sembrando dudas

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Jimin se desperezó con una lentitud casi líquida sobre su cama de plaza y media. Estiró las piernas bajo el peso de las mantas, entrelazando los dedos de los pies con languidez mientras hundía la nariz en la superficie del edredón, buscando un rastro de fresas que la noche se había encargado de disipar. Rodó hacia un costado del colchón, tanteando a ciegas con la palma de la mano en busca de su teléfono móvil. Al encender la pantalla, una pequeña sonrisa, la primera en meses, le dibujó una curva en los labios: su jefe en la tienda le había concedido el día libre.

¿Qué más podía pedir?, pensó, sintiendo un alivio tibio expandiéndosele en el pecho.

Se acarició el rostro con una pereza mansa antes de apartar con cuidado las frazadas que lo cubrían. Tenía el día para él, sí, pero el desorden cotidiano no se tomaba vacaciones; aún debía limpiar la estrechez de su pequeña casa y organizar los pocos pesos que le quedaban. Se puso de pie de puntillas, dejando que las medias blancas resbalaran sobre el suelo de madera fría. Sus piernas desnudas, delgadas hasta la transparencia, se movían con una ligereza inusual, como si bailaran el ritmo sordo de una canción de cuna inventada por el silencio de la mañana. Se sentía extrañamente feliz, con esa ligereza flotante de los que confunden una tregua con la paz.

Encendió la estufa rusa con un ruego silencioso, esperando encontrar algo mínimamente decente en la despensa para engañar al estómago. Sin embargo, lo que descubrió al abrir la heladera lo dejó inmóvil, con la mano congelada en la manija: los estantes estaban repletos. Cajas de leche, verduras frescas, frascos de conserva brillantes... Jungkook lo había hecho. El monstruo corporativo que lo había amenazado unas horas antes había llenado su cocina en mitad de la noche.

Una oleada cálida, un calor biológico que no pudo contener, le recorrió la espina dorsal. A pesar del veneno, a pesar de la distancia insalvable de sus mundos, Jungkook se había preocupado. Detrás de la soberbia del apellido Jeon, todavía quedaba ese espacio para el gesto mudo, esa ofrenda que hablaba con más elocuencia que cualquier disculpa que la aristocracia nunca iba a pronunciar.
Jimin se cubrió el rostro con ambas manos, respirando hondo, queriendo congelar ese instante de gratitud en el aire vegetal de la cocina. Preparó un desayuno suculento, casi un banquete para sus estándares; hacía semanas que su cuerpo solo ingería lo justo para estirar el dinero. Con un cuidado minucioso, colocó los platos sobre una bandeja de plástico y regresó a la alcoba.

Antes de probar el primer bocado, tomó la libreta de tapas gastadas que descansaba sobre la mesa de luz y un lápiz. Suspiró, mordiéndose el labio inferior. Si lograba racionar los víveres nuevos y gastaba el mínimo absoluto durante los próximos dos meses, podría empezar a devolverle la primera cuota del dinero a Jungkook. Los tres meses siguientes los dedicaría exclusivamente a ahorrar para cubrir el faltante de la deuda. Quizá, si la suerte se ponía de su lado, no tendría que aceptar ningún trato denigrante con su exesposo; podría buscar un segundo empleo. Le parecía una salida razonable, un mapa de escape dibujado a mano.

Se mordió una uña, absorto en las columnas de números, mientras las cejas se le juntaban en un gesto de concentración. Estaba casi seguro de que Changbin no se opondría a que cubriera dos turnos en el negocio. Si lograba que lo acomodaran como cajero en la jornada nocturna, tal vez incluso podría trabajar los días feriados. La libertad tenía un precio en wones, y él estaba dispuesto a pagarlo con el cansancio de sus propios huesos.

Había días en que la periferia dolía como una herida abierta, pero esa mañana, por alguna razón que se le escapaba, Jimin sintió que el universo había dejado de empujarlo hacia el precipicio.

Desayunó con un hambre voraz, casi violenta, como si sus propios órganos recordaran de pronto la gravedad de la privación a la que habían sido sometidos. Sabía que más tarde tendría que ser inteligente y racionar las porciones para no tener que pisar el mercado en semanas, pero esa mañana se dio el permiso del exceso. Una vez satisfecho, con el estómago pesado y el cuerpo reconfortado por el calor de la comida, se encaminó al baño. Se ducharía con agua caliente antes de salir a caminar, decidido a perderse entre las tiendas del centro para saborear su día libre.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora