La cara que dijo si

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En la última planta del edificio Jeon, el crepúsculo no iluminaba; caía sobre las paredes de cristal con la fijeza cenicienta de una condena. La luz purpúrea se estancaba en las esquinas del despacho, tiñendo el escritorio de caoba, una mole cuya gravedad parecía la única certeza capaz de sostener el desorden en la mente de Jungkook. El reloj en su muñeca, un círculo de oro frío, dictaba el paso del tiempo con un peso opresivo, como una argolla de plomo que le entumecía los tendones de la mano. Jungkook soltó un suspiro largo; el aire le quemó las fosas nasales, seco, con un rastro flotante de tinta y cera de muebles viejos.

Agradeció la llegada del silencio nocturno como se agradece una tregua infame. La jornada de cifras y balances comerciales había operado durante horas como un ruido blanco, un muro de papel diseñado para ocultar el eco de lo que verdaderamente le corroía la laringe. Se recostó en el cuero del sillón, cerrando los ojos, pero la negrura no le trajo paz; le devolvió la textura de la seda que guardaba en el cajón inferior de su escritorio.

Una mueca de autodesprecio, agria y torcida, le tensó las comisuras de los labios al recordar la noche anterior. La realidad de su alcoba era una mancha de vergüenza en el revés de la memoria: el recuerdo de sí mismo a oscuras, sepultado en la inmensidad del colchón, apretando contra su rostro esa prenda hurtada del armario de Jimin. Recordó el aroma a agua de rosas evaporándose entre sus dedos y el calor furioso, torpe, con el que había buscado su propio alivio en la penumbra, odiando la distancia física que lo separaba del cuerpo de su esposo.

Una risa seca, un chasquido nasal que murió de inmediato contra los cristales, rompió el aire. Se burlaba de su propia estrategia. Había esparcido el encaje negro y el aluminio arrugado del preservativo con la meticulosidad desesperada de quien inventa una catástrofe para comprobar si el otro todavía corre a salvarlo. Había profanado su propia cama con desechos falsos solo para ver si el veneno de la duda lograba trizar la porcelana de esos ojos felinos, para comprobar si Jimin todavía conservaba el instinto de considerarlo suyo.

-¿Recuerdas el día de nuestra boda? -susurró Jungkook al espacio vacío. La frase de Jimin regresó a su boca con el sabor alcalino de las cosas que se oxidan.

El crujido de los nudillos contra la madera interrumpió la marea negra. Namjoon entró sin esperar respuesta, dejando una carpeta pesada sobre la caoba.

-Necesito que firmes esto antes de que los abogados de Seúl se retiren, y tenemos que revisar los números de la nueva naviera -dijo Namjoon, con esa voz neutra que usaba para separar los negocios de la sangre.

Jungkook no respondió de inmediato. Seguía recostado, con la mirada perdida en un punto muerto de la ciudad que comenzaba a encender sus luces afuera. Tomó la pluma estilográfica; el metal se sintió helado entre sus dedos rígidos. Comenzó a pasar las hojas sin darles real importancia, simulando estar absorto en las cláusulas.

-¿Cómo está tu prisionero el día de hoy? -añadió Namjoon con aparente casualidad, mientras se cruzaba de brazos.

Jungkook no levantó la vista del papel. Deslizó el plumín por el borde de una página con un roce apenas audible.

-Lo vi esta mañana cuando salía de la casa -respondió Jungkook, forzando una voz desprovista de peso-. Parecía...
extraordinariamente calmado.

Al pronunciar la última palabra, una rigidez milimétrica le tensó la mandíbula y hubo un salto casi imperceptible en la cadencia de su respiración. Para Namjoon -que sabía leer el revés de sus silencios- ese sutil espasmo fue más que suficiente. Rompió en una carcajada sonora, llena de una burla afilada.

-¿Otra vez? -preguntó entre risas-. ¿Otra vez Park te tiene sin dormir? Mírate, Jungkook. Tienes la cara de un hombre que ha pasado la noche en un antro.
Jungkook soltó un aire pesado, sintiendo el nudo de la corbata de pronto demasiado ajustado en su garganta, y por primera vez en el día bajó la guardia.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora