El crujido de los neumáticos sobre la gravilla húmeda de la entrada no llegó a los oídos de Jungkook como un sonido, sino como una vibración que le trepó por los talones y se le instaló en la base del cráneo. Menos de quince minutos. El Mercedes de su primo, gris y opaco como un lingote de plomo, acababa de detenerse.
Jungkook seguía de pie en el umbral del baño, con los brazos rígidos alrededor del cuerpo caliente de Han. Sus músculos se habían petrificado; la tela de su polo negro estaba empapada en los puntos donde el pecho del niño buscaba un alivio que él no sabía darle. Esperaba una salvación quirúrgica, un despliegue de autoridad médica que tomara al lactante y resolviera la anomalía.
Sin embargo, cuando Seokjin entró en la alcoba, precedido por un olor nítido a tabaco costoso y desinfectante clínico, el mundo pareció girar sobre un eje equivocado.
Jin ni siquiera miró al bebé.
Con un movimiento fluido, apartó a Jungkook con el hombro -un empujón seco que lo desplazó hacia el marco de la puerta- y se arrodilló directamente frente a la tina. Jungkook sintió un vacío repentino en las manos, una humillación sorda y biológica al verse ignorado en su propia casa. ¿Por qué no miraba al niño? El llanto de Han seguía taladrando las paredes, pero la atención de Jin estaba fija en otra parte.
Para Seokjin, la opulencia de la mansión Jeon siempre había sido un decorado prescindible. Al cruzar el umbral del baño, sus ojos de médico no registraron los grifos de bronce ni el mármol importado; registraron un colapso sistémico.
Ahí, hundido contra el borde de la losa, Jimin era una criatura rota. Jin notó de inmediato la fijeza desorbitada de sus pupilas, el tinte azulado en las comisuras de los labios y la forma rítmica, casi agónica, en que sus costillas se contraían sin lograr almacenar el oxígeno. Jimin se protegía el bajo vientre con ambos antebrazos, encorvado sobre sí mismo como si esperara un golpe físico. El niño tenía fiebre, sí, pero el adulto estaba a un paso del síncope cardíaco por hiperventilación.
-Jimin. Mírame -la voz de Jin cayó con la frialdad de un bisturí. Le tomó la muñeca izquierda, clavándole los dedos en el pulso caótico-. Respira conmigo. Olvídate del jardín. Olvídate de Jungkook. Habla.
Jimin castañeó los dientes, exhalando un aire pastoso que olía a puro terror.
-El bebe ... el aire de la tarde creo que fue eso -consiguió articular Jimin, con la mirada perdida en las baldosas-. No tiene defensas... se va a morir por mi culpa, Seokjin. Se le va a detener el corazón aquí dentro.
-Nadie se va a morir en esta casa, no seas ridículo -cortó Jin, soltando la muñeca con una indiferencia calculada para romper el histerismo. Se giró hacia su primo, extendiendo los brazos-. Dame acá al niño, Jungkook. Muévete.
El agua de la tina ya se sentía helada contra los muslos de Jimin, pero no tenía fuerzas para ponerse en pie. A través del velo de sus propias lágrimas y del vapor que comenzaba a disiparse, vio las manos de Seokjin moverse con una precisión desapasionada sobre el cuerpo de Han.
Cada presión de los dedos del médico en el cuello del bebé, cada auscultación, era para Jimin un juicio final suspendido. Cuando Han soltó un chillido agudo al sentir el contacto detrás de la oreja derecha, Jimin cerró los ojos, preparándose para el veredicto de su propia negligencia. Había destruido la tregua. Había expuesto al niño al exterior.
-Es una otitis -la voz de Jin resonó en el baño, plana, carente de cualquier dramatismo
-.seokjin el niño llora como si le estuvieran clavando agujas y me dices que solo es un dolor de oído?-.
seokjin clavo la geringa en un pequeño frasco y golpeo el plástico para drenar la burbujas que podrían formarce descubrió el muslo del infantil eh inserto la aguja sin previo aviso
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
