Los primeros rayos de sol se filtraban con una timidez casi caritativa por el ventanal, dibujando motas de polvo que danzaban suspendidas en el aire inmóvil. Jimin emergió del sueño con la lentitud agónica de un náufrago, estirando los músculos bajo un alivio tibio que le inundó el pecho como agua fresca tras una larga sed. Durante un breve y suspendido parpadeo, el aire le supo a lavanda barata, al sol calentando la cal descascarada de su fachada en la periferia y a ese desorden íntimo que siempre lo había hecho sentirse a salvo.
Su mano derecha descendió de forma mecánica hacia el vientre, buscando el contacto protector de su propia piel. En esa vigilia difusa, el peso biológico de su cuerpo le sugirió que las exigencias de la corporación, los contratos leoninos y los ojos gélidos de Jungkook no habían sido más que los restos mal cocidos de una pesadilla disuelta por el alba. Allí, en la estrechez de su pequeña cama, nadie le medía las respiraciones. Nadie lo reclamaba.
Rodó hacia un costado con un suspiro pesado, buscando con el talón el borde angosto del colchón para dejar caer los pies al suelo. Pero el movimiento se prolongó en el vacío de manera antinatural.
Sus dedos no encontraron el límite de la madera desvencijada, sino una extensión interminable de seda fría, excesivamente suave. El roce estéril del tejido de alta densidad le erizó el vello de los brazos.
Un zumbido electrónico, nítido y ajeno, cortó la simetría del aire. El sonido no provenía de su viejo aparato de cuerda, sino de un dispositivo digital empotrado en la pared. Jimin abrió los ojos de golpe y la respiración se le encalló en la laringe.
Arriba no estaba la mancha de humedad con forma de continente que había contemplado durante meses en su exilio; lo recibía una moldura de yeso impecable, geométrica, de un blanco cegador. El techo se alzaba a una altura desproporcionada, acentuando su propia pequeñez en mitad de la inmensa cama. El silencio de la alcoba de invitados no era paz; era un vacío espeso, un aire enclaustrado por los dobles vidrios que no acogía al cuerpo, sino que le imponía su opulencia.
-Mierda -el susurro apenas alcanzó a quebrar la quietud, saliendo de sus labios como un soplo helado.
El alivio se evaporó por completo, reemplazado por un sabor amargo y rancio que le raspó la base de la lengua. El regreso de la noche anterior volvió a materializarse en sus entrañas. No había sido un sueño. La alcoba lo rodeaba con su elegancia impersonal, recordándole -con la crueldad de los objetos nuevos- que había vuelto a esa casa despojado de su rango.
Se incorporó con una brusquedad que le revolvió el estómago, quedando sentado en el centro del colchón, desubicado, como una pieza maldita en un escenario demasiado grande. Sentía los latidos del corazón retumbando en sus oídos, un pulso acelerado que contrastaba con la inmovilidad de la mansión. Había regresado como un extraño. Como un prisionero de lujo que no debía quedarse.
El aseo en el cuarto de baño contiguo fue un trámite de urgencia que le hizo temblar las manos. El agua caliente golpeó su nuca, pero el calor parecía resbalar sin romper la capa de hielo que se le había instalado bajo la piel desde que pisó el ala este. El aroma del jabón neutro, pulcro e industrial, terminó de borrar cualquier rastro aromático de su vida en los suburbios.
A mitad del proceso, mientras se secaba el rostro con una toalla que olía a encierro y pulcritud, sus movimientos se ralentizaron. Recordaba con precisión militar la disciplina de Jungkook: el desayuno servido a las siete en punto, el crujido seco del periódico y el tintineo de la plata contra la porcelana inglesa. El moreno detestaba esperar; sus castigos nunca incluían gritos, sino un silencio glacial y corporativo que reducía al otro a la inexistencia durante días.
Jimin contempló su reflejo en el espejo empañado. Pasó las yemas de sus dedos ásperas por las ojeras tenues y el desorden de su cabello. Una resistencia mezquina, pero vital, le cruzó la mente: si dilataba el tiempo, si se concedía el lujo de una parsimonia agónica en cada botón de la camisa, tal vez la rutina de la compañía jugaría a su favor. Si tardaba lo suficiente, para cuando decidiera bajar las escaleras, el sedán negro ya habría cruzado la reja perimetral hacia el centro de Seúl.
Descender a una casa vacía, gobernada únicamente por el andar amortiguado de Taehyung, se le antojaba como una pequeña victoria. Un respiro antes de que la tormenta familiar de la noche lo obligara a ponerse la máscara de porcelana
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
