la risa al costado del camino

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Jeon jamás se había jactado de ser un hombre impaciente; al menos, ponía un empeño minucioso en sostener la ficción del control absoluto. Fue justo cuando la neblina de la madrugada comenzó a colarse por el resquicio inferior de la puerta de la sala que comprendió la trampa del tiempo: la noche lo estaba abandonando y el nuevo día avanzaba a sus espaldas con la fijeza cenicienta de un cobrador de deudas. En un movimiento casi involuntario, dictado por una fatiga que ya le adormecía la nuca, la paciencia de Jungkook terminó de desintegrarse.

Sin una palabra, abandonó la cocina con la misma ligereza flotante con la que se transita por una habitación ajena. El tic-tac metódico del reloj de la sala se le había instalado debajo de los párpados, transformado en una pulsación sorda e insoportable.

Al entrar al garaje, el aire se volvió confinado, denso, saturado de ese olor a caucho frío y cera de alta gama que envuelve a las cosas que no se usan. En el tablero de la pared, sus dedos ignoraron los llaveros de cuero italiano de los sedanes de representación; buscaron, por puro instinto de fuga, el metal frío de la llave del deportivo plateado. El motor arrancó con un zumbido imperceptible, una simetría perfecta de ingeniería que se deslizó por el camino de adoquines como un espectro de cromo. Jungkook manejaba con las falanges rígidas sobre el volante, la mirada fija en los márgenes de la carretera pavimentada que conectaba la propiedad con el distrito comercial. Sus ojos escudriñaban la penumbra de las cunetas, buscando una silueta, un rastro, cualquier certeza que justificara el vacío de su vigilia.

A mitad de camino, la noche suburbana se cerró en un embudo de vapor gris. Los faros delanteros de xenón cortaron la niebla con la nitidez blanca de un bisturí, iluminando una escena que le obligó a hundir el pie en el freno de golpe, sintiendo la sorda resistencia del pedal contra la suela de su zapato.

A un costado de la calzada, bajo la luz mortecina y amarillenta de una farola intermitente, una camioneta de servicio vieja y destartalada descansaba con el capó levantado, exhalando un hilo débil de agua hervida y aceite quemado. Changbin, con las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos y los brazos veteados de grasa negra, hurgaba entre las mangueras con un destornillador herrumbrado. Al volante de aquella chatarra estaba Jimin.

Jungkook detuvo su coche a unos metros, apagando los faros para quedar protegido por la negrura del habitáculo. El silencio dentro de su automóvil era total, un vacío presurizado donde solo se escuchaba el leve siseo del aire acondicionado que de pronto comenzaba a sentirse insuficiente, seco, caliente en el fondo de su garganta.

Desde su aislamiento, lo vio todo. Jimin llevaba la camisa blanca del trabajo y el delantal oscuro aún ceñido a la cintura. Para intentar revivir el motor, Jimin giró la llave de la ignición. La camioneta rugió con una vibración tosca, un temblor rudo que sacudió la chapa y pareció instalarse directamente en los huesos de los dos hombres bajo la farola. El vehículo no respondió; el motor tosió una última bocanada de humo y murió.

Fue en ese instante cuando la mandíbula de Jungkook se tensó hasta el dolor. Jimin no mostró frustración; no se miró en el espejo retrovisor para acomodarse el cabello rubio ni se limpió la mota de hollín que le manchaba la mejilla. Simplemente inclinó la cabeza hacia atrás y de su garganta brotó una carcajada limpia, sonora, una risa libre de partituras que Jungkook no le había escuchado en toda una década.

El sonido atravesó el cristal blindado no como una voz, sino como un impacto físico en el pecho de Jungkook. Una sustancia alcalina y amarga le inundó la boca. Al ver esa mueca de felicidad desprolija, su mente retrocedió de golpe en un viaje involuntario y doloroso: recordó las suites de techos altos en París, los cofres de terciopelo con diamantes que dejaba sobre el tocador, los hoteles silenciosos frente al mar de Amalfi donde Jimin se sentaba a cenar como una deidad de porcelana, impecable, muda, muerta. Diez años de herencias, viajes y opulencia no habían sido capaces de comprar ni una sola nota de la vibración que Jimin le regalaba ahora a un hombre con las manos sucias de grasa en mitad de una zanja.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora