7 wones

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El plástico burdo de las asas se estiró bajo el peso, hundiéndose en los dedos de Jungkook y rozando el metal frío de su reloj de pulsera. Caminó detrás de Jimin, midiendo la distancia con la cadencia de sus propios pasos, que sonaban limpios sobre el suelo, mientras las botas de mezclilla y suelas gastadas de Jimin dejaban una estela de ruidos sordos, asimétricos, por el peso muerto del niño que cabeceaba contra su pecho.

El aire de la cocina los recibió con su habitual asepsia: superficies de acero inoxidable que reflejaban la luz mortecina de la tarde y el olor remoto a los limpiadores industriales. Jimin no se detuvo ante la inmensidad del espacio. Se deslizó directamente hacia la isla central, dejando que el cuerpo se doblara ligeramente para liberar las correas del portabebés.

-Taehyung dijo que saldría -soltó Jimin. Su voz tenía un hilo de ronquera, el aire de la calle todavía atrapado en sus cuerdas vocales. Dejó al niño con cuidado en la silla alta de madera que permanecía en el rincón, un mueble que parecía flotar como un náufrago en medio de aquella sofisticación minimalista.

Jungkook dejó las bolsas sobre el mármol impoluto. El crujido del plástico barato sonó casi obsceno sobre la piedra cara.

-¿Saldría? -la pregunta de Jungkook fue apenas un siseo, el aire escapando entre sus dientes-. ¿Dijo si iba a volver?

-No lo sé. Sabes cómo es Taehyung -Jimin se pasó una mano por la frente, apartando los mechones húmedos que se le pegaban a la piel con una familiaridad descuidada-. Me ocuparé de la cena yo.

Jungkook no se movió. Se quedó con las manos suspendidas sobre las bolsas, sintiendo el calor residual del plástico que le había encendido las palmas.

-Jimin, tú no cocinas.

La frase no fue un reproche; fue un intento desesperado por aferrarse a una regla antigua, a un axioma de la vida que compartían antes del abismo. El Jimin que él conocía desconocía el peso de una sartén; sus manos solo existían para sostener copas o firmar recibos en tiendas de diseño.
Jimin se giró. Sus hombros se cuadraron bajo el overol grueso, y una pequeña sonrisa, desprovista de ironía pero cargada de una dignidad áspera, le devolvió la mirada. Sus dedos, con los nudillos enrojecidos por el frío del mercado, se apoyaron en el borde del acero.

-Aprendí -dijo, y la palabra sonó sólida, como una moneda bien acuñada-. No soy uno de los chefs que tú acostumbras contratar, Jungkook, pero algo aprendí trabajando. En el café se hacen muchas cosas cuando el turno se vuelve largo.

Jungkook cruzó los brazos sobre el pecho, un movimiento defensivo que buscaba contener el latido irregular que le golpeaba las costillas. Sus ojos recorrieron la silueta de Jimin, buscando una costura floja, un rastro del hombre que gastaba tres mil dólares en una bufanda para usarla una tarde y olvidarla en el asiento de un auto. No encontró nada. El tejido de este nuevo Jimin era denso, impermeable a su escrutinio.

-¿Puedes cuidar a Hannie un momento? -pidió Jimin, dando un paso hacia el pasillo lateral-. Debo bañarme. Me quita cinco minutos y luego les prepararé algo de comer.

Jungkook dio medio paso hacia atrás, una retirada instintiva. Desde la silla alta, el bebé lo observaba. Los ojos del niño, grandes y fijos, no tenían el juicio de los adultos; eran dos cuentas oscuras que captaban la luz de los tubos fluorescentes con una curiosidad mansa, ajena a la guerra silenciosa que flotaba en el ambiente.

-Por favor -insistió Jimin, notando la vacilación física del otro-. A Hannie le agradas. Solo serán unos minutos.

Jungkook, atrapado por la mirada del niño y la fijeza del padre, terminó por asentir con la cabeza, un gesto rígido.

Entonces sucedió. Jimin, movido por un automatismo que parecía pertenecer a otra vida -al cuerpo cansado que reconoce un territorio seguro después de una jornada implacable-, dio un paso al frente y lo abrazó.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora