La etiqueta de la farza

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La noche se había estancado a tres calles de la mansión. Dentro del automóvil, el motor apagado dejaba que el frío del parabrisas se filtrara lentamente hacia las manos de Jungkook, fijas sobre el cuero gastado del volante. Desde allí, a través de la red de ramas desnudas de los fresnos, vigilaba la silueta de su propia casa. Aguardaba el apagón definitivo de las ventanas del piso superior; esa tregua visual que le permitiera deslizarse por los pasillos sin tener que justificar el desgaste de sus facciones ante nadie. Sin embargo, el silencio del habitáculo comenzó a pesarle en los tímpanos como agua profunda, un zumbido sordo que aceleraba el pulso en sus sienes. El tiempo no iba a detenerse. Con un movimiento brusco de la llave, encendió el motor y condujo las últimas cuadras con las luces bajas, como si pretendiera engañar a la propia gravedad del asfalto.

Girar la cerradura de la puerta principal fue un trabajo de precisión milimétrica. Jungkook empujó la hoja de madera pesada esperando encontrar la penumbra deshabitada del vestíbulo, pero el aroma a caldo de carne y verduras hervidas -cálido, espeso, casi ofensivo para su estómago cerrado- le advirtió de inmediato que la farsa seguía despierta.

Un frotar suave sobre el parquet pulido rompió la quietud. Desde la sombra del pasillo que conducía al comedor, Han gateaba a toda prisa, sus pequeñas rodillas desnudas produciendo un leve golpeteo contra la madera. Al divisar la silueta alta en el umbral, el niño se detuvo sobre las palmas, alzó el rostro redondo y soltó un chillido agudo, limpio de sospechas:

-¡Papá!

Jungkook sintió una contracción seca en el diafragma. Antes de que el grito pudiera repetirse y alertar al resto de la casa, se inclinó de prisa y cargó al bebé. Al apretar el cuerpo tibio y blando del niño contra su pecho, un escalofrío agudo, de bordes sumamente filosos, le recorrió la columna vertebral. No era solo el contraste físico entre su piel helada por la intemperie y el calor febril de la infancia; era el peso transaccional de ese cuerpo ajeno que acababa de comprar con una mentira frente a su propio padre moribundo. Las manos diminutas de Han se aferraron a la solapa de su abrigo, buscando el refugio conocido de un Jeon, mientras Jungkook contenía la respiración, sintiendo que el aire de la casa se volvía de pronto irrespirable.

-Cariño, la cena está lista -la voz de Jimin llegó desde el umbral de la cocina.

Jimin se detuvo allí, con un paño de hilo entre los dedos, observando la escena. El tono de su voz era plano, desprovisto del brillo de las mañanas pasadas, pero sostenía esa etiqueta doméstica que ambos habían aprendido a usar como escudo. Desde su propia mirada, Jimin notó de inmediato la rigidez en los hombros de su esposo, la forma casi defensiva en que sostenía a Han, como si el bebé fuera un escudo o un testigo incómodo. El labio de Jimin, todavía sensible y marcado por la pequeña herida de la tarde, pulsó con un dolor sordo ante la cercanía de Jungkook.

Jungkook no lo miró. Devolvió a Han al suelo con una lentitud que pretendía ser afectuosa, pero que Jimin leyó como un descarte urgente.

-No tengo hambre -dijo Jungkook, enderezando la postura y sacudiéndose las arrugas invisibles del abrigo-. Cuando termines de ocuparte de Han y lo hagas dormir, te espero en la biblioteca.

La mención del despacho personal cayó entre ambos con la pesadez de una sentencia. Jimin vio a Jungkook alejarse por el corredor, su silueta recortándose contra la luz fría de la planta baja hasta que el sonido de sus pasos se perdió en la dirección de la biblioteca. En el vestíbulo, solo quedó el olor a caldo templado, el balbuceo inocente de Han en el suelo y el presentimiento helado de que el día aún no había terminado de cobrarles sus deudas.

La mesa del comedor principal lucía una abundancia casi obscena. El vapor que ascendía de las fuentes de porcelana arrastraba un aroma denso a caldo de res, romero y ajo dorado, un aire cálido que chocaba contra la frialdad de las paredes de piedra. Al lado de la cabecera, erguido como un centinela de etiqueta, esperaba Taehyung. Vestía uno de sus habituales trajes de paño gris oscuro, cortado a la medida con una precisión quirúrgica que Jimin nunca había logrado comprender para las tareas de administrar una casa; encima de la lana fina, sin embargo, llevaba anudado un delantal de lino rosa pálido con pequeños volantes en los bordes. Una contradicción doméstica y casi teatral.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora