tres cartas

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El viaje de regreso fue un calvario de luces intermitentes y asfalto húmedo que se licuaba sobre el parabrisas, deformando la silueta urbana en un fluir de sombras impersonales. Al cruzar el umbral de la mansión, la inmensidad del mármol lo recibió con la fijeza estéril de un mausoleo. Jungkook arrojó las llaves sobre la consola del recibidor con un golpe seco que resonó en el mármol de la entrada; el repique metálico vibró en los techos altos antes de ser devorado por la penumbra. Se desabrochó el botón superior de la camisa y se aflojó la corbata de un tirón, buscando un oxígeno que el aire climatizado de la mansión parecía negarle. La seda arrugada le raspó la piel del cuello, recordándole la soga invisible de toda la noche, mientras una respiración corta y enclaustrada le quemaba los pulmones. Se sentía como un animal herido que regresaba a su madriguera, pero allí tampoco había paz.

-¡Jeon! -la voz de Taehyung explotó en la oscuridad, fulminante-. ¿Qué demonios se te pasó por la cabeza diciéndole a Jimin que debe trabajar?

Taehyung lo esperaba en la penumbra del gran salón, apoyado contra el marco del ventanal, sosteniendo una taza tibia entre las manos. Su silueta recortada contra el jardín oscuro era la única nota de quietud en la casa. El vaho ligero que ascendía de la porcelana arrastraba un aroma sutil a hierbas amargas que se mezcló de inmediato con el rancio olor a tabaco frío y cedro del saco de Jungkook, volviendo la atmósfera densa, casi masticable.

Jungkook apretó los puños, notando cómo sus dedos se hundían en las palmas hasta sentir el filo de sus propias uñas clavándose en la piel húmeda. Un temblor subterráneo amenazó con subirle por las extremidades, pero la firmeza lo sostuvo un instante.

-Tae... recuerda que sigo siendo tu jefe -dijo, firme, intentando mantener la compostura.

-¡Y él sigue siendo tu esposo! -rugió Taehyung, ignorando cualquier intento de autoridad-. ¡Y está en su casa, Jeon! ¿Cómo puedes pedirle eso? ¿En qué monstruo te has convertido?

El tono, el volumen y la acusación lo derrumbaron. Sus palabras se quedaron colgando, huecas, inútiles, como objetos antiguos desprovistos de valor en una habitación vacía. Por un segundo, Jungkook se sintió como un niño atrapado, expuesto ante una mirada severa, despojado de sus títulos corporativos y sus trajes a medida. El aire pareció enfriarse de golpe a su alrededor.

El silencio que siguió fue tan pesado que Jungkook apartó la vista, incapaz de sostener el peso de la tinta oscura de las pupilas de Taehyung. Las palabras "monstruo" y "esposo" rebotaron en las paredes, perforando la armadura de frialdad que había construido esa mañana. Un sabor amargo y metálico, casi a cobre, se le asentó en el paladar.

-¿Por qué demonios lo dejaste salir así? -soltó Jungkook, y su voz, ronca y cargada de veneno, cortó el aire del salón, buscando desesperadamente desviar el golpe que le fracturaba el pecho-. Te di órdenes precisas, Taehyung. Te ordené que luciera sobrio, no como un mendigo con clase.

Taehyung ni siquiera se inmutó. Bebió un sorbo lento antes de despegar la espalda de la madera y avanzar un par de pasos. Su calma era un insulto. El roce apenas perceptible de sus suelas sobre la alfombra incrementó la rigidez en los maxilares de Jungkook, que comenzaron a dolerle por la presión interna.

-¿Por qué no llevaba la ropa de diseñador que compré? -continuó Jungkook, acortando la distancia, la mandíbula rígida, sintiendo el calor de la rabia subirle por el cuello como una quemadura física-. ¿Y el cabello? Una trenza, perlas de mi abuela... ¡Llevaba las joyas de mi abuela tejidas en la cabeza, Taehyung! Desplegó una desfachatez frente a mis padres. Se burló de mí en mi propia cara.

-¡Es tu esposo! No puedes quitarle la poca humanidad que le queda. No es un objeto, Jungkook. Deja de tratarlo como un mueble.

-Mide tus palabras, Taehyung -respondió Jungkook, aunque su voz carecía de la autoridad habitual. Era un susurro quebrado, un hilo de aire que salía con dificultad de una garganta reseca-. Él aceptó las condiciones. Él mismo dijo que no quería nada de mí.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora