despabilate amor

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El asfalto húmedo del centro de Seúl, saturado por el reflejo caótico de los neones y los faros de la avenida principal, fue quedando atrás a medida que el auto ascendía hacia la serenidad aristocrática de Seongbuk-dong. Allí, donde las mansiones de la élite se ocultaban tras muros de piedra y alerones de pino cubiertos de nieve, el silencio no era paz, sino un peso físico que comprimía la cabina del vehículo.

Jungkook sostenía el volante de cuero con las manos rígidas. Afuera, los copos de nieve caían pesados, deshaciéndose en surcos transparentes sobre el parabrisas con el chasquido rítmico de los limpiaparabrisas. Adentro, el calor seco de la calefacción soplaba una corriente continua que esparcía el perfume sintético y dulzón del aromatizante del tablero. La mezcla de ese aire artificial con el frío que colaba por las gomas de las ventanas le provocaba un amargor leve en la raíz del cuello.

Buscó a tientas en el compartimento central, tomó una pastilla de mentol y se la llevó a la boca. Necesitaba limpiar el malestar. Pero cuando el caramelo empezó a deshacerse en su lengua, el dulzor glacial se fusionó de inmediato con el regusto ácido, terroso y persistente del té que Jimin le había preparado esa misma tarde. Un chasquido amargo le inundó el paladar, volviendo la saliva densa.
Sintió una puntada en el pliegue del codo, donde la aguja de Seokjin había dejado una marca morada bajo la tela de la camisa.

Con la mirada fija en el ascenso sinuoso de la calle empedrada, Jungkook comenzó a contar. ¿Cuántos años llevaba conviviendo con ese cuerpo incompleto? Intentó rastrear el origen del quiebre. Recordaba con una nitidez dolorosa los meses previos al matrimonio, cuando tenía veintiocho años: la certeza de su vigor, la prisa biológica por consumir la piel de su esposo, la fluidez natural con la que el deseo dictaba sus noches. Jimin lo fascinaba por completo. Sin embargo, poco después de la firma del acta y la mudanza a la mansión, esa vitalidad comenzó a evaporarse como un líquido sobre piedra caliente.

El matrimonio Jeon nunca había tenido una vida intimista plena. Lo que comenzó como ausencias esporádicas se transformó en una distancia crónica. Recordó los primeros años, la manera en que los intentos de acercamiento a Jimin ,las manos buscando su espalda a medianoche, las miradas cargadas de una expectativa callada, fueron encontrando siempre una respuesta fría, una fatiga fingida o un cansancio real. Con el tiempo, las muestras de afecto hacia su esposo se apagaron hasta convertirse en este pacto de convivencia elegante y silencioso.

Por eso, esta última semana no se sentía como un renacer, sino como una anomalía perturbadora.

El portón de hierro de la residencia se abrió con un murmullo mecánico. Jungkook apágó el motor y permaneció unos segundos en la penumbra del vehículo, escuchando el crujido del metal al enfriarse. El frío de la noche le traspasó la suela de los zapatos al bajar.

Al cruzar el umbral, el crujido sordo del parquet bajo sus pies fue el único sonido que lo recibió en la mansión. La casa estaba sumida en una penumbra espesa, impregnada aún por el rastro frío del estofado de la cena y el perfume de lirios que Jimin usaba para aromatizar los linos.

Caminó a tientas por el pasillo, con los zapatos en la mano y el abrigo doblado sobre el antebrazo, sintiendo en cada músculo de la espalda la inminencia de una verdad para la que no estaba preparado.

El aire del dormitorio olía a cera de eucalipto apagada y a la humedad fría que la nieve acumulada empujaba contra los cristales.

Jungkook permaneció sentado en el borde del colchón durante minutos interminables. Tenía los pies descalzos sobre la alfombra de lana y las palmas apoyadas en las rodillas, sintiendo la tela del pantalón áspera contra la piel.

El agua de la ducha cesó en el baño contiguo. Un segundo después, el chirrido sordo de la puerta de madera sobre el marco rompió el silencio.

Jungkook no se movió, pero sintió la corriente de vapor húmedo dispersarse por el cuarto. Escuchó los pasos de Jimin sobre el parquet: ligeros, breves, medidos con esa parsimonia casi ritual que siempre había interpretado como elegancia. En el espejo ovalado del peinador, la silueta del rubio se dibujó entre las sombras. Llevaba una bata de seda clara sobre los hombros, y al desatarse el cinturón, sus dedos temblaron imperceptiblemente antes de dejar caer la tela sobre el respaldo de la silla.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora