El amanecer no trajo luz, sino una penumbra grisácea que se adhirió a los párpados con el peso del plomo. Jungkook arrastró los pies sobre la madera fría del suelo, sintiendo un crujido sordo en las articulaciones; era la persistencia de un cansancio que parecía haberse calcificado en sus músculos durante la noche. En el baño de la planta baja, el agua helada contra el rostro no logró disipar el sabor amargo que le ocupaba la boca. Se vistió despacio, esquivando su propio reflejo en el espejo. Eligió prendas gastadas, de algodón grueso, que no requerían la armadura rígida y protectora del traje de sastre; ese día no habría audiencias ni la impostura de los tribunales. Solo le esperaba la rutina gris de los trámites administrativos y el silencio denso de los expedientes acumulados en el bufete.
Antes de salir, en la quietud de su oficina improvisada, apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio e inclinó el cuerpo hasta que la cabeza colgó entre sus hombros, dejando escapar un suspiro largo. El aire del cuarto todavía conservaba un rastro flotante, casi imperceptible, de aquella lavanda que ahora le revolvía el estómago. La sospecha de la noche anterior regresó como una punzada detrás de los ojos: la entrega de Jimin, la parsimonia de sus dedos sobre su piel, la calculada vulnerabilidad... todo se reconfiguraba en su mente como una fría estrategia de demarcación territorial frente a la intrusa. Apretó los dientes con una fuerza que le dolió en la mandíbula, enojado con su propia debilidad, asqueado de esa docilidad biológica que terminaba siempre por subordinar su conciencia a los dictados ciegos de la carne.
El pasillo exigía un andar sigiloso; la casa entera parecía un organismo suspendido que cualquier ruido en falso podía alterar. Con la garganta seca, buscando el amparo del café para romper el ayuno y huir antes de que la planta alta comenzara a despertar, avanzó hacia la cocina. Sin embargo, sus pasos se detuvieron en seco al trasponer el umbral.
Momo ya estaba allí, sentada a la mesa, recortada contra la claridad pálida que se filtraba por la ventana. Había llegado muy temprano. Frente a ella, alineados sobre la madera veteada, descansaban los recipientes plásticos que la madre de Jungkook había enviado la tarde anterior. Una leve capa de condensación empañaba las tapas transparentes, atrapando el aroma denso a caldos y especias familiares que competía con el vapor limpio del grano recién filtrado.
Jungkook se acercó en silencio, intentando recuperar el ritmo de la respiración. El contacto con la superficie lisa de los contenedores le devolvió una extraña fijeza a las manos; comenzó a guardarlos en el refrigerador, uno a uno, buscando en la monotonía de esa tarea doméstica un ancla contra el desasosiego de su propio cuerpo. Mientras la corriente helada del electrodoméstico le rozaba las muñecas, la voz de la joven llegó como un murmullo pausado, desprovisto de exigencias. Momo hablaba de los preparativos del bautizo, desglosando con naturalidad el inventario de los souvenirs, las texturas para la decoración y los nombres de una lista de invitados que aún requería confirmación.
Sirvió el líquido oscuro en su taza, dejando que el calor del barro cocido le entibiara los dedos entumecidos. Al mirarla de reojo, sintió que la opresión en el pecho cedía un milímetro. Había una docilidad limpia en la silueta de la morena, una ausencia total de dobles intenciones que operaba en la cocina como un bálsamo. Pensó en las horas siguientes, en la necesidad de compensar ese apoyo silencioso sacándola por la tarde de la rutina de la casa. Imaginó llevarla a uno de esos cafés literarios de techos altos y estantes crujientes, un lugar impregnado de olor a tinta fresca y papel viejo donde ella solía perderse durante horas, buscando siempre algún libro ilustrado para los niños del hogar donde colaboraba los fines de semana. Por primera vez en la mañana, el aire entró en sus pulmones sin quemar.
En la planta alta, la madera de los pasillos retenía una temperatura distinta, más densa, casi un frío mineral que se negaba a ceder ante el amanecer. En su habitación, Jimin se removió entre las sábanas desordenadas, sintiendo la aspereza de la tela contra la piel desnuda como una prolongación de su propia vigilia. Apenas había logrado rescatar un par de horas de un sueño intermitente y Delgado. El eco de su propia frase de la noche anterior continuaba golpeándole las sienes con la insistencia de un metrónomo ciego; sabía, con un peso sordo en el pecho, que debía disculparse con Jungkook. La soberbia había sido más rápida que la prudencia, arrojando aquellas palabras filosas en el instante más vulnerable, transformando un amago de tregua en un terreno devastado.
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La Cita (Finalizado)
FanfictionJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
