La Paradoja del Cautiverio

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El olor a repollo fermentado, pescado congelado y humedad vieja del mercado mayorista golpeó los pulmones de los tres hombres antes de que terminaran de cruzar la puerta de chapa. Jungkook, Namjoon y Hoseok desentonaban de forma ridícula; sus abrigos de lana premium y zapatos de cuero italiano parecían imanes para el agua sucia que salpicaba desde el suelo agrietado del galpón.

Namjoon no perdió el tiempo con sutilezas diplomáticas. Empujó la puerta de la oficina de seguridad -un cubículo asfixiante que apestaba a tabaco barato- y, antes de que el vigilante de turno pudiera quejarse por la intrusión, el abogado dejó caer un fajo de billetes directamente sobre el teclado del sistema de monitoreo.

-La cámara tres. Ayer a las ocho de la noche. Pon el video -ordenó Namjoon con la frialdad de quien compra un café.

El guardia parpadeó, guardó el efectivo con rapidez prehistórica y presionó dos teclas. La pantalla de tubo, cubierta por una capa de grasa estática, parpadeó hasta fijar una toma aérea y granulada de las cajas automáticas

Entonces, el tiempo se detuvo para Jungkook.

En el monitor apareció Jimin. El contraste contra la última imagen mental que Jungkook conservaba de él fue un impacto biológico directo. En los registros familiares y en los retratos oficiales de la dinastía Jeon, Jimin siempre había sido una obra de arte estricta: el cabello rubio ceniza perfectamente esculpido, trajes neutros a medida de corte aristocrático que le constreñía los hombros, y esa mirada fría de porcelana que correspondía al esposo de un heredero corporativo. Era un príncipe en cautiverio de diseño.

El Jimin de la pantalla, era una criatura completamente distinta. Tenía el cabello notablemente más largo y castaño, cayéndole de forma fluida y desordenada a los lados del rostro; vestía una chaqueta blanca de textura suelta y pantalones amplios, un estilo urbano y relajado que jamás habría pisado el vestidor del penthouse. No se lo veía destruido, ni demacrado, ni arrastrando los pies por el barro de la miseria que Jungkook había estado sobreanalizando durante cinco días. Se lo veía prolijo, limpio y, por encima de todo, hermoso. Había una serenidad casi insultante en la forma en que sostenía una bolsa de red con verduras mientras esperaba su turno para pagar un bloque de tofu.

Había sobrevivido al ecosistema Jeon perdiendo el estatus, pero ganando la gracia de un civil ordinario.

Jungkook se apoyó contra la mesa de formica, sintiendo que el aire se le congelaba en la garganta. La humillación de saberlo vivo y en paz en mitad del suburbio le arañaba el pecho.

Hoseok se inclinó hacia el monitor, entornando los ojos con una mezcla de cinismo y genuina sorpresa antes de soltar un bufido cargado de humor negro:

-Bueno... hay que admitir algo, Kook. Si tiene novio nuevo, el tipo tiene buena mano. Vivir en la indigencia suburbana parece sentarle de maravilla a su cutis. Míralo, ese pelo largo y desordenado le queda mil veces mejor que el corte de primera dama que le obligabas a usar.

Jungkook le clavó una mirada que habría liquidado a cualquiera, pero Hoseok ni parpadeó; el sastre estaba demasiado fascinado por el hecho de que el "cadáver" estuviera comprando ofertas de supermercado.

Namjoon golpeó el monitor con el dedo índice, devolviéndolos a la cruda realidad del mapa.

Jungkook apretó los dientes, sintiendo que los nudillos se le volvían blancos contra el borde del escritorio, pero Namjoon intervino antes de que la tensión estallara.

-Deja de decir estupideces -sentenció el abogado, cortando a Hoseok con un tono seco y profesional. Se volvió hacia el guardia, señalando la pantalla-. Si Jimin está comprando ofertas en este mercado, es porque vive en este sector.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora