la farsa del espejo

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Park Jimin descendió del automóvil con la solemnidad de quien acude a un juicio inevitable, aunque la superficie de sus botas de cuero brillaba con esa arrogancia limpia de los que todavía se creen capaces de negociar con el destino. Al cerrar la puerta, el rugido moribundo del motor dejó un vacío inmediato en el aire del estacionamiento subterráneo. El ambiente allí abajo era húmedo, frío y saturado de un vaho aceitoso que se le pegó a la piel del rostro como una máscara delgada.

Con un movimiento disimulado, Jimin frotó las palmas de sus manos contra los costados de sus pantalones. El cuero rígido absorbió la humedad fría de su sudor, pero no logró mitigar la vibración que comenzaba a extenderse desde sus muñecas hacia el pecho. Entonces, el teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta con la precisión metálica de un mal augurio. El golpe eléctrico lo hizo contener la respiración. No necesitó mirar la pantalla para que las palabras ajenas le encendieran las pupilas:

«¿Llegaste? Ve al vestíbulo. El conserje te dará la llave de mi apartamento».

Jimin guardó el aparato, sintiendo la repentina liviandad de su mano izquierda; el espacio donde solía descansar la alianza de oro parecía ahora una quemadura reciente, una ausencia física que le alteraba el equilibrio. Caminó hacia el área de los elevadores. Cada uno de sus pasos producía un chasquido seco que rebotaba en las paredes de concreto, recordándole que, una vez que aquella tarjeta plástica girara en la cerradura, el esposo de Jeon Jungkook dejaría de existir para convertirse en la ofrenda de un extraño.

Atravesó el vestíbulo del edificio portando la misma elegancia lánguida con la que solía defenderse del mundo. Era un andar casi flotante, una coreografía aprendida que obligaba a los pocos presentes a desviar la vista de sus propios asuntos para seguirlo, como ojos famélicos detrás de una presa esquiva. Jimin se acomodó un mechón dorado detrás de la oreja, un gesto mecánico para ganar tiempo.

Al acercarse al mostrador de mármol negro, el conserje lo recibió con una inclinación de cabeza demasiado perfecta. Sus manos, enfundadas en guantes blancos, deslizaron una tarjeta magnética sobre la superficie pulida. El hombre no revisó listas ni pidió identificaciones; se limitó a sostenerle la mirada con una sonrisa enigmática, una mueca más cercana a la complicidad de un cómplice que al protocolo de un empleado.

-Que tenga un excelente día, Jimin.

La frase, pronunciada con una familiaridad gélida, lo golpeó en la boca del estómago como un puñetazo oculto. Jimin tomó la tarjeta sin responder. El plástico se sentía pesado, burdo entre sus dedos. Pesaba como una sentencia.

Ya en la soledad del elevador, el eco de su propio nombre flotando en el vestíbulo le causó un vértigo tardío. Apoyó la espalda contra el metal helado de la cabina y apretó los párpados, negándose a mirar las tres paredes de espejo que multiplicaban su silueta hasta el infinito. Una gota de sudor frío le resbaló por la nuca, perdiéndose bajo el cuello de la chaqueta. ¿Cómo sabía aquel empleado quién era él? Rascó en su memoria, persiguió rostros difusos de fiestas benéficas y recepciones gubernamentales, pero la sospecha no encontró un puerto seguro.

En la penumbra de sus ojos cerrados, las advertencias que Taehyung le había hecho esa tarde regresaron con el sonido sordo de una alarma que suena bajo el agua. La certeza de estar metiéndose voluntariamente en las fauces de un lobo cobró una textura densa, casi táctil. «Estás sugestionado», se repitió en un susurro, intentando forzar a sus pulmones a recuperar un ritmo tranquilo mientras el elevador devoraba los pisos hacia arriba. El recuerdo de los silencios de su esposo, ese hombre diez años mayor que había comprado su juventud con un contrato financiero en lugar de afecto, transformó el miedo en una oleada de rabia caliente que le llenó la boca con el sabor amargo de la hiel.

-Maldito imbécil... -murmuró entre dientes.

No supo si el insulto iba dirigido a la prudencia de Taehyung, a la prisión perfecta que Jungkook le había construido o a su propia debilidad por estar allí, suspendido en un cubo de metal entre dos vidas que se trizaban.

Las puertas se abrieron con un timbre sutil que hirió el silencio del pasillo. Jimin avanzó sobre la alfombra espesa que amortiguaba sus pasos, siguiendo el rastro de un aroma sutil -madera húmeda y tabaco caro- que parecía filtrarse desde el fondo del corredor. Una sola puerta al final. Una sola opción.

Deslizó la tarjeta por la ranura. El pequeño diodo emitió un destello verde acompañado por un chasquido seco, similar al percutor de un arma que se amartilla en la oscuridad.
El interior del apartamento poseía una belleza estéril y cruel. Todo estaba dispuesto con una simetría matemática: los muebles oscuros, las repisas desprovistas de retratos, las superficies libres de cualquier huella de habitabilidad. El espacio olía a pintura reciente y a desinfectante cítrico; olía a una escenografía montada a las apuradas para una obra de un solo acto. Sin embargo, desde una habitación al fondo del pasillo, un hilo de música lenta y densa se arrastraba por el suelo, una melodía de cuerdas que lo llamaba con la insistencia de un reproche.
El teléfono vibró una vez más en su mano. Una última línea:

«Sigue a la habitación».

Jimin se agachó para quitarse las botas con una lentitud litúrgica, desarmando la armadura que lo unía a la calle. Al dar el primer paso descalzo, la madera pulida del suelo le transmitió un frío punzante que le subió por las piernas. Avanzó hacia la única puerta entornada, de la cual escapaba un aliento de sombras.

Entró.

La recámara estaba sumida en una penumbra tan compacta que parecía tener peso. Solo una delgada franja de luz gris, filtrada a través de las cortinas pesadas, cortaba el aire para dibujar el relieve de una silueta masculina. El hombre estaba de espaldas a la entrada, estático, una mole de hombros anchos que parecía absorber la poca claridad del cuarto. Jimin estiró la mano izquierda hacia la pared, buscando el interruptor con dedos trémulos que rasparon el papel tapiz.

-No la prendas -dijo la voz desde la oscuridad.

El sonido era grave, pausado, arrastrando una vibración densa que se le instaló a Jimin directamente en el centro del pecho. Había una familiaridad terrible en ese timbre, un eco que su cuerpo reconoció mucho antes de que su mente pudiera procesar el espanto. Era una voz asociada al orden, a las noches silenciosas en la mansión de Ezeiza, a las órdenes dadas a media voz antes de que el día comenzara. El aire en los pulmones de Jimin se volvió de piedra.

-No es justo -atinó a responder el menor, forzando un tono caprichoso, utilizando esa antigua ligereza infantil con la que siempre intentaba enmascarar su propio terror-. No puedo verte.

-Solo un poco más -replicó la silueta, sin moverse un centímetro.

El hombre exhaló una bocanada de humo. La brasa del cigarrillo brilló en la penumbra como un ojo rojo y vigilante, desprendiendo un rastro de ceniza gris que flotó en el haz de luz. El olor a tabaco quemado se mezcló con el perfume dulce de Jimin, volviendo el aire casi irrespirable.

-Ven -ordenó la sombra, extendiendo una mano hacia el costado con la paciencia implacable de quien ha esperado toda la vida el momento exacto de la caída.

Y Jimin, a pesar de las llamadas de advertencia que aún daban vueltas en su cabeza, a pesar del anillo que yacía oculto en el fondo de la guantera y del recuerdo de la seda blanca manchada de vino, dio el paso hacia el frente. Cruzó el umbral del temor con el corazón golpeándole las costillas. Sus dedos, helados por la sospecha, buscaron la cercanía de esa mano abierta en la oscuridad. Lo supo en ese roce milimétrico: había entrado en una habitación de la que ninguna versión de sí mismo saldría ilesa.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora