El pestillo calzó en la pletina de latón con un chasquido seco, metálico. Ese roce de hierro sobre hierro atravesó la madera barnizada y quedó suspendido en el dormitorio como una sentencia.
De un lado de la hoja, la penumbra del baño se sintió tibia, densa, saturada por la humedad vieja de la tarde y el perfume dulce a lavanda y almendras amargas que emanaba de los frascos de cristal de Jimin. Jungkook se dejó caer sobre la tapa del inodoro; la porcelana helada le atravesó la tela del pantalón con una rigidez que le arrancó un estremecimiento involuntario desde los hombros hasta la nuca. Sobre el borde del lavabo, entre los recipientes esmaltados y las toallas de lino pulcramente dobladas, descansaba el tubo estéril de plástico translúcido con su tapa de rosca roja. Era una intrusión clínica, una pieza de laboratorio que le recordaba, con la fría precisión de un cronómetro, las instrucciones de Seokjin: nada de lubricantes, nada de jabón, menos de una hora antes de que la viabilidad biológica se destruyera en la oscuridad de la muestra.
Sacó el teléfono del bolsillo. La luz blanca y chillona de la pantalla le dio de lleno en las pupilas, marcando los cercos violáceos bajo sus ojos y la tirantez agria alrededor de la boca. Al abrir la ventana privada del navegador, los dedos le temblaron levemente. Las imágenes pixeladas de cuerpos ajenos y rostros desconocidos desfilaban ante él sin provocarle la menor reacción. Se sintió ridículo, profundamente despojado. Un hombre de treinta años encerrado en el baño de su propia casa, forzando a su anatomía a un trámite mecánico, ajeno a cualquier vestigio de calor.
No era deseo. Era una recolección. Una búsqueda a ciegas entre las ruinas para averiguar si su propia sangre le pertenecía o si la década entera que creía haber construido no había sido más que una simulación.
Del otro lado del panel, Jimin permaneció inmóvil, sosteniendo el peso blando y tibio de Han contra las costillas. Llevado por diez años de automatismo doméstico, estiró la mano hacia el picaporte de bronce, pero las yemas se le congelaron a milímetros del metal. Se detuvo en el aire. Esa puerta jamás había llevado cerrojo para él. La mano le tembló un segundo y volvió a caer, inútil, pegándose a la costura del pantalón.
Jimin apoyó la frente contra la madera pintada, sintiendo el aroma rancio del barniz y el frío seco de la superficie calándole la piel de la sien. El pecho del niño subía y bajaba con una regularidad lenta, desprendiendo ese olor tierno a leche y talco. Esperó el sonido doméstico del grifo, el chapoteo del agua sobre la loza o el roce de la toalla. Pero el interior permanecía en una inmovilidad estéril.
Hasta que el aire transmitió el primer sonido a través del marco.
No era una duda. Era la fricción áspera, rítmica y continua de la tela dura de la mezclilla contra la piel, acompañada por una respiración sofocada, agrietada, que pugnaba por no volverse audible.
Adentro, Jungkook apoyó los codos sobre las rodillas, ocultando la luz del teléfono contra el suelo. Aislado en la mudez de su propia crisis, apenas registraba el mundo exterior; solo apretaba la mandíbula hasta sentir el chasquido sordo de los molares, imponiendo a sus manos una cadencia violenta, buscando únicamente la eficacia del acto mientras un hilo de sudor frío le resbalaba desde la patilla hasta la solapa del abrigo.
A Jimin se le heló la sangre en las muñecas. El sonido no le trajo rabia ni celos ordinarios; la comprensión lo atravesó como una cuchillada física en el estómago. Escuchar esa intimidad despojada de todo afán afectivo lo vació desde la raíz.
Comprendió, con la certeza devastadora de los hechos consumados, que el cuerpo de Jungkook no había muerto al deseo, sino que simplemente se había desprendido de él. Ya no era el puerto donde su esposo buscaba cobijo.
Cuando el metal del seguro crujió adentro al girar para liberarse, el instinto de Jimin reaccionó antes que su mente. Un terror animal a ser visto en esa postura, deshecho y humillado, le recorrió las piernas. Apretó a Han contra su pecho, sepultando el rostro del niño en el hueco de su cuello para ahogar cualquier posible gemido, y retrocedió a pasos rápidos y silenciosos sobre la alfombra del pasillo. Huyó hacia la penumbra del cuarto de invitados , desvaneciéndose en la oscuridad del fondo justo cuando la hoja del baño se abría con un suspiro de aire frío.
ESTÁS LEYENDO
La Cita (Finalizado)
Fiksi PenggemarJungkook lo entregó todo. Su apellido. Su fortuna. Su lealtad. Su amor. Pero hay algo que jamás pudo conseguir de Jimin: su corazón. Atrapado en un matrimonio que nunca eligió, Jimin aprendió a cumplir con lo esperado. Hasta que una cita secreta, un...
