El asfalto temblaba bajo los neumáticos como una sustancia viva y negra, deformada por el vaho del mediodía. Frente al volante, Jimin sostenía una sonrisa mecánica, un pliegue de los labios que ya no respondía a la alegría, sino a la inercia de quien se sabe observado incluso en la soledad de la carretera. Conducía suspendido en el centro de un espejismo, habitando el recuerdo de un hombre que no poseía un rostro claro en su memoria, sino una sucesión de grietas por donde la realidad se evaporaba.
Aquel desconocido no era extraordinario por sus atributos, sino por su capacidad para detener el tiempo. Era una deidad hecha de sombras y caligrafía apresurada; un hombre que reducía la poesía a versos breves, casi urgentes, trazados con tinta barata sobre el reverso de las servilletas de papel, como si la belleza fuera algo que debiera consumirse y desecharse antes del amanecer. Le enviaba fotografías de cielos nocturnos, estáticos y mudos, jurándole en mensajes sin firma que cada estrella era una cuenta regresiva de su espera. Sus llamadas, escasas y clandestinas, llegaban como susurros que le erizaban el vello de los brazos con un frío repentino. Incluso sus flores, que aparecían en la conserjería en los días más grises, no compartían el aroma denso y pesado de los arreglos fúnebres que Jungkook ordenaba para la casa; estas olían a intemperie, a tierra mojada y a una libertad angosta pero peligrosa.
Jimin ignoraba los contornos del amor, pero se había vuelto devoto de la idea de ser adorado por alguien que no exigía su apellido. Se sentía el centro de un culto secreto, manejado por un hombre que dosificaba sus palabras como si fueran reliquias demasiado costosas para el mundo común, y que lo buscaba no para exhibirlo como un trofeo de mármol, sino con la urgencia primitiva de quien necesita profanar un altar.
Jimin saboreaba el vacío en su pecho. No lo amaba. Pero, por primera vez en sus veintiséis años, sentía la necesidad física y desesperada de aprender cómo se rompía una jaula.
El recuerdo de su propia boda regresó con la fijeza de los espejos que duplican la fealdad. Había pronunciado aquel «sí» ante el altar con una voz que no reconoció como suya; un sonido hueco que se perdió entre las molduras de oro de la catedral, sin comprender que el destino no es una cláusula que pueda disolverse con lágrimas. Lo había hecho por el peso de los apellidos, por el silencio de su padre frente a los libros contables y por ese pánico antiguo a quedar expuesto en un mundo que solo tolera a los débiles si caminan al lado de los fuertes.
La suite nupcial del hotel conservaba el olor pegajoso de las gardenias blancas, una fragancia tan espesa que parecía restar oxígeno al aire acondicionado. Jimin caminaba sobre la alfombra luciendo un traje de seda pulcra, un blanco tan encendido que hería los ojos bajo las lámparas de cristal; el mismo tejido que, meses más tarde, sentiría sepultado bajo el polvo de sus propias ilusiones muertas.
Masticaba el nudo áspero que le cerraba la garganta cuando sintió unos dedos delgados apoyarse en su espalda. Las manos de su madre estaban inusualmente frías a través de la seda. Su voz, un susurro hilado cerca de su oído, llegó con el peso de una condena irrevocable:
-Solo serán dos años, cariño. Aguanta un poco más.
Aquella promesa de una libertad con fecha de caducidad fue el veneno más eficaz. Jimin asintió, contemplando el ventanal, sin entender que el tiempo en el cautiverio no se mide en meses, sino en la lenta erosión del orgullo.
Fue en ese instante, al girar hacia el pasillo de la galería para regresar a la fiesta, cuando el trayecto de un mesero se cruzó con el suyo. El roce fue mínimo, pero bastó para que una copa de vino tinto se ladeara, derramando su contenido sobre el pecho del traje impecable. El líquido oscuro se expandió sobre la seda blanca con la velocidad de una mancha de sangre. Jimin no gritó; ni siquiera apartó el cuerpo. Se quedó inmóvil, sintiendo la humedad fría filtrarse hacia su piel, fascinado por la forma en que el carmesí devoraba la pureza artificial que le habían impuesto. Ese rojo -el mismo tono violento del automóvil que ahora aceleraba hacia la autopista- era el color de su verdadera historia: una marca que no buscaba limpieza, sino profundidad.
Una chispa de crueldad hacia sí mismo se encendió bajo sus costillas. No fue tristeza, sino el impulso ciego de terminar de romper la vasija que ya estaba trizada.
Siguió los pasos apresurados del mesero hacia la puerta de servicio, ignorando el rumor de las risas que venía del salón principal. Al cruzar el umbral, el aire cambió de golpe: el perfume caro y las gardenias dieron paso al vaho rancio de las freidoras, al vapor de los lavavajillas y al olor agrio de los desechos acumulados en la penumbra. Salieron al callejón trasero, un rincón de ladrillo visto y adoquines húmedos donde el lujo de la celebración no era más que un eco apagado por los extractores industriales.
El mesero se apoyó contra la pared gris, encendiendo un cigarrillo con una calma que rozaba el desprecio. Observó el traje manchado del novio y exhaló una ráfaga de humo gris hacia el cielo cerrado de la noche.
-Te habías tardado -dijo el muchacho, su voz arrastrando una confianza que delataba un plan ensayado en las sombras.
Jimin no utilizó palabras. Sosteniéndole la mirada con una frialdad que heló la sonrisa del otro, se desabrochó el cinturón con dedos firmes. Dejó caer los pantalones de seda hasta sus tobillos, exponiendo la palidez de sus piernas al aire sucio del callejón. Apoyó ambas palmas contra la superficie rugosa del ladrillo, sintiendo la aspereza de la piedra incrustándose en su piel, y ordenó sin volverse:
-Hazlo.
El mesero pestañeó, reteniendo el aire. La ceniza del cigarrillo cayó sobre su propio uniforme mientras la seguridad que mostraba hace un segundo se desmoronaba ante la autoridad cortante del hombre del traje herido.
-¿Así? ¿Aquí mismo? -preguntó, con un hilo de duda que le agudizó la voz.
Jimin apretó los dientes, sintiendo el roce de la tela húmeda de vino contra sus hombros.
-Date prisa -sentenció, frotando sus palmas contra el muro-. No tengo toda la noche debo volver a mi fiesta.
Cuando regresó al salón, Jungkook recorría las mesas entre copas de champaña intactas y conversaciones con invitados cuyos nombres olvidaría al día siguiente. Preguntaba por su esposo con una cortesía monótona, evitando cualquier gesto que delatara la humillación que ya le corría por las venas.
Lo vio aparecer por el pasillo lateral, con la camisa mal abotonada y el cuello del traje salpicado de tizne y vino, como si viniera de perder una batalla de la que no se arrepentía. A unos metros, su madre enmudeció; se llevó una mano enjoyada a la boca, ocultando la expresión de espanto ante el espectáculo de su hijo transformado en una ruina pública. Pero Jimin la esquivó con la barbilla en alto, sosteniendo la mirada con la dignidad intacta de los vencidos.
-Dijiste que debía casarme, no serle fiel -le murmuró al pasar, con una sonrisa helada que pretendía herir la complicidad de su madre.
-Amor, ¿dónde estabas? -la voz de Jungkook intervino entonces, cargada con esa dulzura pesada y paciente de los hombres que aman sin poseer las herramientas para hacerse entender. Sus manos buscaron los hombros de Jimin con un instinto de protección que se sintió como una soga.
-Creo que bebí demasiado -mintió Jimin, entornando los ojos, ensayando la sumisión, entregando su rostro al beso que Jungkook le dio en la mejilla.
El sabor a licor dulce que quedaba en sus labios apenas lograba disimular el rastro ferroso y seco de la humillación que acababa de consumir en el callejón. Nadie preguntó más. El orden se restableció con la facilidad con la que se limpia una mesa.
El rugido del motor del Lamborghini trajo a Jimin de vuelta al presente. La autopista comenzaba a estrecharse, anunciando las primeras luces de la zona hotelera de la periferia.
Con una lentitud casi litúrgica, Jimin despegó la mano derecha del volante. Miró la alianza de oro que le rodeaba el dedo anular, un círculo perfecto que reflejaba la luz moribunda de la tarde. Deslizó el metal hacia afuera, sintiendo el vacío que dejaba en la piel húmeda por el sudor. Abrió la guantera y dejó caer el anillo en el fondo de plástico; el golpe seco sonó definitivo en el silencio del habitáculo.
Cerró el compartimento con un golpe firme y respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma a cuero y velocidad, despojándose del peso de una promesa que jamás había querido formular. Era la primera vez que sentía la urgencia de esconder su matrimonio. Y, con ese secreto oculto en el puño, la primera vez que experimentaba algo que se parecía, de manera aterradora, a estar vivo.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
