diseño divino

154 26 1
                                        

El pomo de la puerta giró con una lentitud casi ceremonial. Jungkook no la golpeó al entrar; se limitó a empujar la madera con el dorso de la mano, dejando que el aire denso y perfumado a lavanda rancia de la alcoba se agitara apenas. Sus ojos, fijos y oscuros, descendieron primero hacia el bolso de lona que yacía en el suelo, desinflado como un animal ejecutado, antes de subir hacia Jimin. Hubo un milimétrico descenso en la tensión de los hombros de Jungkook, un alivio levísimo y secreto que se ocultó de inmediato detrás de sus párpados entornados. Él realmente había creído que Jimin cruzaría el umbral. Verlo allí, anclado al brocado de la cama, le devolvió una certeza agria pero firme.

-Es hora de irnos -dijo Jungkook. Su voz arrastró una fatiga pastosa mientras daba media vuelta sin esperar una respuesta.

El descenso por la escalinata principal de la mansión Jeon se sintió como una procesión hacia un altar de piedra. El mármol blanco devolvía el eco monótono de sus pasos, y el ambiente olía a cera de abejas, a maderas nobles y a ese silencio aristocrático que siempre había hecho que Jimin se sintiera un intruso. En el gran recibidor, bajo la luz mortecina de la lámpara de araña, la familia esperaba para la clausura del protocolo. Jimin avanzaba con la columna rígida, apretando el cuerpo menudo de Han contra su pecho; el calor del lactante era lo único blando en medio de tanta simetría helada.

El abuelo Jeon, cuyas manos parecían talladas en la misma madera del puño de plata de su bastón, extendió sus dedos sarmentosos hacia la manta gris de lana.

-Trae a Jeonmin el fin de semana, Jimin -requirió el anciano. Su aliento olía a tabaco viejo y a medicamentos caros-. Quiero tenerlo cerca antes de que la niebla del invierno sea demasiado espesa.

-Estoy muy feliz, suegro ... -murmuró Jimin. La saliva se le espesaba en la garganta al forzar una reverencia-. Han ha obrado un milagro en su salud.

El viejo soltó una risa seca, un crujido desprovisto de cualquier asomo de ilusión.

-No existen los milagros en esta casa, muchacho. Es solo un poco de alivio, una tregua corta. En esta familia todos conocemos el final Jeonmin solo está alegrando mis últimos días .

Con una parsimonia que heló la sangre de Jimin, el anciano descendió la palma de su mano y la posó firmemente sobre el vientre del menor, justo por encima del paño gris de su traje. La presión de esos dedos fríos se sintió como una sentencia física.

-Solo espero que mis piernas tengan la fuerza suficiente para llegar a conocer a mi pequeña nieta.

A unos pasos de distancia, Momo permanecía inmóvil al lado de la suegra de Jimin. Llevaba el delantal impecable y las manos entrelazadas sobre el vientre, exhibiendo una sonrisa pulcra, mansa y angelical que a Jimin le supo a arsénico. No era una mueca de triunfo; era la calma terrible de quien sabe que pertenece al paisaje natural de la colina, mientras él seguía siendo un cuerpo extraño.

Tras un cruce de palabras gélidas con su suegra, Jimin huyó hacia el exterior, buscando el refugio clausurado del automóvil. Desde el aislamiento del vidrio polarizado, que deformaba el jardín en sombras azuladas, observó el cuadro. Jungkook se había retrasado unos segundos junto a la escalinata para despedirse de sus padres. Fue en ese instante cuando Momo dio un paso al frente. Con una naturalidad milimétrica, la joven alzó las manos y acomodó el cuello de la camisa de Jungkook, alisando la tela con las yemas de sus dedos.
Jungkook no retrocedió. Al contrario, sus labios dibujaron una curva breve, una sonrisa genuina y mansa que Jimin no le veía desde hacía meses.

Un espasmo violento recorrió el cuerpo de Jimin, un impacto eléctrico que le tensó los músculos del cuello y le hizo buscar, por puro instinto animal, la manija metálica de la puerta. Quiso bajarse, quebrar la grava bajo sus zapatos y apartar a esa mujer con las manos, pero el cinturón de seguridad y un súbito peso en el estómago lo clavaron al asiento. Una náusea profunda, mezcla de bilis y vergüenza, le subió hasta la boca. No tenía el derecho moral de descender a reclamar aquel territorio, y descubrir que se estaba muriendo de celos le resultó humillante.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora