Los meses se deslizaron sobre Londres con la misma eficiencia silenciosa con la que el Támesis dividía la niebla de la ciudad. El invierno, largo y de una hostilidad sorda, terminó cediendo paso a una primavera gris, apenas perceptible en el brote tímido de los parques de Kensington, para luego decantar en el inicio de un verano tibio que no lograba calentar el asfalto. Para entonces, el cuerpo de Jungkook había memorizado una nueva forma de la cordura.
Las jornadas se volvieron previsibles, estipuladas por el segundero de un reloj de pulsera. Comenzaban antes del amanecer, cuando el aire todavía conservaba el olor a piedra mojada de la noche, y terminaban mucho después de que las últimas luces de los rascacielos se apagaran. Reuniones, balances de pérdidas, negociaciones directas, cenas donde el vino se servía con la misma etiqueta con la que se discutían las fusiones. Una sucesión ordenada de obligaciones que llenaba los espacios vacíos, asfixiando cualquier amago de memoria.
La fotografía había sido expulsada de la carpeta de favoritos hacía meses. Con ella, también se había desvanecido la inercia punzante de buscar el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta cada pocas horas. La ausencia de respuestas, después de todo, había terminado por convertirse en una costra firme, en una respuesta en sí misma. Seúl era ahora una coordenada remota, un rumor de edificios altos al otro lado del mundo. Jimin también. Esa época de su vida empezaba a adquirir la textura imprecisa y opaca de los relatos que se leen en libros ajenos.
La mañana en que el orden se fracturó, Jungkook revisaba los informes trimestrales en la sala de juntas de la firma. El aroma denso y amargo del café recién servido flotaba en el aire, mezclándose con el olor limpio de la madera de encino encerada. Afuera, los cristales sufrían la caricia de una llovizna pálida que desdibujaba las siluetas de la avenida.
Hoseok entró sin llamar. La puerta de doble hoja golpeó suavemente contra el tope de bronce. Traía una carpeta de piel oscura bajo el brazo y una fijeza tan sombría en las facciones que Jungkook experimentó un ligero frío en la boca del estómago.
-No -dijo Hoseok, antes de cruzar la mitad de la alfombra.
Jungkook no levantó la vista del documento; sus dedos sostuvieron el borde de la página con una rigidez apenas perceptible.
-Buenos días para ti también.
-No pienso hacerlo.
-¿Hacer qué?
La carpeta aterrizó sobre la mesa con un golpe seco que hizo tintinear la taza de porcelana.
-Ir a Corea.
Jungkook apartó finalmente los ojos de las columnas de cifras. El nombre del país flotó en el aire de la sala, denso, obligándolo a tragar una saliva que de pronto se había vuelto escasa.
-¿Quién dijo que vas a Corea?
-La filial de Seúl necesita la presencia de uno de los directores durante tres semanas. Una auditoría de transición.
-Entonces uno de los directores tendrá que abordar ese avión -respondió Jungkook, devolviendo la mirada al papel, obligando a sus pulmones a mantener un ritmo regular.
-Exacto.
-Tú eres uno de los directores, Hoseok.
-Andrés también lo es. Y tú también.
Jungkook pasó la página; el roce del papel sonó excesivo en el silencio de la estancia.
-Problema resuelto, entonces. Habla con Andrés.
-No, porque yo ya decidí que no voy -Hoseok se dejó caer en la silla de cuero frente a él, cruzando las piernas con un suspiro largo-. ¿Tienes idea de lo agotador que es ese país, Jungkook?
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La Cita (Finalizado)
Fiksi PenggemarJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
