el reciduo del humo

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El murmullo de la cerradura al encajar fue apenas un roce en la quietud de la biblioteca, pero Jungkook lo registró en la base del cráneo como una vibración helada. No levantó la vista del contrato. Sus dedos, rígidos sobre el papel de alto gramaje, presionaron la esquina de la página con una fuerza innecesaria, sintiendo la textura áspera de la celulosa bajo la yema del pulgar. Sabía que Jimin estaba allí. Había aprendido a descifrar el sutil desplazamiento del aire que anunciaba su presencia; un rastro tibio que cortaba el olor a cuero viejo y cera de abejas que dominaba el despacho.

Escuchó el roce sordo de los pies descalzos sobre la alfombra densa, un sonido casi vegetal, y luego el quejido apagado del sillón de cuero en la esquina más oscura del cuarto. Jimin se había hundido en la penumbra, fuera del cono de luz ámbar que proyectaba la lámpara de escritorio. Jungkook mantuvo la mirada fija en las cláusulas de distribución inmobiliaria, aunque las letras impresas habían comenzado a emborronarse ante sus ojos, convertidas en hileras de hormigas negras e indescifrables.

-Jimin -comenzó Jungkook, y su propia voz le sonó extraña, rasposa por el frío de la calle que todavía le habitaba en la garganta-. Sé que lo que te pedí esta mañana... quizás no fue lo más cómodo. Pero entre nosotros ya no queda nada que ocultar.

En el rincón sombrío, un leve roce de tela advirtió que el rubio se acomodaba en el asiento. Jungkook sintió la fijeza de esos ojos almendrados buscándole el rostro desde la oscuridad, una mirada que casi podía palpar en la piel de sus mejillas, pero se negó a ceder. Mantener la cabeza baja era su última línea de defensa.

-Estuve analizando las opciones -continuó Jungkook, pasando la página del documento con un crujido deliberado-. Si tu amigo del café no acepta, buscaremos una clínica de fertilidad. Ya le pedí a Seokjin que se encargue de los detalles médicos.

El silencio que siguió fue espeso, cargado del aroma sutil a jabón y agua caliente que Jimin traía de la ducha, un perfume limpio que resultaba casi ofensivo en medio de aquella oficina de hombres muertos. De pronto, el peso del cuero del sillón se alivió. Los pasos descalzos de Jimin volvieron a deslizarse sobre el tapiz, acercándose al escritorio con una lentitud de felino que mide su territorio.

Jungkook apretó los dientes, sintiendo que la sequedad de su boca se transformaba en una amargura metálica.

-Preferiría que fuese por la vía natural -añadió, y la palabra natural le rascó el paladar como arena-. Pero eso nos tomaría meses. Y, para ser honesto, no tengo el tiempo ni la menor intención de pensar en cómo cubriría tus despojos ante la prensa cuando todo esto estalle.

Los pasos se detuvieron justo en la frontera donde la sombra se rendía ante la claridad de la lámpara.

Jungkook finalmente alzó la cabeza.

El impacto visual le robó el aire por un segundo. La luz del escritorio golpeó primero la gasa negra, tan fina y etérea que parecía flotar sobre la piel de Jimin como una capa de humo. Debajo de la transparencia, las clavículas del rubio se dibujaban pálidas y afiladas, y el relieve sutil de sus costillas subía y bajaba con una respiración contenida, casi temblorosa. Era una provocación explícita, una exhibición de carne que a Jungkook le dolió en el fondo del estómago, despertando un eco de rabia y un viejo, familiar sentimiento de inutilidad.

-¿Qué demonios llevas puesto? -preguntó Jungkook, y su tono perdió toda la neutralidad corporativa, volviéndose áspero, cortante.

Jimin no retrocedió. Sostuvo la mirada, y una chispa de audacia desesperada brilló en sus pupilas húmedas.

-¿No crees que me queda bien?

Jungkook soltó una risa seca, desprovista de cualquier asomo de gracia. Dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio; el metal rodó hasta golpear la base de bronce de la lámpara con un eco agudo que vibró en las paredes de madera. En su mente, clausurada por años de traición y sospechas, la vestimenta de Jimin solo tenía una lectura posible.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora