La casa no le dio la bienvenida; la casa lo engulló. Al cerrar la puerta, el aire dentro de la mansión se sintió estancado, un vacío que pesaba en los pulmones como plomo. Cada paso de Jungkook sobre el mármol del vestíbulo resonaba con una frialdad matemática. No había rastro de vida, solo el eco de su propia soledad que se expandía por los rincones, una estructura diseñada para albergar el éxito, no el desorden.
-¿Jimin? -llamó, pero solo el silencio le respondió.
Buscó la presencia de alguien, de algo que rompiera la estática del ambiente. Pero entonces, el sonido lo laceró. Era un alarido, un desgarro agudo y vibrante que parecía salir de las paredes mismas
Taehyung surgió del pasillo con los cabellos alborotados, la camisa desabrochada y los ojos cargados de una fatiga que rozaba la demencia. No saludó. Sin mediar palabra, depositó al bebé en los brazos de Jungkook con una brusquedad que lo obligó a tambalearse.
-No ha llegado -soltó Taehyung, sin saludar,
El niño era un bulto que gritaba con una potencia desmedida. Jungkook, atrapado en una parálisis instantánea, sostuvo al pequeño por debajo de las axilas, manteniéndolo a una distancia prudente, como quien sostiene un artefacto explosivo a punto de detonar. El contacto era alienígena: la piel del bebé era demasiado blanda, demasiado cálida, una interrupción febril en su traje de lana fría.
-Renuncio, Jungkook. No estoy aquí para esto -espetó Taehyung, frotándose las sienes con frenesí-. Ese bodoque es insoportable. Ha llorado toda la maldita tarde, mis oídos me arden. No soy una niñera, Jeon.
Jungkook intentó alejarse, pero Taehyung lo acorraló, obligándolo a dar vueltas alrededor del sofá mientras el bebé, en su postura suspendida, pataleaba con una furia irracional.
-He leído que hay que mecerlos -dijo Taehyung, con la voz quebrada por el estrés-. Haz algo, por el amor de Dios.
-¿Y por qué no lo haces tú? -replicó Jungkook, con los dientes apretados, sintiendo el calor del llanto del niño vibrando contra sus propios dedos.
-¡No es mío, Kook! -rugió el asistente.
-¡Tampoco es mío, Tae! -espetó Jungkook, con una mezcla de horror y desdén-. ¿Cómo quieres que haga esto?
Sin embargo, el llanto se volvió un sollozo ahogado, un sonido que se le filtró por los poros. Con una torpeza que le provocaba náuseas, Jungkook cedió. Acercó al pequeño a su hombro, buscando un ancla. Al hacerlo, sintió una textura viscosa: la mejilla del bebé, húmeda de baba y lágrimas, se adhirió a su piel limpia. Un escalofrío, un rechazo visceral y primitivo, le recorrió la espina dorsal. Sintió la humedad empapando la seda de su camisa, filtrándose hacia su propia piel. Era asqueroso, y sin embargo, el peso del niño -su fragilidad absoluta- se acomodó contra él con una insistencia ineludible.
Jungkook comenzó a caminar, un paso tras otro, con el bebé acurrucado, sus palmas dando palmaditas torpes contra la espalda del niño. El llanto fue amainando, dejando paso a una respiración errática.
Desde la cocina, la voz de Taehyung retumbó, una sentencia dictada con crueldad:
-Ese apestosillo no tiene ni ropa -gritó, con la voz trémula-. Revisé el armario. Solo tiene lo que lleva puesto y dos trapos más. ¡Jimin es un miserable, Jungkook! ¡Ni una media le ha comprado!
Jungkook se detuvo. La palabra "miserable" golpeó el aire y se suspendió allí, pesada. Miró al bebé, fijándose por primera vez en los detalles: la ropa raída, la textura del algodón, el aroma a leche y a una pobreza que él no había querido ver. Sus pensamientos se volvieron un nudo de dudas, un laberinto sin salida. Si el dinero existía, ¿por qué el niño parecía un náufrago? ¿Qué clase de realidad estaba habitando Jimin para que su hijo terminara así?
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
