Dinastía de mentiras

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La humedad de la hierba le mordió las plantas de los pies descalzos, un frío agudo que subió directo por sus tobillos hasta instalarse en las corvas. Jimin dio dos pasos pesados, sosteniendo el cesto de mimbre contra la cadera; el mimbre crujió, quebrado en los bordes, hundiéndose en la carne de su costado a través del suéter holgado. En mitad de ese jardín de diseño milimétrico, el tendedero de aluminio barato que había arrastrado desde el sótano se alzaba como una afrenta rústica, una mancha gris que quebraba la simetrya perfecta del hormigón y los ventanales de la mansión.

Sacudió una de las sábanas pequeñas de Han. El restallar de la tela húmeda cortó el silencio matutino de la zona alta de Seúl con el impacto sordo de un latigazo. Un rocío helado le salpicó las mejillas y el cuello.

Jimin contuvo la respiración por un segundo, sintiendo cómo el vaho de su propia boca se disolvía en el aire gris. Sus manos, todavía adoloridas por las astillas de la víspera, se entumecieron casi de inmediato al contacto con las varillas de metal de la estructura.

A unos metros, sobre una manta de lana dispuesta directamente sobre el césped, Han balbuceaba con la vista fija en un camión de madera. Taehyung, agachado junto al niño, sostenía el juguete por el techo con la punta de sus dedos enguantados. El abrigo de paño oscuro de Taehyung olía a tintorería, a papel sellado, a una pulcritud estéril que no guardaba relación alguna con la tierra mojada.

Taehyung no levantó los ojos del niño cuando habló. Su voz llegó plana, delgada, desprovista de cualquier inflexión térmica.

-Mañana volverás al trabajo.

Jimin tomó una pinza de madera entre los dientes para liberar sus manos. Estiró una de las camisas de Jungkook; el peso del algodón mojado tiró de sus muñecas hacia abajo. El aroma a jabón de barra barato -el único que sus monedas alcanzaban a comprar en los suburbios- se mezcló en su nariz con el rastro persistente a cedro y tabaco rubio que aún habitaba las costuras de la prenda de su esposo.

-No creo que vaya de nuevo -dijo Jimin. La madera de la pinza le entorpeció la pronunciación, volviéndola opaca.

Taehyung detuvo el avance del camión sobre la manta. El juguete quedó inmóvil bajo su mano. El silencio que se instaló entre ambos se volvió físico, una franja de aire espeso que parecía detener las gotas de neblina en su caída.

-¿Jungkook? -preguntó Taehyung. El nombre sonó como una advertencia seca.

-Sí -Jimin se quitó la pinza de la boca, dejando que el viento le secara la saliva de los labios-. Pero no de esa forma. Verás, Tae... creo que si lo intento, podría quedarme aquí. Este lugar no es tan malo para Han. Tiene espacio. El aire no le cierra los pulmones.

Taehyung se enderezó con una lentitud calculada. Sus zapatos de cuero italiano, negros y especulares, no habían retenido una sola brizna de hierba. Miró de soslayo la hilera de ropa colgada; las sábanas blancas se mecían levemente, ocultando y revelando los muros de la propiedad como pantallas defectuosas.

-Jiminnie, que escuchaste anoche .

Jimin dejó caer los brazos a los lados del cuerpo. El cesto de mimbre, ahora vacío, rodó un par de centímetros sobre el césped. Giró la cabeza despacio, sintiendo la rigidez de los músculos de su nuca, hasta clavar la vista en las gafas pulidas de su secretario.

-¿Siempre estás escuchando tras las paredes?

Taehyung asintió una sola vez. Sus párados ni siquiera temblaron. Fue una confirmación técnica, limpia, desprovista de disculpa.

-Seokjin y Namjoon no me quieren aquí -continuó Jimin, y sus dedos buscaron instintivamente el dobladillo de su propio suéter, apretándolo hasta entorpecer la circulación-. Pero con Jungkook es diferente. Creo que él podría volver a intentarlo conmigo. Podríamos intentar ser una familia.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora