lo que debía suceder

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Jungkook no esperó a que el silencio terminara de asentarse. Se acomodó los puños de la camisa con una parsimonia que rozaba la crueldad, sin mirar a Jimin, fijando la vista en la ventana donde la noche de la colina ya empezaba a empañar los vidrios.

-Puedes bajar y cenar como una pareja civilizada -dijo, con una voz tan baja que pareció un susurro de la madera-, o puedes tomar a tu hijo y largarte de mi casa ahora mismo. Yo no seré responsable de lo que ocurra después.

Jimin sintió que la mención de Han le devolvía un resto de calor a la sangre. Dio un paso al frente, apretando los puños dentro de los bolsillos del traje gris.

-Tu padre moriría si le digo una sola palabra -amenazó. Su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otro tiempo, a aquel Jimin que todavía creía que las palabras podían herir a los Jeon.

Jungkook detuvo el movimiento de sus manos. Ladeó la cabeza apenas unos milímetros. Una sonrisa imperceptible, desprovista de toda gracia, dibujó una sombra en la comisura de sus labios.

-Morirá de igual forma, Jimin. Solo acelerarías el final.

No hubo más. El roce de sus zapatos de cuero sobre la alfombra fue el único anuncio de su partida. La puerta se abrió y se cerró con un chasquido metálico y definitivo, dejando a Jimin a solas con el olor a talco del niño y la inmensidad hostil de la alcoba.

El clic de la cerradura fue el final de la conversación. Jimin se quedó inmóvil, de espaldas a la puerta, con las palmas de las manos aún presionadas contra la madera fría de la cómoda. El aire de la alcoba pareció contraerse, volviéndose tan denso que cada inspiración le raspaba la laringe como polvo de vidrio. A unos pasos, sobre el brocado dorado de la cama, Han soltó un quejido blando, un sonido pequeño y húmedo que interrumpió la simetría muerta del cuarto. El niño buscó el calor de las sábanas con un movimiento torpe de la cabeza, perturbado por esa invisible marea de tensión que acababa de inundar las paredes.

Poco a poco, las fuerzas se le escurrieron de las rodillas. Se deslizó por el lateral de la madera hasta quedar recostado de lado, apoyado contra la base de la cama. Tenía una rodilla flexionada de forma torpe, como si el intento de incorporarse hubiera quedado inconcluso a mitad de camino. Una mano se le aferraba al vientre con desesperación contenida, buscando sofocar el vacío físico que le subía por el pecho; la otra buscaba apoyo en la alfombra, hundiéndose en las fibras espesas sin encontrar un suelo firme.

Con los dedos entumecidos y un temblor sordo que le nacía en las muñecas, Jimin extrajo el teléfono del bolsillo de su traje gris. La pantalla iluminó su rostro con una claridad pálida, casi fúnebre. Sus dedos buscaron a tientas el único nombre que no pertenecía al engranaje de la colina. No hubo espacio para la duda; el pulso le golpeaba detrás de las sienes con la prisa de un animal acorralado.
Al tercer tono, la línea se abrió.

-¿Jimin? -La voz de Taehyung llegó envuelta en una estática doméstica, acompañada por el murmullo lejano de un televisor encendido. Al notar el silencio, su tono se volvió cauteloso-. ¿Qué sucede? ¿Está todo bien?

-Tae... -murmuró él, limpiando su rostro mojado con el puño áspero de la camisa.

-¿Qué sucede? -Se escuchó el roce de las sábanas al otro lado de la línea; Taehyung tomaba asiento, abandonando la desidia del descanso.

-Nada, solo no quiero estar más aquí -dijo Jimin, forzando una sonrisa falsa que solo sirvió para tensarle los músculos de la mandíbula.

-¿Jungkook no llegó está noche? -preguntó Taehyung, con una curiosidad que intentaba sonar casual, pero que delataba su sospecha.

-No, no fue eso -suspiró Jimin, pesado, sintiendo el aire frío de la habitación colarse en sus pulmones.

-Entonces, Minnie -Taehyung pareció abrazarse a sí mismo en la distancia, buscando acortar el espacio, mientras Jimin sollozaba en silencio al otro lado de la ciudad-, sea lo que sea, lo podemos arreglar.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora