la habitación de los objetos perdidos

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La mañana se filtraba por los altos ventanales de la mansión con una claridad de quirófano. No era una luz que iluminara; era una fijeza blanca, despiadada, que dejaba al desnudo la flotación milimétrica del polvo en el aire y la fría solemnidad del mármol.

Frente a Jungkook, la taza de porcelana exhalaba un hilo de vapor gris que ascendía en línea recta antes de perderse en el techo alto de la cocina. No había probado el café. El líquido ya había comenzado a formar una fina película oscura en los bordes, pero sus dedos seguían aferrados al asa con una fijeza desmedida, buscando en el calor del barro cocido algo que lo apartara del entumecimiento de sus propios hombros. Tenía los músculos de la espalda rígidos, resentidos por una vigilia que se había prolongado desde la madrugada. En su boca persistía un sabor amargo, pastoso, que ninguna cantidad de agua había logrado limpiar.

Las advertencias de Jin de los días anteriores regresaban a su cabeza con la insistencia de un zumbido metálico, pero la verdadera aguja bajo su piel era la voz de Jimin de la noche anterior. «¿Recuerdas el día de nuestra boda?». La frase seguía abriendo un surco ácido en su estómago. El pánico-ese frío repentino que le nacía en la base de la nuca y que él siempre había necesitado traducir en órdenes ejecutivas o en distanciamiento cruel- lo cercaba en su propia mesa. Se descubrió contando los latidos de su propio pulso, rápido y desordenado, oculto bajo el puño almidonado de su camisa.

-¿Jungkook?

El sonido de su nombre no llegó como un golpe, sino como una alteración química en el aire. Olía a lino limpio y a la sutil humedad del agua de rosas que Jimin usaba tras el baño, un aroma que flotó de inmediato por encima del olor a café quemado.
Jungkook alzó la vista, sintiendo que los párpados le pesaban como el plomo. Allí estaba. La luz matutina cruzaba el cuerpo de Jimin, volviéndolo casi traslúcido, una silueta delgada que parecía sostenerse en el espacio por puro milagro. Esa fragilidad aparente le revolvió el estómago a Jungkook; ahora sabía que debajo de esa piel pálida operaba una voluntad fría, un cálculo que durante diez años lo había reducido a él, con todas sus empresas y su apellido, a una simple transacción de conveniencia.

Incapaz de soportar la fijeza de esos ojos claros, Jungkook apartó la taza con un movimiento brusco. Las palmas de sus manos golpearon el borde de la mesa de granito; el impacto sordo vibró por sus antebrazos y provocó un tintineo agudo, metálico, de las cucharas de plata contra el servicio. El dolor punzante en la carne de sus manos le devolvió una falsa sensación de control. Sin embargo, Jimin ni siquiera pestañeó. Permaneció inmóvil, con la respiración regular, midiendo el desborde de su esposo con la paciencia de quien observa un oleaje predecible. Ese silencio, esa falta de miedo, fue el insulto más pesado que Jungkook recibió en toda la mañana.

Se puso de pie, la silla arrastrándose con un gemido seco sobre el piso, e invadió el espacio de Jimin hasta que el calor de sus cuerpos se mezcló en una sola franja tensa.

-Yo... quería pedirte disculpas por mi imprudencia de anoche -susurró Jimin. Sus párpados bajaron en un gesto de sumisión tan pulcro que a Jungkook le pareció una obscenidad, una nueva máscara ensayada frente al espejo-. No debí...

Antes de que la mentira terminara de ocupar el espacio entre los dos, Jungkook levantó la mano derecha. El roce de su dedo índice sobre los labios de Jimin cortó la frase de cuajo. La textura era suave, ligeramente fría, un contacto que desencadenó en la memoria de Jungkook el peso exacto de una década de noches compartidas. Presionó un milímetro más, buscando comprobar si el otro todavía era de carne o si se había transformado definitivamente en el papel de sus contratos.

-¿No debiste? -la voz de Jungkook brotó baja, un rozamiento áspero que le quemó la garganta seca.
-Entrar a tu estudio. Lo siento.

Jungkook asintió con una lentitud calculada, pero retiró el dedo de inmediato, sintiendo que la piel le ardía como si hubiera tocado metal expuesto al sol. Se frotó la yema contra el costado del pantalón para borrar el contacto.

La Cita (Finalizado) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora