El otro tu

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Las horas transcurrieron en un silencio pesado, denso como el aire estancado dentro de una celda . El ambiente olía a una mezcla rancia de humedad, desinfectante barato y el metal oxidado de los trofeos que jungkook había adquirir en su juventud. Él miraba el techo, siguiendo con la vista las grietas del yeso que semejaban un laberinto sin salida; su postura de doncel, una elegancia innata que ni el fango del jardín había logrado arrebatarle, le otorgaba en ese rincón lúgubre un aire más vulnerable, más humano. Tenía los dedos entumecidos por el frío crudo de la noche, y el roce de la lana empapada de su abrigo le recordaba, con cada pulsación, la humillación física de la caída.

-¿Dónde se encuentra el señor Park Jimin? -roncó una voz desde el pasillo.

El sonido metálico de unos pasos rompió la monotonía del encierro. El rubio suspiró de nuevo y se puso de pie, acomodándose la ropa desalineada con gestos lentos, sintiendo el crujido de la tierra seca desprendiéndose de las costuras. Sacudió inútilmente sus prendas y trató de sonreír, un simulacro de dignidad que se congeló en sus labios agrietados. Las puertas de la biblioteca se abrieron con un chirrido estridente, y allí estaba él: un hombre de pantalón gris y remera blanca, con tenis, que observaba cada movimiento con una fijeza analítica, como si midiera el alcance del desastre antes de actuar.

-¡¿Qué demonios te hicieron?! ¡Habla de inmediato! -rio horrorizado, tironeando la reja. La desesperación del recién llegado vibró en el hierro, quebrando la quietud institucional del recinto.

-Nam, jungkook no ah venido - susurro el rubio mientras caminaba cabizbajo, arrastrando los pies sobre el granito frío.

La hostilidad del la morena pasó de largo sobre la piel de Jimin como un viento estéril. Entraron en una oficina iluminada por un tubo fluorescente que zumbaba de manera exasperante, mientras el recién llegado se adentraba en otra habitación contigua. A través del cristal esmerilado, solo se distinguían sombras chinescas agitándose en una coreografía muda. El rubio se cubrió mejor el abrigo, buscando el calor que su propio cuerpo ya no generaba, y observó su reflejo en la ventana: un desastre. La luz blanca ponía en evidencia los hilos de fango seco en su cabello y la palidez mortuoria de sus pómulos.
Desde el despacho de al lado, las voces filtradas por la madera cobraron una nitidez hiriente.

-La señorita Momo quiere demandar al señor Park por lesiones y abuso de género -suspiró alguien, curvando los labios con esa suficiencia burocrática tan propia de quienes custodian el orden.

-Lamento informarle que eso no será posible -. Según el código penal procesal-,

El silencio regresó por un instante. Al escuchar el tono monocorde del legulejo, el recuerdo del viejo Jeon cruzó la mente de Jimin; el señor Jeon sonrió en su memoria, pues Kim siempre podía valerse de algún hueco legal, alguna inconsistencia semántica oculta en los tomos de jurisprudencia para proteger el apellido. El abogado, de pie frente a todos en la otra sala, irradiaba la seguridad de quien se sabe dueño del terreno, pisando el suelo de la mancion Jeon como si fuera el mármol de su propio despacho. Namjoon era una eminencia en derecho penal, un arquitecto de la defensa que no se conmovía por la sangre ni por el lodo.

-Como sabrá, mi cliente no tuvo intenciones de agredir a su defendida -dijo, cruzando los brazos con calma.

El abogado contrario levantó los hombros con displicencia, restándole importancia al asunto con un ademán de la mano que desprendía un leve olor a tabaco rancio.

-Esto, Kim, queda claro que fue una simple riña de gatas,quizás con unos miles de wones su jefe pueda solucionar todo.

Namjoon frunció apenas el ceño. El término flotó en el aire de la oficina, suspendido como una mota de polvo.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora