dos cosas sobre el

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El pulso eléctrico del teléfono contra la madera de la mesa de noche no fue un sonido, sino una vibración que se incrustó directamente en la base del cráneo. Jungkook abrió los ojos. La luz grisácea de Seúl se filtraba por las rendijas de la persiana como hojas de afeitar, hiriendo sus pupilas. Tenía la boca seca, pastosa, con el sabor amargo y cobrizo del alcohol mal digerido de la noche anterior. Un clavo invisible, templado al fuego, parecía atravesarle el hueso detrás del ojo derecho.

Estendió los dedos entumecidos hacia el aparato. La pantalla parpadeó, escupiendo cuatro palabras sobre el cristal.

Te quedan seis días.

El estómago se le contrajo en un espasmo frío. Para Seokjin, ese mensaje era el equivalente a una moneda lanzada al aire en un juego de azar, un chiste de salón. Para él, suspendido en la penumbra del dormitorio, el texto tenía el peso irreversible de una fosa cerrándose. Seis días. El tiempo había dejado de ser una línea abstracta para convertirse en un muro que avanzaba hacia su pecho.

Se obligó a incorporarse, sintiendo el crujido de sus propias vértebras. En la ducha, el agua helada golpeó su nuca con una violencia que apenas logró mitigar la jaqueca. Se vistió con lentitud geométrica: la camisa de lino almidonado, el traje oscuro que se ajustaba a sus hombros como una armadura incómoda, el nudo de la corbata apretado hasta rozar la asfixia. Al llegar a la entrada del departamento, su mirada se detuvo en las llaves del automóvil, brillando sobre la consola. No las tomó. La sola idea de enfrentarse al parpadeo errático de las luces de freno en el tráfico de la ciudad, al encierro del habitáculo bajo el sol de la mañana, le provocó una oleada de náuseas. Prefirió la intemperie impersonal del asfalto.

El descenso al subterráneo fue como enterrarse vivo. El aire allí abajo era espeso, cargado de ozono, fricción metálica y el aliento colectivo de miles de cuerpos silenciosos que se desplazaban hacia sus oficinas. Jungkook se apoyó contra una de las columnas de hormigón de la plataforma de transbordo, cerrando los ojos para contener las pulsaciones en sus sienes. El olor a humedad y a hierro viejo de las vías se le pegaba a la ropa.

-Vaya cara. Parece que regresaste de Londres solo para asistir a tu propio funeral.

Jungkook no necesitó girar la cabeza. El perfume cítrico, demasiado agudo para esa hora de la mañana, y esa cadencia arrastrada de quien contempla el mundo con el desdén de un espectro aburrido, pertenecían a Jung Hoseok.

Al abrir los ojos, lo vio allí. Hoseok sostenía un vaso de papel del que escapaba un vaho con olor a café quemado. Sus ojos, pequeños y afilados, recorrían la rigidez en la postura de Jungkook con una curiosidad casi obscena. Hoseok no frecuentaba los andenes del metro por necesidad; se movía por los distritos financieros como un flâneur en busca de algún detalle disonante que aliviara su tedio crónico. Y el heredero de los Jeon, pálido y sin coche, era una anomalía demasiado tentadora.

-No es un buen día, Hoseok -dijo Jungkook. El tren entró en la estación con un rugido ensordecedor que hizo vibrar las suelas de sus zapatos.

-Para ti ningún día lo es desde que pisaste Seúl de nuevo -replicó Hoseok, colándose en el vagón justo detrás de él, ignorando la distancia física

-No tengo tiempo, Hoseok -dijo Jungkook, reanudando el paso en cuanto las puertas del tren se abrieron.

-Nadie que camine con esa prisa va hacia un lugar agradable -replicó Hoseok, subiendo al vagón justo detrás de él y acomodándose el abrigo-. Y considerando que dejaste tu coche en casa, el asunto debe ser grave. ¿A quién vas a ver?

Jungkook se aferró a la barra de metal superior. El frío del acero no logró calmar el calor que comenzaba a subirle por el cuello. Mantuvo la vista fija en el reflejo del mapa de líneas sobre el vidrio de la ventana. Hoseok lo observaba de reojo, disfrutando del sutil temblor en la mandíbula de Jungkook. Sabía que Jungkook no se exponía al tumulto del transporte público a menos que su mente estuviera demasiado ocupada en cuadrar una estrategia como para recordar cómo se conduce. Había una fisura en el bloque de hielo, y Hoseok quería ver qué salía de ella.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora