, una sonrisa amarga y torcida se dibujó entre sus labios húmedos.
Jungkook no había redactado una sentencia de muerte. Los términos del divorcio le aseguraban una renta vitalicia, la propiedad de dos inmuebles y la continuidad de sus cuentas personales. No era el castigo de un verdugo; era la previsión de un hombre que, incluso en el epicentro de la traición más abyecta, se negaba a permitir que la persona que había amado cayera en la indigencia.
Jimin apretó el documento contra el pecho, hundiendo el papel contra el lino de su camisa mientras un nuevo torrente de lágrimas le nublaba la vista. Esa generosidad jurídica era el golpe más devastador que Jungkook podría haber planeado. No lo estaba destruyendo a través de la privación o la miseria material; lo estaba destruyendo con su nobleza. Lo dejaba a solas con el peso muerto de su propia culpa, con la certeza absoluta de que en su búsqueda ciega de control y sofisticación, había arrojado al fuego al único hombre que lo habría protegido de las sombras del mundo, e incluso de sí mismo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
