El silencio de la casa tenía la densidad del agua estancada. Durante horas, Jimin había medido la sala en pasos cortos y erráticos, desde el ventanal de la calle hasta el marco de la cocina, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. La piel de las manos le ardía por la fricción constante de los dedos y el cuello le dolía de tanto tensarlo hacia la puerta. La ausencia de Jungkook durante toda la noche no le sugería análisis médicos ni despachos de abogados; en la mente afiebrada de Jimin, la distancia de su esposo solo tenía una explicación: otra piel, otra voz, un lugar secreto donde Jungkook finalmente había encontrado el refugio que él ya no podía darle.
Los celos le quemaban en el estómago como un ácido agrio. Imaginar a Jungkook en los brazos de alguien más, entregando esa devoción antigua a un desconocido, lo estaba volviendo loco.
Cuando la cerradura de la puerta principal finalmente cedió con un chasquido sordo, el aire de la casa dio un vuelco.
Jungkook cruzó el umbral. Traía el frío de la mañana pegado a las solapas del abrigo pesado y las pupilas opacas, fijas en el suelo. Jimin no lo dejó dar dos pasos. Avanzó hacia él con el rostro pálido y la respiración rota, cortándole el paso en mitad del pasillo.
-¿Dónde estuviste? -saltó Jimin, y la voz le salió envenenada por la angustia, agudizada por el pánico de sentirse reemplazado-. ¿Con quién pasaste la noche? ¡Dímelo! ¿Hay alguien más, verdad? ¿Por eso no me miras? ¿Por eso ya no me tocas?
Jungkook no respondió. Cerró la puerta a sus espaldas con una lentitud calculada, aislando el murmullo distante de la ciudad.
Observó a Jimin. Vio el cerco oscuro del desvelo alrededor de sus ojos, el temblor compulsivo de sus labios y esa furia desesperada que no era más que miedo disfrazado.
Durante meses, la mente de Jungkook había sido un tribunal sin descanso. Había querido saber cada detalle, reconstruir las fechas, entender en qué momento exacto la vida que habían construido se había vuelto una farsa. Se había obligado a buscar pruebas, obsesionado con encontrar una lógica a la traición.
Pero allí parado, frente a los ataques celosos de Jimin, la verdad le cayó encima con una claridad despiadada: seguir hurgando en la herida solo servía para desgarrarse más las manos. No necesitaba saber el nombre de nadie, ni escuchar confesiones, ni acumular más detalles de la mentira. Cada dato nuevo no sanaba el dolor; lo volvía más hondo. Si la confianza se había pulverizado, seguir buscando explicaciones era una forma cruel de autotortura. Entendió que cuidar de sí mismo no era descubrir la verdad completa, sino decidir dejar de mirar dentro del abismo.
Jungkook no discutió. Tampoco desmintió la sospecha de los celos.
Dejó caer el maletín al suelo con un golpe sordo. Antes de que Jimin pudiera articular otro reproche, Jungkook dio dos pasos al frente, estiró los brazos y le rodeó la nuca con una mano firme y caliente. Le sujetó la piel con una presión desesperada, casi dolorosa, y le buscó la boca.
El beso fue un impacto que le arrebató el aire a Jimin.
No hubo explicaciones ni defensas. Jungkook lo arrastró contra su cuerpo con una devoción ciega, envolviéndolo en la lana ruda de su abrigo, hundiéndose en el aroma familiar a jabón y piel tibia que Jimin aún conservaba. Lo poseyó con una urgencia que no nacía del rencor, sino del duelo: la necesidad física y devota de aferrarse por última vez al fantasma de lo que habían sido antes de soltarlo para siempre.
Avanzaron a tropezones hacia el dormitorio entre el roce áspero de la ropa que caía al suelo. La tela del abrigo golpeó la madera; luego los sacos, la camisa de hilo, los zapatos.
Cuando los cuerpos se encontraron sobre las sábanas heladas, el contacto de la piel desnuda provocó un estremecimiento profundo en ambos. Jungkook lo buscó en la penumbra de las cortinas cerradas con la misma entrega ciega de sus primeros años de matrimonio, cuando el mundo no existía fuera de esa habitación. Recorrió con los labios la línea del cuello, la clavícula, el pecho que palpitaba desbocado bajo el peso de sus manos. Lo amó con una lentitud venerativa, casi ritual, como quien despide a un muerto querido.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
