solo un chupon

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Jungkook giró la llave y el motor se detuvo, pero el cese de la vibración le dejó un zumbido agudo detrás de las orejas, un eco sordo que rebotaba contra los cristales del Mercedes. Al otro lado del parabrisas, la silueta de la mansión le exigió enfocar la vista; sus líneas rectas y sus bloques de piedra parecían cerrarse como un puño gris contra el cielo de la noche. Sintió el frío del volante grabado en el cuero de sus palmas cuando soltó el eje. Al bajarse, el aire de la intemperie le golpeó la nuca y una punzada conocida le cruzó las vértebras, rígidas por la distancia. No se quitó el abrigo al entrar; necesitaba la pesadez de la lana sobre los hombros para contener el temblor menudo que le subía por las muñecas.

El vestíbulo no lo recibió con la neutralidad de siempre. Al inhalar, una ola de vapor denso le tomó el fondo de la garganta: olor a ajo frito, a aceite quemado, a carne sazonada. El estómago se le contrajo en un espasmo de rechazo ante esa intrusión caliente que rompía la limpieza de la casa. Siguió el rastro de la luz hasta la cocina. Taehyung estaba allí, recortado contra el mármol de la isla, con el rostro teñido por el brillo azul de la pantalla de su teléfono. El repiqueteo de su pulgar contra el vidrio era el único ritmo en la habitación. Jungkook no esperó a que le hablara; quebró la línea del cuello en un saludo seco y apuntó con el dedo hacia la escalera, huyendo del olor a comida.

Cuando volvió a bajar, ya descalzo y con una camiseta gastada que le dejaba el pecho expuesto al aire climatizado, se sentó directamente en el extremo de la mesa de caoba. Catorce sillas vacías se extendían frente a él en la penumbra. Taehyung apareció con paso blando, dejando caer dos platos de porcelana que chocaron contra la madera con un chasquido que a Jungkook le vibró en las sienes. Con un movimiento lento de la mano, Jungkook señaló el asiento de al lado. El asistente midió la distancia un instante, calculando el espacio que su jefe solía interponer, pero terminó por arrastrar la silla y sentarse.

Se conocían desde que los pantalones cortos les quedaban grandes. Taehyung era el hijo del hombre que había gastado sus ojos y su salud cuidando los libros contables y los silencios del viejo Jeon. No necesitaban mirarse para saber qué pieza del engranaje representaba cada uno; compartían esa fatiga hereditaria de los hijos que han crecido bajo la sombra de un mismo amo.
El roce de los cubiertos contra la porcelana cortaba el silencio en intervalos fijos. La lámpara del techo dejaba caer un círculo de luz blanca sobre el mantel, obligando a Jungkook a mantener la vista baja para esquivar el reflejo. Hundió el cuchillo en la carne, pero al llevarse el trozo a la boca, la fibra se le volvió una pasta seca, insípida, que tuvo que forzar garganta abajo con un trago de agua. El nudo de su esófago seguía cerrado.

Taehyung sostenía la copa por el tallo, haciéndola girar sin llegar a probar el vino. Tenía los ojos fijos en el pecho de Jungkook, siguiendo el ritmo demasiado corto de su respiración.

-No deberías meter a cualquiera en esta casa, Jungkook -la voz de Taehyung sonó baja, despojada del tono de los memorandos corporativos-. Menos ahora. Las paredes todavía tienen ojos y oídos . Dejar que la seguridad registre a desconocidos a estas horas es un riesgo innecesario.

A Jungkook se le endurecieron los músculos de la mandíbula hasta que sintió la presión en los oídos. Soltó el tenedor, que tintineó contra el borde del plato. Intentó una sonrisa, pero los labios solo se le estiraron en una mueca rígida que no llegó a moverle los pómulos.

-Aunque mi madre te pague para que parezcas mi maldita madre, Kim, no lo eres -soltó, dejando caer el peso del cuerpo contra el respaldo de cuero. La voz le salió pastosa, gastada-. Pero agradezco que me cuides. De verdad.

Taehyung permaneció inmóvil, sosteniendo el golpe con esa paciencia de piedra que usaba en las reuniones de la junta. Jungkook exhaló un aire espeso por la nariz y desvió la vista hacia el fondo oscuro de su copa, sintiendo el ardor de la laca de la cena todavía resecándole el cuero cabelludo.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora